Carlos V. Trilogía Completa 10. Los cachorros del sultán
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10. Los cachorros del sultán

Los cachorros del sultán

La luz del sol daba a las torres un brillo indecente con el que Anatolia disfrazaba más puñaladas.

En el patio del palacio, los caballos piafaban con nervio como si entendieran que lo que estaba aconteciendo no era una ceremonia más, sino el prólogo de una desgracia con sello y lacre.

Los criados corrían con mantas y odres, los escribas contaban cajas y cofres.

Y los jenízaros vigilaban el portón, con una mirada horizontal de halcón.

Mustafá, hijo de Solimán y de Mehidevran —la primera esposa del sultán—no sonreía.

No había motivo. El edicto imperial, leído por un eunuco de voz templada y manos finas, decía lo que tenía que decir: el príncipe debía partir a gobernar Abasya, una provincia lejana, y su hermano Mehmed, ocuparía su lugar.

A él, al primogénito, quien debía gobernar después de padre, lo estaban alejando de la capital en favor de su hermano menor.

Mustafá tenía el porte de aquellos príncipes que habían nacido para la guerra.

Como su padre, su presencia imponía sin necesidad de alzar la voz.

Tenía el rostro afilado y su barba corta y bien cuidada no ocultaba su boca recta.

Recogía su abundante cabello bajo un sencillo turbante, sin más joyas que un alfiler de plata.

En el balcón alto, Mehidevran lo miraba sin pestañear. A pesar de que su cabello negro empezaban a asomar algunas hebras blancas, su belleza había sobrevivido a la juventud. Llevaba años aprendiendo a contener hasta el temblor de su propio latido para no mostrar vulnerabilidad a sus enemigos.

Cuando Mustafá subió la escalinata y se inclinó ante ella, habría bastado el roce de una mano para quebrarlo. Pero no lo hizo, no quiso darle consuelo. Quería a su hijo fuerte, tal y como debía ser el futuro sultán.

—Abasya —dijo al fin como si escupiese una espina —. Ahí es donde me envían como nuevo 8 sankjak-bey.

—Es un destierro —masculló su madre.

El viento movió la seda de los cortinajes. Debajo, el ruido del patio seguía como una marea. Pero en su mente Mustafá solo visualizaba el mapa de la frontera oriental, con montes sin nombre, ríos torcidos y aldeas que nadie en Estambul recordaría. Una geografía apropiada para un destierro.

—¿Quién se ocupará del gobierno de Manisa? —preguntó Mehidevran aunque ya intuyese la respuesta.

—Mehmed. Llegará mañana.

—¿Temes a Mehmed?

—No. Hace poco que dejó de ser niño.

—Haces bien. No es a él a quien debes temer sino a quien le susurra al oído y guía sus pasos.

—Lo sé, madre.

—Cuando Mehmed llegue mañana —dijo Mehidevran —. Entrará por la puerta principal con la alegría sencilla de los tontos o con la sonrisa complicada de los listos. Pero eso da igual. Lo que nos debe importar es quien lo envía

No lo pronunció, pero el nombre de Roxelana flotaba en el aire.

La esclava que llegó de lejos a reinar sobre los cercanos.

La mujer que aprendió a hablar el idioma del poder con la gramática de la caricia.

La que apartó a Ibrahim, el gran Visir amigo de Mustafá, como quien quita una copa de la mesa para que no le estorbe en el banquete.

—Esa mujer —masculló Mustafá.

—No solo esa mujer. Tu padre firmó este mandato. No me digas que no podía haber hecho otra cosa. Firmó para contentarla… una vez más.

El silencio que siguió asfixiaba el aire. Mustafá miró hacia el patio, donde un alfanje recogía en el metal, la luz blanquísima del mediodía. Durante un instante se sintió un muchacho cansado, pero luego volvió a ponerse la mascara con la que los príncipes aprenden a respirar.

—Gobernaré Abasya como si fuese Estambul.

Esa noche, Mustafá no durmió. Paseó por las terrazas mientras la ciudad se recogía y las lámparas de aceite hacían hilillos de oro en los patios.

Pensó en Ibrahim Pasha, en su sombra generosa de hombre que enseñaba a sostener un mapa como se sostiene una espada: por la base, con pulso firme.

Pensó en Roxelana, en su sonrisa de templo y mercado.

Pensó en Solimán, su padre, que un día fue grande entre los grandes y ahora escribía nombres de hijos en papeles que olían a almizcle y a traición.

Desde el minarete llegó el segundo llamado al rezo. Mustafá miró el cielo sin estrellas y comprendió que no existía destierro más perfecto que aquel que se anunciaba con honores.

Mehmed entró en Manisa al mediodía siguiente, como estaba escrito.

Con estandartes limpios y con un séquito suficiente para que nadie olvidase de quien era el futuro.

Lo hizo sin arrogancia. El protocolo dispuso un saludo formal en el patio grande.

Mustafá aguardó con la cabeza alta y la mandíbula inquieta.

Mehmed se acercó a Mustafá. Era de piel clara, casi rosada, herencia de su madre Roxelana y los ojos de un azul grisáceo.

Era incómodamente bello, con unas facciones demasiado perfectas y asimétricas.

No había cicatriz alguna en su faz, ni siquiera la de esfuerzo alguno.

Vestía ricas telas verdes y le acompañaba un perfume de ámbar que le precedía medio paso.

—Hermano —dijo Mehmed con timidez y sin mostrar maldad alguna —, la ciudad…

—Tu ciudad —lo ayudó Mustafá —. Ahora es tu ciudad… así que cuídala.

Hubo respeto mutuo pues más allá del rencor que sentían sus madres entre ellas, ellos se veían como hermanos.

Mientras Intercambiaban llaves y sellos, Mahidevran los observaba desde el balcón con la rigidez de una estatua. Marcó su ceño, no por Mehmed sino por la sombra que se proyectaba detrás de él, la de la ambiciosa Roxelana.

Al término de la ceremonia, cuando el patio se vacío y el polvo se posó sobre la tierra. Mehidevran tubo la oportunidad de dirigirse de nuevo a su hijo.

—Te dirán que tú nuevo destino es difícil.

No escuches. Nada es difícil si no das a tus enemigos la oportunidad de que lo sea.

Confía en los que tienen cicatrices por delante y pestañean despacio.

Desconfía de los que huelen demasiado bien por la mañana.

Y no olvides esto: Ibrahim no cayó por soberbio ni ambicioso, no era ninguna de las dos cosas.

Era leal. Cayó por cercano. No seas cercano a nadie que beba té con Roxelana.

Notas

8. ↩ En el imperio otomano es el título para el gobernador de una región.