Carlos V. Trilogía Completa 7. El oficio de gobernar
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7. El oficio de gobernar

El oficio de gobernar

Mientras al otro lado del mundo se cerraba una alianza, Carlos seguía enfrentando los problemas que debilitaban el corazón de su imperio.

Ahí estaban muchos príncipes, entre ellos Federico del Palatinado, al cual Carlos expulsó de su corte después de la relación amorosa y secreta que mantuvo con su hermana Leonor.

En una nueva sesión de la dieta, el duque de Juan Federico de Sajonia, pidió la palabra. Era un hombre corpulento, de rostro encendido y voz potente, cabellos cortos, barba recortada y mirada altiva, acostumbrado a mandar ejércitos. Se levantó en un gesto de desafío

—Majestad —dijo dirigiéndose directamente a Carlos —. No somos enemigos del imperio, sino del abuso. No negamos a Cristo, sino a quienes lo usan para enriquecerse. No queremos guerra, pero tampoco tenemos la espada.

Un murmullo recorrió la sala. Carlos permaneció inmóvil, con las manos cruzadas sobre su regazo.

—Duque —dijo por fin el emperador —, el imperio os dio tierras, títulos y protección. No devolváis tales honores con ingratitud.

—El imperio nos dio cadenas —respondió el sajón —. Y nosotros las hemos roto.

Hubo un silencio helado. Fernando se removió incómodo en su asiento —aquellas palabras eran una declaración de guerra —y miró a Carlos esperando una respuesta a tal desafío. Pero Carlos solo asintió despacio.

—Entonces sabed lo que sigue. Porque cuando los hombres se convencen de tener razón, la guerra ya ha empezado, aunque nadie lo haya dicho.

—Majestad —dijo Federico inclinándose levemente —. Debéis saber que los reformistas no venimos como súbditos temeroso, sino como hombres libres. No pedimos permiso para creer. Lo tomamos como lo hicieron los primeros cristianos ante los Césares.

Carlos lo escuchó sin moverse pero sus ojos se endurecieron

El duque continuó:

—He escuchado durante estás sesiones que la unidad del imperio depende de la fe.

Yo os digo que depende de la justicia. Si Roma quiere reformarse no puede gobernarnos como ha pretendido hacer hasta ahora.

Y si Vuestra Majestad, insiste en imponer su voluntad, nos veremos forzados a defender la nuestra.

Hubo un mar de murmullos entre los católicos mientras los protestantes celebraban las palabras del príncipe sajón. El cuanto Carlos levantó una mano, volvió de nuevo el silencio.

El emperador clavó sus ojos en el duque y dijo con voz tranquila:

—Habéis hablado como un príncipe y un rebelde. Quizás como un mártir. Pero recordad esto: los imperios no sé sostienen con fe libre, sino con obediencia. Y cuando la obediencia se quiebra, la sangre la sustituye.

El duque no contestó. Solo bajó la cabeza, y el murmullo volvió a llenar la sala.

Pero un joven se levantó. Carlos no tardó en reconocerlo, era Mauricio, primo de Juan Federico.

—Debemos lealtad al emperador. No solo por nuestros propios intereses, sino también por los intereses de la propia Sajonia.

Carlos lo miró y asintió y el joven inclinó levemente la cabeza. Esa era el tipo de lealtad que buscaba el emperador. Lo que no vio Carlos es la sonrisa maliciosa que se dibujo en los labios del joven cuando Juan Federico clavó sus ojos en él.

Esa misma noche, los hermanos Habsburgo volvieron a encontrarse en privado. El fuego de la chimenea proyectaba más sombras en las paredes, y el sonido de la lluvia llenaba los silencios.

—¿Vas a hacer la guerra contra esos príncipes que te desafían? —preguntó Fernando.

—Todavía no. —Carlos se pasó una mano sobre el rostro —. Primero está el asunto de Argel.

Fernando lo miró incrédulo.

—¿Aun sigues con eso?

—Sí. Tengo motivos de sobra. Si entro en guerra necesito que me teman.

Que sepan que se enfrentan al hombre que sacó al inmortal Barbarroja de su cubil.

Además, Argel es la llave del Mediterráneo.

Si la tomamos, todos, tanto los herejes como los infieles, sabrán que no estamos vencidos y que el imperio aún tiene dientes.

—Y mientras tú persigues fantasmas en la costa Africana, los príncipes que te desafían fortificarán el norte ¿No lo ves Carlos? Quieres ganar el mar y perder la tierra.

—Quizás el mar sea ahora lo único que puedo ganar —dijo el emperador con una media sonrisa amarga.

Durante un largo rato, ninguno habló. El fuego crepitaba, y en su luz se dibujaba el perfil de los hombres, dos hermanos nacidos del mismo vientre, condenados a entenderse: uno hecho de sueños imposibles; el otro, de razones sin esperanza.

Semanas más tarde, la Dieta se disolvió con oraciones vacías, promesas muertas y sin acuerdo entre protestantes y católicos. Contarini regresó a Roma con su fracaso, Melanchthon a Wittenberg con sus dudas, y los príncipes alemanes con la certeza de que el emperador acabaría usando la espada.

Carlos quien acudió con la idea de servir como árbitro del mundo cristiano, comprendió que solo quedaba la fuerza. Y en algún rincón de su alma, algo se rompió.

Cuando Carlos se disponía a abandonar la ciudad, el cielo era del color del hierro. Los soldados montaban guardia, los heraldos portaban sus estandartes, y el Danubio seguía fluyendo indiferente, como si nada de lo que se hubiera dicho entre esos muros tuviera importancia alguna.

Fernando cabalgó junto a su hermano.

—¿Y ahora?

Carlos no respondió enseguida. Miraba al horizonte, hacia el este, donde la amenaza de Solimán seguía viva.

—Ahora rezaremos para que los turcos tarden en moverse de nuevo. Y prepararemos el imperio para cuando lo hagan los nuestros.

Fernando lo miró de reojo.

—La guerra es inevitable —suspiró Fernando.

—No hablo de guerra. Hablo de supervivencia. Que es lo que siempre ha sido este oficio de gobernar.

El viento soplaba del norte, trayendo olor a lluvia y tierra mojada . En su mente, Carlos veía los rostros de los príncipes, las sombras del consejo, las iglesias de Buda convertidas en mezquitas. Todo se mezclaba como un sueño mal recordado.

—Quizá —dijo el emperador —la historia no sea más que esto: intentar mantener unido lo que nació dividido. Y fracasar con dignidad.

Fernando lo miró, y por un instante, sintió compasión por el emperador del mundo.

—Entonces, al menos, fracasamos juntos. Tú en Argel y yo en el este.

Carlos sonrió.

—Eso es, hermano. Eso sí está en nuestras manos.

Y él emperador espoleó su caballo. El cortejo avanzó hacia el sur, dejando atrás una ciudad envuelta en niebla, Ratisbona, que se fue perdiendo a lo lejos como un recuerdo que el tiempo se encargaría de desmentir.

El Danubio seguía su curso, y sobre Europa, el humo de las velas y de las guerras futuras comenzaba a mezclarse.