4. Crisis de fe
Crisis de fe
Aquel amanecer, el Danubio no parecía un río, sino un animal viejo y fatigado. Su superficie gris reflejaba el cielo bajo y la neblina que cubría las torres de Ratisbona. Las campanas de los monasterios repicaban temerosas, los herreros golpeaban el hierro, y el aire olía a cera, humedad y miedo.
A lomos de su caballo, Carlos observaba sin emoción las calles adoquinadas, las casas con tejados empinados, y a los niños que se descubrían la cabeza a su paso.
A su lado cabalgaba Fernando, rey de Austria y Hungría, su hermano, más joven, más delgado, con la mirada de quien no tiene ojos para soñar.
Se habían reunido para hacer frente juntos a la amenaza protestante.
No para aplacarlos con espadas, sino con palabras.
Carlos no contestó. Se limitó a ajustarse el guante, como si el gesto pudiera contener el peso del imperio.
—El turco nunca duerme —murmuró al fin —. Pero tampoco yo
—No basta con desvelarse, hermano. Hace falta actuar.
—Fernando lo miró con cierta amargura —.
Hungría es nuestra frontera, y los nobles húngaros no obedecen más que al miedo.
Si Solimán cruza el Danubio, no quedará nada entre él y Viena.
Además te diré que las murallas del imperio resisten, pero el corazón del imperio se pudre, cuando se escucha que los príncipes alemanes quieren unirse contra tu autoridad.
Carlos asintió despacio sin perder el tono sereno.
—Lo sé. Pero el Imperio no se defiende sólo con espadas, sino con almas. Antes de contener a Solimán, necesitamos contener a los seguidores de Lutero.
Fernando resopló.
—Tus almas no van a frenar los cañones turcos.
El emperador lo miró al fin. Sus ojos cansados y firmes, parecían hechos de acero bruñido.
—El día en el que dejemos de creer, Fernando, ni siquiera las armas nos servirán. Sí enviamos a los hombres a la muerte, quieren tener la certeza de que serán recompensados en otra vida
El convento de los agustinos donde se celebraba la dieta con los protestantes, olía a piedra vieja y cera derretida.
En el salón principal, las paredes estaban cubiertas con tapices flamencos de escenas bíblicas: el diluvio, el sacrificio de Isaac, la torre de Babel.
Era una metáfora demasiado precisa para el momento que estaba atravesando el imperio.
A un lado de la sala se encontraban los representantes católicos, con sus cruces doradas y rostros solemnes.
Al otro, los protestantes, vestidos de negro, con biblias escritas en alemán y miradas desafiantes.
Entre ellos se mezclaban emisarios del Papa, príncipes alemanes, doctores en teología y los diplomáticos franceses que fingían neutralidad.
En el centro, Carlos y Fernando, dispuestos a escuchar atentamente la sesión.
El cardenal Gasparo Contarini, enviado papal, abrió la sesión con la voz meliflua de quien ha negociado con el diablo en más de una ocasión. Frente a él se encontraba Philipp Melanchthon, colaborador y amigo de Lutero —quien se negó a acudir a la reunión —un hombre de gesto tímido y verbo afilado.
Contarini se levantó con calma, con las manos entrelazadas:
—El Santo Padre desea la paz, y Roma no cierra sus puertas a quienes la buscan sin desviarse de la verdad. Pero la verdad no se negocia, doctor Melanchthon. Se acepta o se rechaza.
—La verdad, eminencia, no siempre llega con sello de plomo ni se guarda en el Vaticano. A veces camina descalza y habla alemán.
Las palabras de Melanchthon provocaron un murmullo en el lado católico. Contarini levantó la mano pidiendo silencio.
—La lengua de la fe no es el alemán… ni siquiera el latín, sino la obediencia. Sin ella, solo hay confusión y soberbia.
—¿Obediencia? Los hombres pueden obedecer por miedo, pero solo creen por convicción.
Contarini miró al emperador, y después de nuevo a Melanchthon:
—Convicción también tuvo Lucifer.
Se hizo un silencio pesado. Carlos entrelazó los dedos, inmóvil. Los príncipes protestantes intercambiaban miradas.
Melanchthon inclinó la cabeza.
—Si Dios ha de juzgarme, prefiero que lo haga por haber buscado la verdad, no por haberla recibido sin entenderla.
Una jornada más, protestantes y católicos, no habían llegado a entendimiento alguno.
Melanchthon siguió hablando de la gracia divina y la corrupción de Roma, y Contarini, siguió respondiendo con la autoridad del Papa.
El emperador miraba a uno y a otro, como quien contemplaba a dos hombres que se acusaban mutuamente de incendiar una casa, mientras nadie hacía nada por detener el fuego.
Aquella noche, cuando el salón estaba vacío y los tapices dejaron de murmurar en latín, el emperador cenó con su hermano. En la mesa había vino, pan, y un mapa extendido sobre la madera, cubierto de manchas de grasa y cera.
—Esta dieta no dudará mucho más —dijo Fernando —. Los príncipes alemanes, seguidores de Lutero, han decidido no volverse atrás. Les conviene su nueva fe: menos Roma y más poder para ellos. No habrá acuerdo, eso lo sé. Ningún príncipe Alemán va a obedecer un mandato que venga de Roma.
—Lo sé. Dios nos ha abandonado a nuestros razonamientos y cada uno de ellos vale una guerra. Pero quiero que el mundo vea que lo intenté.
—Y mientras la cristiandad sigue discutiendo en estos debates estériles, los jenízaros de Solimán levantan nuevas murallas a orillas del Danubio.
Carlos bebió un sorbo de vino sin pestañear.
—Solimán se está haciendo viejo. No puede guerrear eternamente.
—Tú también te estás haciendo viejo —replicó Fernando —. Y sin embargo aquí estás, En Ratisbona, viendo como se discuten dogmas mientras el turco clava la media luna en el corazón de Europa.
—No me he olvidado ni de Hungría ni de ti. Si el imperio me sobrevive tú tendrás que sostenerlo. Pero aun no he decidido si debe seguir unido o entero.
—¿No es lo mismo?
—No —dijo Carlos con una media sonrisa amarga —. Unido es un sueño, entero es una realidad.
Fernando apartó la vista. Sabía que detrás de esa frase se escondía la cuestión que evitaba pronunciar en voz alta: la sucesión imperial.
—No todos te aceptan, aceptarán menos a tu hijo —dijo Fernando bajando el tono —. Eres demasiado flamenco para los alemanes, demasiado alemán para los españoles ¿Crees que Felipe estará preparado para lo que le dejes?
Carlos lo miró, sereno.
—Felipe será rey de España. Tú, del imperio. Así se mantendrá el equilibrio.
Fernando lo miró con cierta incredulidad.
—¿Y crees que el mundo se dividirá tan dócilmente como tus mapas?
—No —respondió Carlos —. Pero los mapas sirven para engañarse mientras el tiempo hace el trabajo sucio. Pero a mí me queda aún mucho por hacer.
Carlos observaba el mapa en silencio.
—A veces —dijo al fin —pienso que el mayor pecado de los papas no es la soberbia, sino la avaricia. Sí los herejes se multiplican es por aquellos que representando a la iglesia han llenado sus bolsillos. Eso hace que el imperio se desangre.
—Y tú sigues soñando con una cristiandad unidad —replicó Fernando con una sonrisa cansada —. Pero eso murió cuando Lutero se dio a conocer. Y tú lo sabes.
—Necesitamos una causa que nos una.
—¿No te parece suficiente tenernos que defender del turco en el este?
Carlos bebió un trago de vino.
—No. No hablo de defendernos, hablo de atacar.
Hubo un silencio. Afuera llovía. En el mapa, el Danubio trazaba su curso azul hasta las fronteras del este.
De pronto, Carlos extendió la mano hacia el sur.
—Aquí —dijo —. Argel.
Fernando marcó su ceño.
—¿Qué demonios tiene que ver Argel con esto?
—Todo. —Carlos alzó la vista, y en su mirada había un antiguo brillo —.
Necesitamos recordar y hacerles recordar para que existe el imperio.
Si logramos aplastar a los corsarios y sobretodo a Barbarroja y tomar Argel, enviaremos un mensaje a todos: que el poder de la cruz aún se impone sobre la media luna.
Fernando se echó atrás, incrédulo.
—¿Argel otra vez? ¿No aprendiste nada de la última expedición? Viento, tormentas, barcos hundidos… no fue una cruzada, fue una catástrofe.
—Una derrota no borra un deber —replicó el emperador, sereno —. El mar es un enemigo tan viejo como el pecado, pero volveremos y esta vez no habrá errores.
Fernando lo observó como quien observa a un visionario loco.
—Tienes enemigos en Alemania, herejes en el norte, a los turcos en Hungría y a los franceses al otro lado del Rin en una paz tan frágil como nuestras fronteras… Y aún así tú piensas en Argel. —Fernando sonrió con ironía —. ¿Quieres el mundo o condenarte en todos los rincones?
Carlos apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Quiero redimirlo —dijo. Y durante un segundo, Fernando no vio a un rey cansado, sino al cruzado que aun creía que la voluntad podía torcer el destino.
En la dieta, los días siguientes fueron una procesión de disputas teológicas donde católicos hablaban de sacramentos y jerarquía y los reformados respondían con la fe y la gracia.
Mientras, los diplomáticos se miraron entre sí, contando en silencio los ducados que ganarían o perderían según el resultado.
En los corredores del convento se cruzaban frailes, soldados y espías. Cada carta enviada al Papá era interpretada por los franceses; cada informe de los príncipes alemanes terminaba en manos de Venecia. Ratisbona era un hervidero donde fe y codicia se mezclaban.
Carlos lo veía todo desde su trono, con expresión grave. Sabía que la religión era una máscara del poder. Una de esas noches, mientras volvía a su aposento, encontró a su hermano esperándolo junto al fuego
—Estas reuniones son una perdida de tiempo. No habrá acuerdo entre Roma y los protestantes.
Carlos se dejó caer en una silla.
—Sirven para ganar tiempo.
—¿Tiempo para qué?
—Para preparar nuestros ejércitos.
—¿Contra quién? ¿Los turcos o los príncipes?
—Contra todos.
Notas
2. ↩ Locución latina que significa “Más Allá” lema de Carlos V.
3. ↩ Una parte de la actual Budapest, capital de Hungría