Carlos V. Trilogía Completa 6. Una audiencia con el Sultán
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6. Una audiencia con el Sultán

Una audiencia con el Sultán

El viento del Bósforo soplaba frío y limpio.

Antonio Rincón lo olió al entrar en esa otra mitad del mundo.

Estambul tenía el perfume de una ciudad vieja que había sobrevivido a demasiados imperios.

El aroma del humo, la sal, especias y hierro.

El olor de un sitio donde matar y rezar eran verbos que se conjugaban con la misma naturalidad.

Rincón cruzó el puerto sin mirar atrás. Sabía bien que, en ciudades así, los ojos de los demás pesaban más que los suyos.

Pasó entre griegos, turcos, judíos y mercaderes genoveses con esa indiferencia educada que salvaba vidas.

Vestía como siempre, de oscuro, limpio y sin adornos.

El palacio de Topkapi lo esperaba, o mejor dicho, alguien detrás de Topkapi, el Gran Sultán, el León del este.

El hombre que hacía temblar a media Europa tanto si movía una flota como su propio ceño.

Nadie lo anunció con trompetas. Antonio Rincón era conocedor de que en el Imperio Otomano, quien entraba haciendo ruido podía salir con la cabeza en una bandeja.

El 6 dragomán el palacio —un tipo de mirada oblicua y lengua de oro — lo recibió sin ceremonia.

—El Gran Sultán os debe recordar, dijo —Y añadió sin cambiar el tono —. Espero que lo que traigas sea interesante, ya que también recuerda a los que le decepcionan.

Rincón no contestó. Había aprendido que, a veces, el silencio valía más que una reverencia.

Siguió al intérprete por patios y corredores donde el mármol brillaba como el filo de una cimitarra. El los muros pudo de ver azulejos de caza y plegarias, en el aire ese olor a perfume viejo e incienso que oculta sangre.

Cruzaron la Puerta de la Felicidad. A Rincón le resultó irónico ese nombre, ya que sabía que por debajo de esas piedras, se habían enterrado ministros, príncipes y visires.

Uno de los últimos conocidos era Ibrahim Pasha, quien tal vez se podría haber hecho pasar por uno de los mejores amigos del Gran Sultán, más que su visir, su espejo.

Hasta que la favorita del sultán decidió que aquel espejo reflejaba demasiado.

Esa mujer era Roxelana, la que una vez fue esclava y en esos días se había convertido en sultana. Una mujer capaz de convertir el harem en un consejo de guerra.

Rincón conocía la historia. En ese oficio había que saber cómo morían los hombres poderosos, y lo que pudo aprender fue que un día Ibrahim fue la mano derecha del imperio y al siguiente un cadáver discreto.

Así se gobernaba ese otro medio mundo.

El salón de audiencias era más pequeño de lo que recordaba.

No había oro ni cortinas recargadas. Solo alfombras gruesas y la luz tranquila que caía sobre el hombre que mandaba en tres continentes, Solimán el Magnífico.

De fina perilla, de tez delgada y mirada tranquila.

Ni joven ni viejo. Ni cruel ni clemente.

Solo consciente de que su palabra pesaba más que cualquier ejército.

El Gran Sultán, se encontraba sentado y rodeado por seis jenízaros.

Rincón se inclinó lo justo ante Solimán.

—Señor del mundo.

Solimán lo observó como quien admira un arma ajena

—El emisario del rey de Francia.

Su voz era grave, seca, sin énfasis. La de alguien que estaba acostumbrado a ser escuchado sin tener que repetir sus palabras.

—A vuestro servicio Gran Sultán.

El sultán no respondió, se volvió hacia el ventanal. A través de los cristales, el Bósforo brillaba como una hoja desenvainada.

—Tu señor —dijo al fin —, es un hombre orgulloso, pero también lento en sus acciones. Recuerdo cuando años atrás te presentaste ante mí y pediste que retirase mis tropas del este de tu imperio cristiano. Me cansé en esperar y he decidió atacar de nuevo ¿Vienes de nuevo pedir que me retire?

Rincón habló en un tono tranquilo pero con palabras que medían el aire.

—Mi señor me envía para recordaros que la sombra de Carlos de Habsburgo se alarga. Que no respeta fronteras ni templos. Y que cuando un solo hombre se cree dueño del mundo, los demás deben empezar a caminar en la misma dirección.

Solimán le escuchó sin parpadear.

—¿Un hombre que se cree dueño del mundo? ¿Diríais que ese rey de España es comparable a mí?

—Por supuesto que no, Gran Sultán. Vos sois la sombra de Alá en la tierra.

Solimán escrutó a Rincón y finalmente dibujó una media sonrisa en la comisura de sus labios.

—¿Y que ofrece tu señor cristiano?

—Lo que siempre ofrece Francia cuando no puede ganar sola —contestó Rincón —: inteligencia y promesas que cumple.

Se hizo un silencio pesado. Solimán arqueó una ceja y su guardia se llevó las manos a las empuñaduras de sus cimitarras.

—Las promesas de los cristianos son como el vino: agradables al principio, traicioneras después

—Por eso bebo poco.

Está vez el silencio fue otro, menos tenso y más calculado. El hombre delante del sultán no era un cortesano, ni tampoco un diplomático de salón. Era un superviviente de oficio. Uno que no miraba ni al suelo ni al cielo, solo al peligro.

Desde el fondo del salón, tras una celosía, unas sombra observaba. Nadie la nombró, pero los presentes sabían de quién se trataba. Roxelana. La mujer que había matado con sonrisas, y lo había hecho por amor y por poder.

El sultán no la miró, pero sabía que estaba ahí. Y ella sabía que él lo sabía.

Solimán se volvió de nuevo hacia Rincón, lo miró de arriba abajo. El español sostuvo la mirada, más que por valentía por costumbre.

—¿Qué propone tu señor de Francia está vez?

—Una alianza sin cadenas. Vuestras galeras en Adriático. Las nuestras en el Tirreno, y silencio entre ambas costas.

El sultán se levantó despacio y caminó hasta una mesa baja. Su paso hacia tan poco ruido como la sombra de la noche que cubre el mundo.

—¿Y que gana Francia con esto?

—Tiempo, y mantener el orgullo intacto.

El sultán dejó caer una exhalación que en otro hombre se habría traducido en una carcajada.

—Orgullo. Siempre orgullo.

El sultán se movió un milímetro mientras la sombra tras la celosía se mantenía inmóvil. Solimán estudió a Rincón como quien estudia un libro difícil.

—¿Qué le hace pensar a tu señor que necesito amigos cristianos?

—Nada —respondió el español — Precisamente por eso volvemos ante vos para ofrecérosla.

El sultán giró la cabeza hacia la ventana, ahí en el cristal pudo ver como se reflejaba su rostro, y detrás, el del emisario — dos hombres que habían visto demasiadas tradiciones —.

Eran tiempos difíciles para despreciar cualquier ayuda, ya que sentía a sus enemigos tanto fuera como dentro de su imperio.

Solimán llevaba meses sin dormir bien. Los nombres de sus hijos eran cuchillos sobre el mantel.

Mustafá, hijo de su primera esposa, Mahidevran, su primogénito y primero en la línea de sucesión, tan cercano al malogrado visir Ibrahim, crecía fuerte, como un león joven, se estaba haciendo demasiado popular para los planes de su amada Roxelana quien soñaba con la grandeza para sus propios hijos.

Roxelana había aprendido que, en la casa del sultán, la maternidad también era una estrategia por alcanzar la cima del poder, y Solimán en el fondo lo sabía, pero nada de eso se dijo, no se diría, porque su imperio no confesaba sus grietas ni a extranjeros ni a los propios.

—Tu señor quiere guerra —dijo Solimán

—Quiere equilibrio. Pero a veces el equilibrio solo se consigue con ruido de cañones.

—No solo tengo mis asuntos en Hungría, también tengo que tratar las campañas al este del imperio. Demasiados frentes.

Un eunuco se acercó a Rincón y le sirvió café.

El emisario tomó un sorbo. Era negro, espeso, amargo.

Era el mismo sabor que esa negociación. Mientras bebía pensó en el visir muerto, y en la mujer que mandaba desde las sombras.

Tenía la sensación de que su palabra pesaba tanto como la del sultán, y que si era capricho suyo verle muerto, el sultán le concedería su deseo.

La cortina de la celosía se movió apenas. No fue el viento. Fue ella.

La sultana legítima, la risa roja del harén, la esclava extranjera que convirtió la cama del sultán en un consejo de estado interrumpió.

Era pequeña, de piel pálida y cabellos de fuego.

Era hermosa, de ojos verdes y fríos, casi crueles, de esos que no miran, calculan.

Caminaba despacio, con la seguridad de las mujeres que ya han ganado antes de comenzar la partida.

Rincón sabía que estaba ante el poder real del imperio. El sultán mandaba sobre todos en medio mundo, sí. Pero ella mandaba sobre el sultán.

Solimán no sé volvió, sabía que se acercaba. La sintió antes de olerla. Ella se inclinó apenas y susurró algo al oído del sultán.

Rincón la observó sin mover un músculo —ni siquiera pestañeó —. Sabía que cualquier gesto malinterpretado podría costarle la cabeza.

Después ella retrocedió un paso y el sultán asintió. Rincón sabía que acababa de presenciar algo que no se veía todos los días. La política desnuda, sin teatro ni embajada de por medio. El poder en persona, en el cuerpo de una mujer.

Roxelana se volvió hacia Rincón y le sostuvo la mirada un instante. Nada hostil, pero tampoco amable. Era la mirada de quien podía ordenar su muerte sin alterar su pulso. Luego sonrió, no con la boca sino con los ojos. Giró, cruzó el salón y desapareció tras la celosía.

—El mar se moverá — dijo Solimán al momento.

—¿Cuándo?

—Cuando convenga.

Rincón no quiso insistir en los detalles y asintió.

—Seguiré con el ataque en las fronteras del este del imperio cristiano. Pero enviaré mis galeras. Eso sí… cuando mis galeras crucen el Adriático, no quiero ver a un solo cristiano rezando en mis costas, ni siquiera a un francés. Que tu señor se mantenga en el oeste.

—Mi señor os daría su palabra.

—Las palabras no flotan —replicó el sultán —. Se hunden con los barcos.

—Entonces haremos que floten.

Solimán lo despidió con un leve gesto. Ni cordial ni hostil. Rincón asintió y se marchó conservando la vida, y tras esa audiencia, eso ya era una victoria.

Cruzo los patios en silencio mientras el sol caía sobre las cúpulas del palacio. Lo hizo rápido ya que sentía que hasta los pavos reales le miraban con desprecio

El viento del mar le trajo el olor del salitre y la pólvora. Bajó por las calles estrechas hasta el puerto, mientras Estambul rugía como una bestia viva, con sus barcos, sus voces y sus acentos.

Y llegó a su navío.

Mientras la galera zarpaba miró por última vez la ciudad. El palacio brillaba al fondo, sobre el agua dorada del atardecer. El mar estaba tranquilo, pero sabía que eso cambiaría. Era el tipo de calma que solo existía cuando los señores del mundo se preparaban para mover las piezas.

Encendió una pipa y sonrió sin humor. Mientras el humo subía a su cabeza, con el gusto seco de la victoria por haber llevado a cabo su misión, pensó en el sultán, en la mujer tras las cortinas, en los príncipes que esperaban su turno para alcanzar el poder y en los reyes que jugaban al ajedrez, usando como tableros el mundo y como peones las vidas ajenas.

Notas

6. ↩ Intérprete o traductor en el imperio otomano.