9. El peso de la derrota #2
Carlos lo oyó, pero no dijo nada. Había aprendido que el miedo se imponía rápido, pero el respeto se perdía con la misma rapidez y era muy difícil de ganar. Sabía que los hombres ante las penurias y el hambre, blasfemaban hasta de sus sombras.
Cuando al fin divisaron las costas de España, el alivio se extendió entre todos. Pero Cartagena los recibió con un silencio incómodo, donde no hubo festejos ni vítores, solo el rumor del fracaso.
El emperador cojeaba por la humedad que había penetrado en sus huesos y desembarcó ayudado por los soldados. Sus pies se hundieron en la arena mojada y miró al cielo gris temiendo volverse polvo. A su lado permanecían en duque de Alba y Andrea Doria.
—Que nadie me reciba —ordenó.
—Señor. Habéis llegado sanos y salvo —insistió el duque de Alba —. Ese es motivo de celebración.
—He regresado como un hombre derrotado. No quiero aplausos de cortesanos ni sermones de cardenales.
—Esta vez regresamos derrotados. Pero volveremos más fuertes.
—No lo entendéis. —Le respondió Carlos al duque de Alba —. No es el turco quien nos ha derrotado. Ha sido el viento y mi soberbia. Y eso ha servido para que Barbarroja celebre mi desastre como un triunfo, clavando las cabezas de cientos de cristianos en picas que llenan las costas de Argel.
—Majestad. Todos comprenderán que fue obra de Dios. Nadie puede vencer al cielo.
No iba a haber mucho tiempo para el silencio que Carlos deseaba. Granvela se acercaba a su señor para recibirlo, con el rostro hundido de quien porta malas noticias.
—Mi canciller no trae la mejor cara para recibirme.
—No, César.
—Soltadlo ya.
—Antonio Rincón ha sido ejecutado.
Y las olas que hasta ese momento pareciera que se burlaban de su fracaso, arrastrando nombres de hombres muertos entre murmullos, se detuvieron.
—¿Rincón, ese español que se pasó a Francia? — preguntó Carlos.
—El mismo —confirmó Granvela —. Lo detuvieron en el Milanesado y fue entregado al marqués de Vato. Él ordenó la ejecución.
Andrea Doria conocía bien al marques de Vato. Fue precisamente él, quien durante su cautiverio en una de sus naves, atrajo al genovés al lado del emperador.
—Lo debió hacer por celo, por serviros de la mejor manera posible. Debía tener motivos de peso. —Andrea Doria trató de salir en defensa del marqués de Vato.
—No lo defendáis. Lo hizo sin mi permiso, ni siquiera me consultó. — La voz del emperador era un cuchillo.
—Mi hijo Antonio ha mantenido correspondencia con el marqués —intervino Granvela —. Asegura que Rincón estaba entablando una alianza con el turco.
—Ahí tenéis vuestra explicación, Majestad — dijo Doria —. Las intenciones de ese Rincón eran oscuras.
—Era un embajador. — Carlos alzó la voz —.
Ningún embajador puede morir como un ladrón de caminos.
Ningún general tiene derecho a derramar sangre diplomática y menos sin mi consentimiento.
El celo no es excusa cuando se mata sin juicio.
A un embajador no se le ejecuta, ni siquiera cuando trae veneno en las manos.
Se le espía, se le miente, incluso se le puede detener…
pero no se le corta la cabeza. Sí respondemos a las palabras con acero, estamos condenados.
Su muerte es mía porque su sangre ha sido derramada en mi nombre.
El duque de Alba miraba al emperador en silencio. Sabía que detrás de su voz contenida se escondía una irá peligrosa. Carlos no solía gritar. Era cuando callaba con los puños cerrados que el mundo temblaba.
—El rey de Francia también ha sido conocedor de la noticia y pide que el agravio cometido sea subsanado —informó Granvela —. De lo contrario se alzará en armas.
—¿Qué pide? — preguntó llevándose los dedos a las sienes.
—El Milanesado.
Carlos negó con la cabeza.
—Francisco no necesita excusas para odiarme, pero ahora tiene una causa.
Carlos miró al duque de Alba.
—¿Lo veis? No basta con que el mar me robe mis flotas. Mis propios hombres me roban la paz.
El emperador caminó unos pasos hacia la orilla. Las olas mojaban el borde de su capa. Se agachó y tomó un puñado de arena, para después dejar que se escurriera entre sus dedos.
—Así se deshace mi imperio. A veces por el viento y otras veces por la imprudencia.
El duque de Alba permaneció tras él inmóvil, con las manos en la espalda.
—Majestad, el marqués de Vasto en un soldado fiel que ha cometido una imprudencia. Quizás merezca reprimenda, pero no condena. Si lo castigáis parecerá que cedéis ante Francisco.
Carlos lo miró con lentitud.
—Y si no lo hago parecerá que apruebo la barbarie.! No quiero que mi imperio huela a degüello de mensajeros!
Granvela observaba la escena en silencio.
Sabía que el emperador no temía la guerra, sino el desorden que se colaba por las rendijas de un poder tan basto.
La autoridad de Carlos se extendía desde México hasta Flandes, pero la ambición de gobernadores, príncipes y virreyes podía ser un enemigo más temible que el francés o el turco.
Carlos se volvió hacia el canciller.
—Decidle al marqués de Vasto que no es rey de Milán —ordenó—. Que los embajadores, aún pareciendo enemigos, son hombres bajo la protección de Dios.
—Deseáis que lo destituya, César.
Carlos se levantó y recuperó la serenidad.
—¡Sí! — Carlos se tomó un momento para pensar —…
No. No ahora. Como bien sabiamente ha dicho el duque de Alba, si lo castigo, Francisco creerá que me arrodillo ante él.
Pero hazle saber al marqués de Vasto que su espada ha hablado cuando debía callar.
—Carlos miró al horizonte donde las nubes negras se acumulaban —.
Cuando pase esta tormenta le pediré cuentas personalmente.
Granvela carraspeó.
—César ¿Qué hacemos con Francia?
El viento agitó la capa del emperador como un estandarte roto.
—Lo que hacemos siempre con Francia. Prepararnos para la guerra, y rogar a Dios por la paz.
Notas
7. ↩ Significa padre.