Carlos V. Trilogía Completa 8. El pago al traidor
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8. El pago al traidor

El pago al traidor

Milán amaneció gris y ocre, con el aire húmedo que antecede la lluvia. En los patios del castillo Sforcesco, los centinelas bostezaban bajo los arcos, los cascos de los caballos resonaban en piedra y, desde el torreón, la bandera del imperio se agitaba como un jirón cansado.

En su despacho, Alfonso Dávalos, marqués de Vasto, y gobernador de Milán desde hacía casi tres años, pasaba revista de los informes de la frontera.

Hacia ya años que el papel le pesaba más que la espada, pero en su gesto seguía habiendo algo del soldado que había sido.

Su rostro afilado y noble, conservaba la marca de los viejos combates.

El marqués había conocido la guerra siendo joven, sirviendo a Carlos en todas las campanas de Italia. En Pavía, catorce años atrás, había empezado a forjar su leyenda.

Aún recordaba aquella fría mañana de febrero con los estandartes franceses ondeando desde la niebla y al rey francés, cabalgando con la arrogancia de quien se cree invencible.

En esos días su lealtad fue puesta a prueba, cuando el francés intentó comprarle a él y a su tío el marqués de Pescara, por su propia libertad.

Desde entonces, el marqués había servido al emperador con fidelidad de hierro. Gobernaba Milán en su nombre, reprimía las revueltas, vigilaba a los espías y sostenía los impuestos de ese imperio que se desquebrajaba.

Le habían llegado informes sobre las últimas andanzas de Rincón, al fin y al cabo, el español renegado al servicio de Francia no era el único que actuaba desde las sombras.

En esa mañana, un oficial le trajo noticias de un prisionero.

—Un hombre detenido cerca de Pavía, Excelencia —anunció el oficial Lombardo —. Afirma ser embajador del rey de Francia.

El marqués levantó la vista de los documentos que estaba revisando.

—¿Nombre?

—Antonio Rincón.

—¿Rincón? — Alfonso Dávalos frunció el ceño. Conocía aquel nombre.

Sabía que ese hombre había nacido en España y que había servido en su juventud a los Reyes Católicos, pero después de la llegada de Carlos, por ambición o despecho, se había puesto al servicio del rey Francisco de Francia.

Era conocido como diplomático hábil y políglota, pero pocos sabían que también era capaz de tratar con los turcos sin santiguarse después.

Un traidor al fin y al cabo. Carlos, su señor, había puesto precio a su cabeza durante la guerra con el francés.

Pero en los tiempos de la frágil paz había dejado pasar el asunto.

—Traedlo —ordenó el marqués con la voz baja pero firme.

El prisionero entró escoltado por dos guardias. Llevaba la capa empapada y el porte de quien está acostumbrado a negociar con enemigos.

—Aquí está —anunció el oficial lombardo.

—Excelencia. Ha habido un malentendido.

—Guardad silencio —advirtió el marqués de Vasto —. Hablaréis cuando se diga que habléis.

El marqués le auditó con su mirada, vio sus ojos negros con un brillo de ironía que solía irritar a los hombres de armas.

—Vos diréis a qué se debe el malentendido.

—Excelencia —Rincón saludó con una leve inclinación —. Soy Antonio de Rincón, embajador de Su Majestad Cristiana. Francisco de Valois, rey de Francia.

El marqués lo miró con calma, apoyando los codos sobre la mesa.

—Curioso destino el vuestro —dijo —. Español de nacimiento, renegado por provecho, y ahora emisario de reyes. Y tengo entendido de no solo de cristianos, sino también de algún infiel.

—Soy un hombre de mundo, como vuestro emperador.

—Tan emperador mío como vuestro.

—No quería ofenderos, excelencia.

Dávalos no se movió. Había aprendido a no perder los nervios ante las provocaciones.

—Sabéis bien que vuestras andanzas despiertan sospechas. Partisteis de Constantinopla hace uno meses. Se os vio en Ragusa, luego en Venecia, hospedado en casa de un mercader genovés. Nadie viaja tanto sin un propósito.

—Mi propósito es servir a mí rey

—¿Y como se supone que servís a vuestro rey? ¿Llevando cartas al sultán?

Rincón se encogió de hombros.

—Llevando palabras, excelencia, las cartas las quemé como todo diplomático prudente.

—Querréis decir traidor.

—Diplomático.

El marqués se recostó en su silla, pensativo y miró al hombre que tenía frente a él, con desprecio. No encontraba honor en ese hombre y eso era algo que repudiaba.

—Decidme —preguntó —¿Es cierto lo que se murmura? ¿Qué Francisco, vuestro señor y Solimán han firmado una alianza?

—No esperéis que confirme rumores cuando mis intereses son únicamente comerciales.

—Los rumores mueven ejércitos. —Dávalos se inclinó hacia delante —. Vos sois un emisario del enemigo y un traidor a vuestra sangre. Si, existe esa alianza, vuestro viaje lo confirma.

Rincón lo miró con frialdad.

—El mundo no sé divide en leales o traidores, excelencia.

Se divide entre ganadores y vencidos. Pensadlo.

Seguro que mi señor el rey de Francia se mostraría agradecido por cómo le deis hospedaje a uno de sus embajadores.

Vos mismo podéis sacar provecho de este malentendido, convirtiendo esta… captura… en una agradable visita.

Esa respuesta arrogante, le bastó a Dávalos para dar por finalizada la entrevista.

—¿Estáis tratando de poner a prueba mi lealtad? ¿Me estáis tratando como un… un igual? ¿Un traidor? Apartad a este traidor de mi vista —ordenó.

Mientras los guardias obedecían la orden, Dávalos entrelazó sus dedos.

Despreciaba a los traidores, pero más aún a aquellos que ponían precio a su honor.

Recordó con orgullo como años atrás, su tío el marqués de pescara rechazó la oferta del rey francés después de la batalla de Pavía.

El rey le ofrecía toda Nápoles a cambio de su libertad.

La respuesta de su tío fue apuntar con su espada al cuello de Francisco, dejando claro que su linaje ni su honor, no estaba en venta.

Esa noche Dávalos cenó solo. Pidió vino, pero no lo probó. Sobre la mesa tenía los informes donde se detallaba el itinerario de Antonio Rincón, sin ninguna carta ni sello. Solo el trayecto que había seguido hablaba por sí solo.

Había luchado por Carlos en Pavía, Roma, y tantos otros lugares donde vio morir a miles de hombres bajo su bandera. Era una vida de sacrificio, por honor, y porque sabía que luchaba por un orden a un más grande que la lealtad que con los años se había convertido en cansancio.

«¿Qué pensará el emperador sobre aquel emisario francés de nombre español y que volvía de Constantinopla después de hablar con el sultán».

Seguramente Carlos habría ordenado juzgarlo, sin duda.

Pero Carlos estaba lejos, muy lejos. Y mientras tanto, cada día que aquel hombre respiraba era una amenaza para el equilibrio del imperio.

Cuando su secretario entró, el marqués habló sin mirarlo.

—Tomad nota. Antonio Rincón será ejecutado por razones de estado.

El joven dudó.

—¿Sin consulta, Excelencia?

Dávalos lo miro con ojos duros.

—El deber del vasallo es proteger a su señor, incluso de los males que su señor ignora.

El secretario escribió en el documento. Dávalos leyó su orden y acabó de convencerse: no le iba a dar oportunidad a ese traidor para que escapara, ni para manchar el honor de sus hombres tratando de comprar su libertad con sobornos. Estaba decidido.

Firmó con un trazo rápido y hundió el sello imperial en la cera.

La madrugada llegó con una llovizna fina y persistente. En los patios del castillo Sforcesco, el aire olía a hierro. Dos alabarderos que portaban antorchas caminaban en silencio por el corredor de piedra. Entre ellos caminaba Antonio Rincón, con el rostro sereno y el paso firme.

Al llegar al final del pasillo, el capitán de la guardia se detuvo.

—Perdonad la hora, embajador, pero las órdenes del marqués son claras.

Rincón asintió con una sonrisa casi imperceptible.

—Supongo que estamos hablando de ese tipo de órdenes que no admiten más amaneceres.

El capitán evitó mirar al prisionero a los ojos. Más que por desprecio por incomodidad. Los hombres que le llevaban, no ignoraban quien era ese hombre y lo que representaba. Era un emisario del rey de Francia y al contar con inmunidad diplomática, su muerte desataría la mayor de las tormentas.

Bajaron por una estrecha escalera. Al fondo esperaba un pequeño foso abierto al cielo, con un canal de agua corriendo bajo un arco. Sobre el suelo de barro se alzaba un tronco bajo y una espada desenvainada descansando sobre una pared oscura.

El verdugo, un soldado viejo, con la barba cana, inclinó la cabeza cuando lo vio llegar, sin pronunciar ni una sola palabra.

Rincón miró a su alrededor casi con ironía.

—Bonito lugar para cerrar una embajada.

Nadie respondió, solo el murmullo del agua llenó el aire.

El capitán carraspeó.

—¿Queréis confesor, señor?

—Ya hablé con Dios muchas veces, a estas alturas debe de estar arto de oírme.

El mismo Rincón se quitó la capa, la dobló con cuidado sobre una piedra. Luego se desabrochó el cuello de la camisa y miró al capitán con serenidad.

—Decidle a vuestro señor marqués que no le guardo rencor. El sirve a su señor como yo sirvo al mío. En eso somos iguales.

El capitán tragó saliva.

—Se lo diré, señor.

—No lo diréis, pero agradezco la mentira —Rincón sonrió con cansancio.

El emisario francés se arrodilló frente al tronco sin ayuda. La lluvia empezó a intensificarse formando un velo de agua entre el cielo y la tierra.

El verdugo alzó la espada, haciendo que la hoja brillase al instante con la luz de las antorchas. La espada descendió con un golpe seco y limpio. El cuerpo quedó inmóvil, inclinado hacia delante, y la cabeza rodó apenas un palmo antes de detenerse en el barro.

Dávalos había contemplado la ejecución desde su despacho en la galería superior. No había llamado a testigos ni redactado sentencia. Solo había emitido una orden para después ver cumplido su mandato.

Dávalos se apartó de la ventana.

El secretario aguardaba a su espalda portando una pluma.

—¿Deseáis que redacte el informe, Excelencia?

El marqués asintió con la voz apagada: