11. Lecciones de un padre a un hijo
Lecciones de un padre a un hijo
La ciudad se despertó gris y húmeda. Una llovizna fina empapaba los estandartes imperiales que colgaban en la plaza.
Desde las almenas del alcázar, los centinelas vieron aparecer la comitiva imperial en un cortejo silencioso, sin fanfarrias ni vítores.
No era para menos. El emperador regresaba a Castilla, pero no como vencedor.
El pueblo castellano lo vio pasar con recelo.
Sabían que volvía derrotado del norte de África, de aquella empresa maldita de Argel donde las tormentas y el mar habían humillado a Carlos.
Aún así, muchos se descubrían con respeto y otros bajaban la cabeza.
Sabían reconocer la mirada de un hombre cansado.
Carlos de Habsburgo, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Rey de Castilla y Aragón, y señor de medio mundo, descendió de su caballo con lentitud, tenía el rostro demacrado, la barba entrecana y los ojos hundidos de quien había visto morir demasiados sueños.
Llevaba la capa empapada y el gesto endurecido por la intemperie.
En el patio del Alcázar lo esperaban sus hijos: Felipe quien ya contaba con quince años, y sus hermanas, María y Juana, las dos con semblante serio, vestidas con modestia y las manos cruzadas sobre el pecho.
Carlos se detuvo ante ellas. Hacia un par de años que no las veía. Había dejado niños y a su vuelta encontraba a un joven de mirada adulta y a dos muchachas convertidas casi en mujeres.
—Majestad —dijo Felipe, inclinándose—. Castilla os da la bienvenida.
El Emperador asintió, sin mostrar emoción.
—Gracias, hijo mío.
Luego volvió la vista hacia las niñas. En María creyó ver los ojos de su madre, y en Juana, la fragilidad de su propia sangre. Durante un instante pareció querer decir algo tierno, pero la disciplina le ganó.
—Habéis crecido bien —murmuró, casi en un suspiro.
Las hijas se inclinaron, y María se atrevió a dar un paso adelante.
—Os hemos echado de menos, señor.
Carlos la miró, sorprendido por la dulzura de aquella voz que rompía el aire solemne. Su expresión se ablandó apenas. Le tomó la mano y la besó.
—Y yo a vos, hija mía. A vos y a vuestra madre.
El nombre no fue pronunciado, pero todos lo sintieron flotar en silencio: Isabel, la mujer que el emperador más había amado.
Por un instante, los criados y cortesanos contuvieron el aliento. Carlos apartó la mirada, se recompuso y avanzó hacia el interior del palacio, donde su amada ya no le esperaba tras sus largos viajes.
—Hace frío. Entrad —ordenó Carlos.
La gran sala estaba iluminada por las antorchas y el fuego que ardía en el hogar. Los tapices flamencos colgaban pesados, con escenas de diferentes alegorías y escenas míticas. Sobre la mesa principal aguardaban copas de vino, pan y carne fría.
Carlos se sentó. Las hijas ocuparon también su lugar en la mesa.
Felipe permaneció de pie, rígido como un soldado en formación.
El emperador lo observó de reojo. Vio algo en él que le llamó la atención, tal vez fuese una contención helada o una quietud incómoda que le recordaba más a un inquisidor que a un príncipe.
Durante un momento, nadie dijo nada. Solo se oía el crepitar de los leños y el golpear del agua en los cristales.
—¿Os habéis aplicado en vuestros estudios? —preguntó al fin Carlos, dirigiéndose a su hijo.
—Sí, señor. El ayo Zúñiga me hace leer latín y derecho. También filosofía y teología.
—¿Y montáis a caballo? ¿Cazáis?
—Lo necesario, majestad.
La respuesta fue cortés, pero sin él calor que le dedicaría un hijo a un padre al que hace años que no ve.
El emperador alzó una ceja. Años de distancia y el protocolo se interponían entre ambos.
Felipe había crecido bajo preceptores, secretarios y las propias instrucciones dejadas por el emperador.
Sin la mano de su padre, y casi sin el regazo de su madre, en él, la infancia se había borrado
Carlos lo miró un largo rato. En su interior, algo se removió: un reproche sordo, quizás hacia sí mismo. Pero lo ahogó como había hecho siempre con todo lo humano que lo distraía de su deber.
—Hijas mías —dijo entonces, volviéndose hacia María y Juana—. Debéis obedecer a vuestro hermano como si fuera yo mismo. Castilla necesita orden, y la casa real, unión —. Ahora, dejadme solo con Felipe.
Las jóvenes asintieron. María se levantó, besó la mano de su padre y se retiró con Juana y las damas de compañía. Cuando las puertas se cerraron, quedaron solo padre e hijo, frente al fuego.
Carlos permaneció un instante en silencio, observando las llamas. Luego habló, en voz baja.
—Venid, Felipe.
El muchacho se acercó. El emperador le indicó que se sentara frente a él.
—Es hora de que hablemos de lo que importa.
Afuera, la lluvia seguía cayendo sobre los tejados de Valladolid, monótona y obstinada. Dentro, el fuego proyectaba sombras que agrandaban la figura del Emperador en la pared, como si su presencia abarcara aún más de lo que el cuerpo permitía.
—He visto demasiadas guerras, hijo. Y demasiados hombres creer que la gloria es eterna. —Carlos miró el vino en su copa, lo giró lentamente—. No hay gloria que dure más que un entierro. Recordadlo.
Felipe no respondió. Mantenía la postura erguida, las manos sobre las rodillas, el rostro impenetrable.
—El Imperio está cansado —continuó Carlos—.
Francia se agita como un perro que no suelta el hueso.
El turco sigue amenazando nuestras fronteras.
Alemania se pudre en herejías. Y en Italia, todos conspiran.
—Carlos sonrió tibiamente para tratar de hacer más liviana la conversación —.
Y no olvidemos a Inglaterra. Una vez me dijo mi viejo canciller y amigo.
Mercueio Gattinara, que Inglaterra no tiene ni amigos ni enemigos, tiene intereses.
Levantó la vista y de nuevo endureció su rostro.
—Habrá guerra, de eso que no te quepa duda. La habrá pronto. Y mientras yo combato, vos gobernaréis en mi nombre. Castilla quedará en vuestras manos.
El muchacho apenas parpadeó.
—Cumpliré con el deber que me mandáis.
Carlos esbozó una sonrisa seca.
—Cumplir… Esa palabra me suena a frío, como el acero. Quizá sea virtud en un rey. O quizá maldición.
Se incorporó despacio, con un leve gemido de cansancio. Caminó hasta una mesa donde reposaban varios documentos y un mapa extendido.
—Venid —dijo.
Felipe se levantó y lo siguió. El Emperador señaló las líneas del mapa con el índice.
—Aquí —dijo, marcando el Mediterráneo— fracasamos. Argel se tragó hombres, caballos y barcos. Y yo, que me creía dueño del mar, descubrí que el mar no pertenece a nadie.
El silencio fue espeso.
—Ahora me preparo para volver a Alemania. Los príncipes protestantes desafían la autoridad imperial, y Roma nos observa. Si no regreso, Felipe, deberéis sostener lo que yo deje.
El muchacho lo miró sin pestañear.
—Castilla resistirá, emperador.
—Castilla resistirá si vos la hacéis resistir. Castilla no se gobierna sólo con buenas palabras, sois joven y muchos hombres maduros querrán manejaros a su antojo. Muchos os pondrán cara de piedad, pero esconderán en sus espaldas uñas de hierro.
Carlos lo observó con detenimiento, intentando descifrar que había dentro de aquel rostro impasible. No halló temor ni entusiasmo. Solo deber.
—Cuando tengáis que decidir, no lo hagáis por amor o por odio. Hacedlo por necesidad. Eso es gobernar.
Felipe sonrió levemente.
—Así lo haré, emperador.
Carlos suspiró.
—Os he designado ministros leales. Escuchad a Francisco de los Cobos. Es un hombre leal y fiel. Confiad en vuestro ayo. Juan de Zúñiga. No desconfiéis de ellos porque eran mis hombres. Son vuestros también. Pero recordad que vuestra es la última palabra.
Felipe respondió con una leve inclinación de cabeza. No preguntó nada. Esa era otra de sus virtudes —o defectos—: escuchar sin dejar ver si comprendía o si juzgaba.
El emperador se volvió hacia el fuego.
—A veces me pregunto si Dios quiso que los reyes tuviéramos corazón. Si lo hizo, fue para atormentarnos.
Por primera vez, su voz se quebró.
—Vuestra madre… —dijo, y el silencio se hizo espeso— fue la única razón que me hizo sentir hombre y no emperador. Nos casamos por deber, y sin embargo… fui dichoso. Más de lo que un rey tiene derecho a serlo.
Felipe bajó la vista. Había perdido a su madre demasiado pronto y desde entonces había tratado de crecer más rápido para suplir el papel de la Reina de Castilla.
—Desde que partió, he cruzado mares, he ganado y perdido batallas, he firmado tratados y he visto morir a mis hombres. Pero nunca volví a hallar paz. Ni en el poder, ni en la victoria.
El fuego iluminaba su perfil, marcado por la fatiga y la melancolía.
—Aprended esto, Felipe: el amor y el poder no duermen en el mismo lecho.
Felipe lo escuchaba con atención, sin apartar la mirada. No era emoción lo que mostraba, sino una fría absorción. Carlos lo notó.
—Tenéis el alma templada como el acero, hijo. Eso os hará fuerte, pero os robará el descanso.
Se acercó y le puso una mano sobre el hombro.
—Debéis casaros pronto. Tal vez María Manuela de Portugal sea vuestra mejor opción. Es joven, es… una unión necesaria. Asegura la paz con Lisboa y refuerza la sangre. Espero que seáis tan dichoso como lo fui yo.
—Si es voluntad de Su Majestad, así será.
Carlos lo observó.
—No. No es mi voluntad lo que cuenta, sino la del Imperio. Nosotros no elegimos. Somos elegidos.
El Emperador apartó la mano y volvió a sentarse. Su voz se volvió grave.
—Yo me marché cuando aún erais niño. No os vi crecer. Cuando partí, apenas sabíais leer. Y ahora sois un hombre. —Lo miró, y en su gesto hubo un atisbo de tristeza—. Me he perdido los años en que un padre enseña a su hijo a ser hombre. Pero quizá no era mi papel ser padre, sino maestro.
Felipe, sin moverse, respondió con frialdad:
—Habéis hecho lo que el deber mandaba.
Carlos asintió.
—Sí. El deber… Ese enemigo que todo lo exige y nada devuelve.
La lluvia cesó. En el aire quedaba el olor del fuego y de la humedad. Carlos se incorporó lentamente.
—Recordad esto, Felipe: la justicia es lo más difícil de mantener. Gobernaréis entre hombres que querrán oro, poder o venganza. Dad a cada uno lo que merezca, no lo que pida.
—Así lo haré, majestad.
—Y si un día el peso de la corona os agobia —añadió Carlos, bajando la voz—, pensad que todos los reyes llevan una cruz, y que la mía os la lego con las espinas aún frescas.
Felipe permaneció inmóvil. Por dentro, algo se estremecía, pero su rostro seguía siendo una máscara perfecta.
Carlos se dirigió hacia la ventana. Afuera, Valladolid dormía bajo un manto de bruma.
—El mundo es más grande de lo que un hombre puede gobernar. —Su voz se hizo un susurro—. Ojalá lo entendáis antes que yo.
El Emperador volvió la vista hacia su hijo.
—Pronto volveré a partir. Cuando llegue ese día, venid a despedirme. Quiero que veáis cómo marcha un rey cuando no sabe si volverá. Mientras tanto me acompañaréis para que aprendáis como se mueve un rey entre sus súbditos.
Felipe se inclinó.
—Estaré allí, señor.
—Ahora marcha a descansar. Mañana será otro día.
Felipe asintió y se marchó.
Cuando salió de la estancia, el Emperador quedó solo. Miró el fuego y, por un instante, creyó ver el reflejo del rostro de Isabel entre las llamas. El cansancio lo venció. Se sentó, apoyó los codos en las rodillas y murmuró:
—He ganado el mundo y he perdido el tiempo.
Las semanas pasaron fugaces entre aquel padre y el hijo a los que el tiempo y la distancia habían hecho desconocidos.
Una mañana, cuando el alba tiñó el cielo de un gris metálico, el Emperador montó a caballo en el patio del alcázar.
Felipe lo observaba desde el portal, flanqueado por sus hermanas. Carlos lo miró una última vez.
—Castilla es vuestra, hijo. Gobernadla con la cabeza, no con el corazón.
Felipe asintió.
—Os traeré honor, majestad.
Carlos sonrió apenas.
—Traedle justicia. El honor a veces es solo humo.
Luego espoleó al caballo. La comitiva partió bajo la neblina. Las lanzas se perdieron entre el eco de los cascos.
Felipe permaneció inmóvil hasta que el último estandarte desapareció. María lo miró con los ojos húmedos.
—¿No le diréis adiós?
—Ya lo hice —respondió él, sin apartar la vista.
Y mientras el amanecer se alzaba sobre Valladolid, el joven príncipe comprendió —con esa lucidez precoz que marca los destinos trágicos— que si había algo que compartía con su padre, era la soledad del poder.