8. El pago al traidor #2
—Escribid: El emisario francés, Antonio Rincón, en tránsito por el Milanesado, ha sido ejecutado por razones de Estado. La medida tomada con prudencia, servirá a la paz del imperio.
El secretario vaciló.
—¿Debo enviarlo a Bruselas?
—Y a Castilla, a Roma, Flandes… y a Francia también. No voy a ocultar mis acciones al mundo. Ese hombre traicionó a Dios al tratar de confabular con los enemigos de Dios.
—¿A… a Francia?
—Sí. Y que Dios decida si aprueba o no lo que he hecho en su nombre.
Palacio de Fointainebleau (Unas semanas más tarde)
En palacio no solo se respiraba la guerra, también la pasión carnal de un joven príncipe y su amante.
Enrique, el heredero al trono, salía sudoroso de una habitación, cerrándose el jubón a toda prisa.
De su padre había heredado su porte alto, sus espaldas anchas y su nariz aguileña.
Tras él salía Diana de Poitiers, aún descalza, lo siguió hasta el umbral con una sonrisa tranquila.
Diana tenía casi veinte años más que el veinteañero delfín, pero conservaba toda su belleza, y ello sumado a toda su experiencia y veteranía, era un arma con la que pocas mujeres, incluida la esposa de Enrique, Catalina, podían competir.
—Tenéis la piel fría mi príncipe. Deberíais tener menos al pecado
Enrique besó su mano.
—El pecado no me asusta.
Ella rio suavemente.
—Si no lo teméis quedaros esta noche conmigo y dejad que vuestra esposa duerma sola.
—Os prometo que seré vuestro más de una noche. Pero esta no.
Enrique abrió la puerta y se quedó petrificado. Frente a él, inmóvil, en el pasillo, estaba su esposa, Catalina. Su vestido negro caía como una sombra y sus ojos grandes y serenos lo observaban sin expresión.
—Su majestad os espera, monseñor.
Enrique cerró la puerta detrás de él sin mirar a su amante.
—¿Para qué?
—Ha llegado un mensajero.
El príncipe se ajustó el cinturón.
—Entonces que lo reciba, es su oficio.
Catalina inclinó apenas la cabeza.
—Y el vuestro, como futuro rey, es aprenderlo.
La princesa empezó a andar por el pasillo.
Enrique la siguió unos pasos por detrás con el rostro tenso.
La observaba caminar, recta y silenciosa y no pudo evitar pensar —como siempre —que aquella mujer, con la que le hicieron casarse, era un veneno que actuaba lento y que poco a poco iba consumiendo su juventud.
Él deseaba pasar su tiempo con Diana y no perder el tiempo en buscar un heredero con esa Medici por la que no sentía ningún tipo de atracción.
El príncipe se acercó a ella y dijo sin mirarla.
—¿Os puedo peguntar una cosa?
—Por supuesto. Sois mi esposo y mi señor.
—Después de tantos años y no conseguir darme heredero ¿No os sentís humillada?.
Catalina no sé detuvo.
—Las humillaciones pesan menos cuando se tiene paciencia.
—¿Y la paciencia os dará hijos?
Ella lo miró entonces con una sonrisa apenas visible.
—La paciencia quizás me dé un reino.
Con esa respuesta, Enrique le apartó la mirada.
Cuando llegaron a las dependencias del rey, el aire estaba cargado, Francisco había mandado a llamar a sus consejeros. En el centro de todos ellos se encontraba el rey. Cuando vio acercarse a su hijo lo miró con reprobación.
—¿Ocurre algo padre?
—Si no estuvieses follándote a todas horas a la dama de Poitiers ya sabrías cuál es esa noticia que ha corrido como la pólvora en toda Europa.
Catalina se sintió satisfecha por la reprimenda que el rey lanzaba a su hijo. Pero su satisfacción duró poco en cuanto Francisco posó sus ojos sobre Catalina
—En cuanto a vos. Os casé con mi hijo, debéis cumplir con un deber. Pero hasta ahora solo habéis traído silencio a nuestras cunas. Francia necesita herederos. No lo olvidéis.
Catalina asintió levemente y guardó la compostura.
—No olvido mi cometido, majestad.
El rey se centró de nuevo en Enrique.
—Bien. Por si no lo sabes nuestro embajador, Antonio Rincón, ha sido ejecutado en el Milanesado. Le han cortado la maldita cabeza como a un vulgar ladrón.
»Esta mañana he recibido a un emisario del Papa.
Venía con palabras de paz. Su Santidad ruega que no haya una nueva guerra entre cristianos.
Paz, pide, después de que mi embajador haya sido decapitado en Milán.
Quieren que aguante la afrenta, que sonría y que finja decencia.
Pero hijo, nosotros no nacimos para que nos escupan a la cara y no hacer nada.
—¿Otra guerra?¿No es un poco precipitado?
Francisco miró a todos sus consejeros y a Catalina.
—Salid todos. Ahora. Tengo que hablar con el delfín de Francia.
Todos obedecieron y dejaron solos al rey y su hijo.
—No vuelvas a cuestionarme delante de mis ministros —dijo el rey alzando el dedo índice.
—Padre, pensad en el reino. No estamos preparados para otra guerra
—Antonio Rincón, llevaba a cabo una misión para mí. No estaremos solos en esta guerra, contaremos con un poderoso aliado. La muerte de un embajador es además la excusa perfecta y legítima para atacar.
—Pero…
—Tu hermano Carlos, el duque de Orleans, irá a la guerra.
Ese muchacho tiene el coraje que a ti te falta.
A ti no te pido nada. Tú solo demuéstrame que tienes mi fuego y que sirves para algo más que para fornicar con tu amante.
Tu hermano mayor debía sucederme, pero Dios se lo llevó muy joven.
Ahora eres tú quién debes asumir de una vez tú papel como mi heredero.
Demuestra la valentía que tiene tu hermano menor, o rezaré para que Dios te lleve a ti también.
Enrique se quedó helado y tragó saliva ¿Acaso de verdad su padre desearía eso para que su hermano menor Carlos ocupará el trono?
—Está… está bien.
Francisco había dictado su mandato. La guerra volvería a Europa y ni los Habsburgo ni sus hijos, iban a conocer la paz. Junto a todos sus dominios, esa era la herencia que estaba dispuesto a dejar a sus herederos.