Carlos V. Trilogía Completa 5. La fidelidad de los príncipes reformados
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5. La fidelidad de los príncipes reformados

La fidelidad de los príncipes reformados

Las calles de Ratisbona brillaban como cuchillos embotados; las tejas, relucían bajo el fuego de los faroles y los canales permanecían oscuros como vino viejo.

La Dieta del Imperio dormía a medias: en las tabernas se discutía en tres lenguas si Dios aceptaría misa en alemán; en el palacio episcopal, los teólogos de Carlos preparaban el sermón del día siguiente.

Pero, en una casa de comerciante, detrás de una puerta cerrada con cerrojo, cuatro hombres se reunían en silencio. Sobre la mesa —una tabla gruesa con arañazos de uso— descansaban cuatro copas, una jarra de vino del Rin y una vela alta que chorreaba cera.

El viento agitaba los cristales con dedos largos. Afuera, el ruido del Danubio sonaba como un ejército invisible.

Allí estaban los cuatro.

Cuatro príncipes del Sacro Imperio, cuatro destinos a punto de chocar como piezas mal encajadas de un reloj.

Federico II del Palatinado estaba sentado al norte de la mesa.

Era un hombre delgado, de rostro fino y mirada cansada.

Había servido como chambelán de Carlos V en sus años mozos, cuando aún creía que la corte era un lugar donde bastaba la lealtad y la elegancia para sobrevivir.

Pero se enamoró de Leonor, hermana del Emperador,

El amor fue imprudente, la noticia, rápida.

Un joven Carlos lo expulsó de su servicio sin escándalo, pero con firmeza.

Desde entonces, Federico había aprendido a hablar con pausa y a medir el peso de cada palabra.

Ahora, gobernaba su electorado reformado con moderación: un hombre entre dos fuegos, demasiado sensato para ser fanático, demasiado orgulloso para ser servil.

Frente a él, de brazos cruzados y pecho ancho como un escudo, se hallaba Juan Federico de Sajonia, apodado el Magnánimo. Él era el alma de la 4 Liga de Esmalcalda, defensor de la fe reformada, el príncipe que creía sinceramente que Dios le había dado hombros para sostener a Alemania.

Tenía la frente alta, la barba recia y la voz grave, con esa autoridad natural que no necesita amenazas. Su fe era su espada, y su problema, también.

A su derecha, moviendo las manos con nervios y energía, se encontraba Felipe de Hesse, el Landgrave.

De rostro vivo, barba rojiza y ojos inquietos, era más político que teólogo.

Había firmado tratados, quebrantado votos y levantado ejércitos por convicción y por sus propios intereses.

Para él, el mundo era una partida de ajedrez jugada sobre mapas y bolsas de florines.

Pero tenía algo que los otros no: intuición.

Olía la traición a distancia, incluso cuando venía vestida de prudencia.

El cuarto, Mauricio de Sajonia, era distinto.

Joven, casi imberbe aún, con la elegancia fría de quien ya piensa más de lo que dice.

Primo de Juan Federico, yerno de Felipe, estaba allí como una pieza menor en un juego mayor, pero consciente de su valor.

Su padre, Enrique al que llamaban el Piadoso, le había enseñado a respetar a Lutero, pero también a no confiar en la misericordia de Roma ni en las promesas de nadie.

Desde que heredó su ducado, había aprendido a callar y observar.

En sus ojos azules se reflejaba el fuego de la vela y algo más: la curiosidad de quien estudia el tablero para mover cuando los demás duermen.

Federico fue el primero en romper el silencio. Su voz sonó templada, sin adornos.

—Gracias por venir, señores. Ratisbona nos presta techo, pero no certezas.

Felipe bufó con una risa breve.

—Ni certezas ni seguridad. El Emperador duerme a dos calles de aquí, rodeado de frailes, y nosotros tramamos lo que mañana llamarán herejía.

—No tramamos —replicó Federico—. Discutimos. Hay una diferencia.

Juan Federico se inclinó hacia adelante.

—La diferencia es de lenguaje, no de intención. Carlos quiere unidad; nosotros queremos verdad. Y cuando la verdad no cabe en la unidad, hay guerra.

—No tan rápido, mi señor —dijo Federico, sin alzar la voz—. Todavía no hay guerra. La concordia puede ser posible.

Felipe golpeó la mesa con dos dedos.

—¡Concordia!… La palabra favorita de los teólogos y de los cobardes. ¿Cuántas concordias ha firmado el Emperador para después volver a cargar la mano? Primero Worms, luego Augsburgo, ahora Ratisbona. El César promete oírnos y mientras tanto refuerza sus arsenales en Flandes.

Federico sirvió vino, despacio.

—El Emperador también tiene sus razones.

—Y vos vuestras nostalgias —lo interrumpió Felipe, seco—. No habléis de razones cuando lo que os mueve es recuerdo. No olvidamos que fuisteis su chambelán. Ni que os echó por amar a su hermana. Esa es la razón por la que lo defendéis. Seguís siendo servil.

El aire se volvió pesado. La vela se inclinó un poco, como si también esperara la respuesta. Mauricio levantó apenas la vista. Juan Federico, prudente, se limitó a observar. Federico no se movió. Su rostro permaneció sereno, casi solemne.

—No negaré lo que todos sabéis —dijo al fin—. Amé a Leonor, sí. Era joven. Ella también. Fue un error, lo sé ahora. El Emperador me desterró. Pero no me destruyó. Y eso, en un Habsburgo, ya es un favor.

—Os perdonó porque servíais vivo —replicó Felipe—. Si hubieseis sido francés, estaríais colgando de una muralla.

—Quizá —admitió Federico—. Pero lo conozco.

Sé cómo piensa. El emperador es un hombre de orgullo y cálculo.

Su fe es sincera, pero su política lo es más.

Si lo desafiáis ahora, os aplastará. Si esperáis, os ofrecerá la soga con la que ataros.

Y entonces tendréis tiempo de escoger si es collar o cadena.

—Habláis como si lo admiraras aún —dijo Juan Federico.

—No —contestó Federico, tranquilo—. Hablo como quien sobrevivió a su sombra.

Felipe se volvió hacia Mauricio.

—¿Y vos? —le dijo—. Primo del Magnánimo, mi yerno, príncipe de Sajonia. ¿De qué lado estáis?

Mauricio cruzó los brazos.

—Del mío —respondió sin pestañear—. Y del de mi gente.

—Os educaron en la Reforma —le recordó Juan Federico—. Sois de nuestra sangre.

—Y de nuestro linaje —añadió Felipe—. No lo olvides.

Mauricio sonrió sin amabilidad.

—Tengo más linajes que certezas, y todos piden algo distinto. Vos me habláis de fe. El Emperador, de deber. Y yo solo quiero que mi tierra no se convierta en campo de batalla entre vuestras ideas y su autoridad.

Juan Federico frunció el ceño.

—Eso suena a cálculo, no a convicción.

—Tal vez —replicó Mauricio—. Pero los cadáveres entierran igual a los calculadores y a los convencidos. Prefiero elegir mi tumba.

El silencio volvió a la sala. Federico se permitió una sonrisa discreta.

—Escuchad al joven. A veces la prudencia suena a traición, pero solo es paciencia.

Felipe se levantó, dio un paso, apoyó las manos sobre la mesa.

—La paciencia no detuvo nunca un ejército. Y os diré lo que creo: si no nos unimos, el emperador nos desangrará uno por uno. A vos os quitará Wittenberg. A mí, me excomulgará. A vos, Federico, os dejará vivo por utilidad. Y a vos —se volvió hacia Mauricio—, os comprará con promesas.

El joven lo miró sin apartar los ojos.

—Puede ser —dijo—. Pero si me compra, será porque todos vendisteis antes.

Felipe le devolvió la mirada con un brillo duro.

—Tened cuidado, muchacho. No todos los suegros perdonan la ironía.

—Ni todos los yernos temen las advertencias —repuso Mauricio, cortés y frío.

Federico intervino antes de que la tensión estallara.

—¡Basta! No somos enemigos. O no aún. Mañana el Emperador hablará de paz y Contarini de caridad. Fingiremos creerlos. Les daremos palabras mientras medimos ejércitos.

—Y vos, ¿qué haréis? —preguntó Juan Federico.

—Lo que siempre —dijo Federico—. Esperar. Observar. Y si llega la hora, usar mi neutralidad como puente. Un príncipe derrotado no abre puertas; uno neutral sí.

Felipe soltó una risa áspera.

—Los neutrales son los primeros en ser olvidados.

—Y los últimos en morir —replicó Federico, sin perder el tono.

El viento sopló fuerte. La vela vaciló. La sombra de los cuatro se estiró sobre las paredes de la estancia. Juan Federico se puso en pie. Su voz retumbó como una misa sin órgano.

—Yo no quiero guerra, pero no renunciaré a lo que creo. Si el Emperador exige que vuelva al latín, responderé con pólvora. Si me exige rendir a Lutero, responderé con sangre. Y si me exige obediencia ciega, le mostraré la fe que no teme morir de pie.

—Morir de pie —repitió Federico—. Hermoso lema. Pero inútil si no se vive para contarlo.

Mauricio lo observó con atención. Aquel hombre que había amado a una reina y sobrevivido a la humillación tenía algo que él quería: el arte de no romperse. Y se prometió, en silencio, aprenderlo.

Felipe recogió su capa.

—Cada uno a su papel —dijo—. Cuando está falsa de dieta acabe, yo volveré a 5 Kassel a preparar lo inevitable. Juan Federico rezará. Federico escribirá cartas. Y vos, Mauricio… vos pensaréis.

El joven sonrió.

—Siempre lo hago.

Felipe se acercó. Le puso una mano en el hombro.

—Solo asegúrate de pensar antes de vender —le susurró.

Mauricio no respondió.

Federico también mantuvo el silencio.

Su mente estaba lejos: en esos años en los que los años no dolían entre los besos de su añorada amada, ahora convertida en reina de Francia. Juan Federico lo observó en silencio. Por un instante sintió lástima, luego recordó que la lástima es un lujo para los vencedores.

—No os fieis de los recuerdos, Federico —dijo—. A veces son la cadena más vieja.

El palatino asintió.

—Y la más cómoda.

Mauricio se levantó.

—Creo que todos hemos dicho lo suficiente —dijo—. Mañana, en la Dieta, seremos decoro. Pasado, veremos quién sigue en pie.

Federico le extendió la mano. El joven se la estrechó, firme.

—No olvidéis esto, Mauricio —le dijo el palatino—. El Emperador te mirará. Y si alguna vez te sonríe, recuerda que los Habsburgo solo sonríen cuando ya han ganado.

Mauricio no replicó, solo inclinó la cabeza. En su mirada había respeto… y algo que aún no tenía nombre.

Felipe abrió la puerta. El aire frío entró, oliendo a lluvia.

Salieron uno a uno, sin mirar atrás haciendo resonar las botas en la escalera de madera.

El criado del Palatinado esperó en el rellano con una vela en la mano.

Cuando el último manto desapareció, Federico apagó la suya con los dedos.

El humo subió despacio, formando un hilo negro que se perdió en la oscuridad.

Esa noche, en Ratisbona, nadie durmió del todo.

En una taberna, Felipe de Hesse repasó listas y nombres.

En su habitación, Juan Federico rezó. En la suya, Mauricio miró el Danubio desde la ventana y pensó en ríos, en vados, en coronas que aún no existían.

Y en otra casa, Federico II del Palatinado escribió una carta que nunca enviaría:

“Sacra Majestad: aún le soy fiel, aunque el mundo diga lo contrario. No por deber, sino por gratitud amarga.

Quien una vez vio de cerca al poder, sabe que la fe, la lealtad y el amor son tres monedas de curso corto.”

Al amanecer, el sonido de las campanas de San Pedro anunció la sesión de la Dieta.

Ratisbona despertó entre rezos, barro y diplomacia.

Los cuatro príncipes caminaron hacia el salón imperial por calles distintas, pero con el mismo pensamiento sin decir.

Y mientras el Danubio arrastraba su corriente pesada, cada uno de ellos llevaba, sin saberlo, una semilla distinta del mismo destino: el Magnánimo la fe, el Landgrave la sospecha, el Palatino la memoria, y el joven Mauricio —el más silencioso, el más peligroso—, la ambición.

Porque Alemania, esa mañana, tenía muchas Biblias…

pero solo un puñado de hombres que empezaban a entender que los ríos —como la Historia— solo obedecen a quien sabe cruzarlos sin mojarse.

Notas

4. ↩ Unión de príncipes y ciudades protestantes.

5. ↩ Ciudad alemana del estado de Hesse.