9. El peso de la derrota
El peso de la derrota
Argel dormía inquieta. El viento traía olor a mar y tormenta, y el rumor de las olas rompía contra las murallas con presagio.
En lo alto de la ciudadela, donde las almenas se recortaban negras como el cielo, Hassan vigilaba el horizonte con el gesto tenso del hombre que aprendió a temer lo que no veía.
Había pasado la noche en pie, observando el mar como un centinela más.
Bajo la luz turbia de la luna, la superficie del agua parecía respirar. A lo lejos, en la línea difusa entre el cielo y la inmensidad, centelleaban luces, parecían los fuegos de una flota. Una flota inmensa.
—Cristianos… —murmuró al guarda que les acompañaba.
—¿Es… estás seguro?
Hassan asintió.
—Es una flota que se prepara para un gran ataque. Nadie más navegaría con tantas velas juntas. Diría que es la flota del emperador cristiano. Y Doria, ese genovés, hijo de un chacal, la comanda.
El soldado tragó saliva. Se rumoreaba desde hacía semanas que se estaba preparando un gran ataque, de hecho, muchos campesinos habían huido ya de los alrededores de la ciudad y los cantos en la mezquita, se intensificaron para ser oídos por Alá.
Pero Hassan no rezaba desde que era niño.
El Dios de su infancia en Sóller, había muerto el día en que los hombres de Barbarroja asaltaron el puerto y se lo llevaron como un botín más de guerra.
Llamó la atención de Aruj Barbarroja, cuando hizo frente a sus hombres.
Así fue como se libró de una vida de esclavitud y se convirtió en pupilo del pirata más temido del Mediterráneo.
Con el tiempo Hassan se convirtió en su sombra.
Y cuando Aruj murió, fue su hermano Hizir quién heredó, Argel, su flota, sus hombres, su leyenda, y el muchacho convertido ya en hombre.
Pero Hizir no era como Aruj. Se podría decir que Aruj había sido valiente hasta la temeridad, un pirata con alma de príncipe.
Pero Hizir, era una bestia de inteligencia fría.
Donde Aruj había visto gloria, Hizir vio provecho.
Era más sanguinario, más silencioso, más…
político. Y por ello no dudo en ponerse al servicio de Solimán a cambio de oro y títulos.
El nombre de Barbarroja se lo pusieron los cristianos por su hermano.
Cada vez que sus piratas gritaban “ 7 Baba Aruj” en sus oídos se escuchaba Barba Roja.
Cuando Hizir tomó el relevo no fueron pocos los que pensaron que Aruj había vuelto de la muerte para vengarse.
Por eso sus enemigos pensaban que Barbarroja era inmortal.
Esa madrugada, Hassan descendió de la torre y atravesó las calles hasta llegar al palacio. Las primeras luces del alba comenzaban a teñir las murallas. A cada paso, soldados y hombres de mar lo saludaban.
Entró a los aposentos de Hizir sin anunciarse.
El señor de Argel estaba despierto. Sentado con toda su gran corpulencia sobre cojines de seda y sosteniendo una copa de vino.
Su barba cobriza brillaba bajo la luz de la lámpara, y su mirada, oscura, se posó en Hassan, como la de un lobo que huele la inquietud.
—Ya lo has visto —dijo sin alzar la voz.
—Sí.
—¿Cuántas naves?
—Demasiadas para contarlas.
Hizir sonrió divertido. Dejando ver su dentadura de piezas de oro.
—El emperador cristiano viene hacia aquí. Y viene con todo su poder.
—Que venga. —Barbarroja hizo un gesto a una hermosa esclava para que le sirviera vino —. El mar es mío, Hassan, no suyo. Solo me obedece a mí. Esos cristianos no han nacido para estas aguas.
Hassan se mantuvo de pie, incómodo. Sabía que Hizir no creía en milagros, pero si en su instinto. El mismo instinto que le había hecho salir airoso de tantas batallas y prender flotas enteras con una calma inhumana.
—Deberíamos prepararnos.
—Nos prepararemos, pero no para salir a su encuentro.
—¿No saldremos a atacarles?
—¿Atacar? —Hizir soltó una risa ronca —. ¿Para qué? El mar se encargará de ellos.
El señor de Argel se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí se veía todo el puerto, con sus galeras ancladas y las velas plegadas como alas dormidas.
—¿No lo notas Hassan? El viento ha cambiado. Siento el siroco. Pronto soplará con furia.
—¿Confiaremos en el viento? —dudó Hassan.
—El viento me ha servido mejor que muchos hombres. —Hizir observó durante un momento a Hassan —. ¿Qué pasa? ¿Acaso has olvidado todo lo que te enseñó Aruj?
Hassan agachó la cabeza. Después de tantos años, recordar al que había sido como un padre, aun dolía
—Sí. Recuerdo lo que solía decirme: el mar no perdona a los soberbios, pero siempre protege a quien lo respeta —dijo finalmente Hassan.
El sol ascendía cuando las primeras galeras cristianas aparecieron frente a la costa. La ciudad entera se estremeció: muchos acudieron a buscar refugio en las mezquitas, los soldados corrieron a las murallas y mil cañones se apuntaron en el horizonte.
Pero el mar se convirtió en el más temible de los soldados de Argel. Enfurecido, el viento soplaba con un rígido creciente, levantando espuma y polvo.
Barbarroja y Hassan, contemplaban desde lo alto de la muralla, como las naves del emperador avanzaban con dificultad, con las velas hinchadas y rotas por las ráfagas.
—¿Lo ves Hassan? Son muchos, pero el mar les odia.
Los primeros desembarcos comenzaron al mediodía.
Las galeras del emperador trataban de acercarse a la costa bajo una lluvia de fuego.
Los cañones de Argel vomitaban hierro, llenando el aire de azufre y sangre y las olas dejaban su recuerdo arrastrando los cuerpos de los cristianos hacia las rocas.
Los caballos se hundían entra la espuma y las barcas volaban hechas astilla.
Hassan desde lo alto de la muralla, veía la tragedia como un juicio divino. Aquellos cristianos que sobrevivían a la artillería y alcanzaban la playa, eran recibidos por las cimitarras y las lanzas de los turcos, antes de que pudiesen formar una línea de ataque.
La arena en las playas se tornaba roja, el viento rugía con fuerza demoníaca y el cielo de medio día se tornó oscuro como la noche, y cuando descargó toda su lluvia, las naves cristianas se estrellaban las unas contra las otras.
Era el infierno para los cristianos.
Era un regalo de Dios para los que aguardaban en Argel.
Un mismo Dios en las alturas.
Galera imperial. En algún lugar del Mediterráneo occidental. Unos días después.
«El mar no tiene amo» pensó Carlos.
Llevaba días sin quitarse el salitre de la barba, sin dormir más que a intervalos cortos bajo un toldo que goteaba como un techo en ruina.
En la galera imperial —la misma mole que debía devolverlo triunfante desde África —olía a brea, a carne enferma y a fracaso. El emperador se balanceaba en una nave maltrecha, acosado por las olas, la tormenta y el recuerdo de lo que debía haber sido una gloriosa victoria.
Aquella cruzada que emprendió semanas atrás y que serviría para unir a la cristiandad, se convirtió en un desastre.
De camino a Argel, el cielo se abrió como si Dios mismo le negara el favor. La tempestad castigó a los cruzados con una furia bíblica. El resultado de la batalla contra los elementos fue de cientos de naves perdidas, miles de hombres ahogados y otros tantos desperdigados por las playas del Magreb.
Mientras la galera imperial avanzaba penosamente rumbo a Cartagena, Carlos miraba al horizonte, con los ojos hundidos, la capa empapada y el alma más pesada que su propia armadura.
A su lado se encontraba Fernando Álvarez de Toledo, el duque de Alba, de mandíbula dura y mirada severa.
A pesar de contar con solo treinta y cuatro años, había crecido en guerras y ya se había convertido en leyenda.
Sus hombres lo respetaban y lo temían a partes iguales.
Carlos valoraba de él su lealtad y su franqueza.
—Majestad. El mar no perdona ni siquiera al que lleva la cruz en su estandarte.
Carlos le miró cansado.
—No. El mar no perdona a los necios. Y quizás yo lo he sido.
No hubo réplica por parte del Duque de Alba. Podía intuir el peso que el emperador soportaba en sus espaldas.
A la noche siguiente la tormenta amainó. Algunos hombres encendieron antorchas. Las velas desgarradas colgaban de los mástiles como alas rotas. En el horizonte el reflejo pálido de la luna se mezclaba con los cuerpos hinchados de los náufragos que golpeaban los costados de los barcos.
Carlos observaba en silencio. A su espalda estaba el capitán, Andrea Doria.
Andrea Doria tenía la edad para blasfemar.
Había sobrevivido a muchas tormentas para creer en santos.
Era alto, enjuto, con gran barba blanca y su gesto adusto parecía tallado en sal y viento.
Tenía más de setenta años, pero sus ojos grises conservaban la viveza del que aún calcula rutas y enemigos con la mente más afilada que un estilete.
Hubo un tiempo en que Doria combatió por Francia, pero finalmente, el oro y la fortuna le hicieron acabar bajo los servicios de Carlos, quién supo reconocer su valía también con honores, nombrándole almirante de su flota.
Doria se había convertido en el temor de los turcos y de los corsarios berberiscos, un rival a la altura de Barbarroja, pero ni su experiencia ni su ingenio podían mandar sobre el cielo.
—Majestad —dijo con voz grave —, juraría que los infiernos se han abierto para tragarnos. Jamás vi tempestad semejante.
—Dios pone a prueba a sus más leales —respondió el emperador.
Doria asintió sin fe. Ambos sabían que aquello no era una prueba, sino un castigo al orgullo que había empujado al César a lanzarse al mar que respondió con desprecio.
Los días siguientes fueron un desfile de penurias: la flota dispersa, trataba de reagruparse; los enfermos caían por docenas; y los supervivientes, compartían un silencio llenó de cólera después de haber visto morir a los suyos bajo un cielo de plomo y regresar a Europa sin botín ni gloria.
En cubierta, un veterano de Lombardía masculló:
—Dicen que Dios está con el emperador…
—Pues parece que está vez se ha ido con Barbarroja —respondió otro escupiendo al mar.