1. Un rey y un príncipe
Un rey y un príncipe
Desde hacía casi un año, el mundo, su mundo, era insoportable.
El silencio se extendía en todos los rincones.
El silencio era un vacío que no llenaban ni los tapices, ni las insignias imperiales, ni los recuerdos de las grandes victorias.
Ahí, al frente de su ejército de cinco mil soldados, no estaba el César, sino un hombre despojado de la única alegría sincera que había conocido.
Isabel había muerto. Había sido más que su emperatriz, su compañera y confidente.
La que más había conocido al hombre detrás del emperador.
Él, acostumbrado a imponer obediencia en reyes y príncipes, había hallado en ella un refugio de ternura, un espacio íntimo donde no era el dueño del mundo, sino simplemente un esposo.
Y desde el momento en el que se fue, la gloria de su imperio parecía ceniza entre sus dedos.
Su pérdida le golpeó como hierro candente en el pecho, y el gobernante de medio mundo se sentía derrotado, por no haber sido capaz de retener a la única mujer que amó. Por ello se prometió no volver a tomar esposa.
Sus consejeros no tardaron en ver que la alegría ya no habitaba en él: su tono más osco, la mirada perdida en ocasiones, las cartas dictadas con brusquedad.
No quería escuchar canciones ni festejos, prohibió las diversiones en palacio.
Se encerraba largas horas en la capilla, murmurando mas reproches que alabanzas hacia Dios.
Pocos comprendían que la dureza que mostraba a los suyos, era una coraza que le servía para ocultar lo que le consumía.
En sus silencios se percibía la sombra de Isabel y la amargura se estaba convirtiendo en un rasgo más de su carácter.
Y con esos pasos cansados de triunfos vacíos, llegó a Gante, la ciudad que le vio nacer, para poner en orden esa pequeña parte de su extenso imperio.
A su llegada vio que el invierno había caído duro sobre Flandes. El cielo gris y húmedo, parecía colgar como una losa sobre los tejados de la urbe, y el frío calaba los huesos de los habitantes de la ciudad.
Pero aquel día no era el aire gélido lo único que hostigaba a la gente de Gante. La llegada del emperador anunciaba un castigo ejemplar.
La orgullosa Gante, ciudad de mercaderes y artesanos, se había rebelado contra el poder imperial.
Los gremios, celosos de sus libertades, habían rehusado pagar los impuestos exigidos para financiar las guerras de su señor.
Durante meses resistieron las presiones y negociaciones, hasta que los emisarios imperiales, enviados para llevar a buen término la rendición de la ciudad, fueron expulsados.
De esa manera, fue Carlos quien decidió marchar personalmente sobre la ciudad.
No hubo batalla. Esa ciudad de mercaderes capituló, traicionada por su propio temor al ver llegar el ejército comandado por el peopio Carlos, acompañado por arcabuceros españoles.
Lansquenetes alemanes y caballería borgoñesa.
La sola presencia de todas esas tropas bastó para quebrar la resistencia de unos lideres rebeldes cada vez más desunidos.
Cuando el ejército traspasó las murallas los habitantes le pudieron ver vestido de riguroso negro.
Avanzaba a caballo en silencio sepulcral.
Su porte era imponente: alto, robusto, de rostro adusto, marcado por la mandíbula de los Habsburgo, irradiando una fría majestad.
Los ganteses acudían a recibirle, desde las ventanas de sus casas o desde las propias calles, pero a penas se atrevían a alzar la mirada, porque sabían que aquel día sería recordado como el fin de sus viejas libertades.
El viejo Nicolás Perrenot de Granvela, canciller y consejero de Carlos, cabalgaba a su lado.
—Ha sido fácil —dijo asiéndose su grisácea barba —. Sin duda vuestra hermana María se verá complacida al ver que los territorios bajo su gobierno se pacifican con tanta diligencia. Pero no podemos irnos sin dar ejemplo.
Con voz calmada pero firme, el emperador se pronunció:
—Gante es mi cuna, Nicolás. Y su gente mi propia sangre. No es mi deseo derramar más lágrimas de las necesarias. Pero tenéis razón. La rebeldía no puede quedar sin respuesta, pues de lo contrario, esta insurrección se repetirá en otras tierras.
—¿Qué deseáis hacer, César?
—Estoy seguro de que muchos de los que tomaron parte en esta revuelta fueron engañados por unos pocos.
Sí castigamos a todos perderé el poco aprecio que me puedan tener en mi ciudad natal.
—Carlos inclinó la cabeza meditativo—. No sé castigará al inocente, ni tampoco al humilde aunque haya tenido algo que ver con las revueltas.
No busco vengarme de la gente de Gante, sino corregirles.
Por eso ordeno que se hallen a los cabecillas, los mismos que con ambición arrastraron a los demás.
—¿Y si los culpables se esconden entre la multitud?
—Entonces que se busque con diligencia. Qué nuestros hombres escuchen a los testigos, que se examinen los hechos. Traedme a los instigadores. A ellos… solo a ello. Y que el resto de Gante vea que el emperador no es enemigo de su pueblo, sino garante de la paz.
—Así se hará, césar.
Carlos dijo suavemente, casi para sí mismo:
—Duele reprender a un hijo. Pero más duele dejarlo crecer en el error.
Real Alcázar de Valladolid, en ese mismo momento.
El invierno castellano era cortante. En el Alcázar, el silencio se hacía más hondo desde la muerte de la emperatriz.
La corte parecía despojada de alegría: las infantas María y Juana, habían partido a Arévalo bajo la custodia de damas de confianza, y el joven Felipe, de trece años, quedaba solo, acompañado únicamente de sus consejeros.
Felipe entró en la sala del consejo con paso medido, con las palabras que su padre le dijo antes de partir, grabadas en la mente:
«Gobierna con prudencia, mantén firme el gobierno de Castilla, escucha a mis ministros, pero sobretodo ten en cuenta que la justicia es el sostén de un buen rey»
En la sala le esperaban: Juan Pardo de Tavera, cardenal de Toledo, de rostro enjuto y voz solemne; Francisco de los Cobos, el secretario Imperial, tan calculador como práctico; y Juan de Zúñiga, que más que un consejero era un tutor, vigilante de su formación.
Los movimientos del príncipe eran exactos, ceremoniales, como si cada gesto estuviese ensayado.
Saludó apenas con la cabeza y ocupó su asiento en la cabecera de la mesa.
Los tres hombres miraron al impecable príncipe que vestía el negro, con una mezcla de compasión y respeto; el no devolvió ninguna de esas miradas.
—Leed —ordenó dirigiendo sus azules ojos a Francisco de los Cobos.
El secretario desplegó un pliego y tal como había ordenado su joven señor, empezó a leer:
—A Su Majestad Católica. Desde la Vila de Segovia se han elevado numerosas quejas de vecinos y regidores.
Alegan que los oficiales reales cobran tributos desmedidos, que algunos abusos se cometen en la recaudación, y que el malestar podría encender disturbios, recordando sucesos que ya se dieron en el pasado con los comuneros de Castilla.
De los Cobos hizo una pausa para mirar al príncipe. Felipe seguía impasible, con las manos juntas y los ojos fijos en el tapiz del fondo de la sala. Suspiró y continuó leyendo:
—Se solicita, por tanto, que Su Alteza ordene pesquita para discernir la verdad de tales agravios, o que mande castigo ejemplar a los agitadores, antes de que la semilla se la desobediencia se extienda.
Cuando de los Cobos dejó de leer, Felipe no pestañeó, solo se inclinó un poco hacia delante.
—¿Quién firma? —preguntó el príncipe.
—El corregidor de la ciudad, mi señor. Y apoyan su carta varios escríbanos.
—Los regidores sirven al pueblo tanto como a su rey. Sus palabras son sospechosas —respondió el príncipe con una voz fría, casi sin entonación —. ¿Qué dicen los oficiales de la Hacienda?
Cobos revisó otro pliego, leyendo primero para sí mismo, hasta que arqueó las cejas y se pronunció:
—Niegan todo exceso, Alteza. Afirman que las quejas no son sino excusas para no pagar.
Felipe miró brevemente por el rabillo del ojo a Juan de Zuguiña, sabía que era el príncipe y que todos le obedecían, pero también se sabía evaluado por sus consejeros y sobretodo por su tutor.
—Entonces ambos mienten, unos para liberarse de los tributos que no quieren pagar y otros para no reconocer sus excesos.
El cardenal de Toledo sonrió discretamente:
—Vuestra Alteza tiene la determinación de su padre.
Felipe lo miró de reojo sin gesticular.
—No… no me comparéis. Él gobierna el mundo. Yo solo estoy aprendiendo a gobernar Castilla.
Las palabras de su joven señor hicieron enmudecer al cardenal.
El príncipe guardó silencio unos segundos, luego habló con voz más baja:
—Responded al corregidor que se abra pesquita, pero no pública.
Quiero nombres y pruebas, no rumores. Si castigamos sin oír, seremos injustos.
Mi padre dice que un rey debe ser juez de todos.
Se debe enviar una comisión, que escuche, que corrija si es necesario y si de verdad hay agitadores, sean debidamente castigados.
—¿Eso es todo? — preguntó de los Cobos elevando levemente la barbilla como si esperase algo más.
Juan de Zuguiña se acercó al príncipe y le susurró algo al oído. El joven príncipe asintió levemente.
—Decid a los oficiales que si mienten en sus cuentas… pagarán con sus cargos.
—Así se hará.
De los Cobos inclinó la cabeza. Aunque con el consejo al oído de su tutor, el niño de trece años había resuelto con frialdad un asunto que muchos hombres maduros habrían prolongado en discusiones interminables.
Eran inciertas las palabras del cardenal de Toledo: no es que solo tuviese la misma determinación que Carlos, es que lo superaba.
Felipe apoyó los codos en la mesa y juntó las manos, como quien dicta una sentencia:
—Leed el siguiente pliego.
Gante, unos días después.
El día señalado para el castigo, los gremios rebeldes fueron convocados a la plaza.
Aún cubierta de escarcha, la explanada del mercado pronto se llenó de curioseos y de soldados armados que vigilaban cada esquina.
Frente al ayuntamiento se erigió un estrado , donde el emperador, junto a su hermana María y sus consejeros, tomaron asiento.
No habría muertes, pero sí una humillación simbólica.
Los pasos descalzos de los rebeldes resonaban, mientras desfilaban con la soga al cuello, avanzando uno tras otro bajo la atenta mirada del emperador y mientras el pueblo contenía la respiración, ya que nadie se atrevía a pronunciar palabra.
Solo el murmullo de los sayales, arrastrándose por la escarcha, rompía la quietud.
Aunque María ocultaba su cabello bajo tocas oscuras, conservaba la belleza austera de su linaje, pronunciada en sus marcados pómulos y los ojos grises que heredó de su madre.
—La ciudad que te vio nacer, rendida a tus pies.
Carlos no respondió enseguida. Sus ojos seguían el lento avance de los hombres humillados.
—No me contenta que haya sido por la fuerza. Pero un emperador no puede permitirse ternura cuando gobierna para pueblos que no se aman entre sí.
—¿Y que amor queda para ti mismo?
Carlos desvió la mirada, como si la pregunta le hiriera más que la propia rebelión. Isabel, a quien más había amado, ya no existía. Él nunca pensó en sustituir ese amor, ni consigo mismo.
—Lo que amo en verdad, es la unión del Sacro Imperio Romano Germánico. Nada más. Pero nada es para siempre, eso lo he aprendido a la fuerza, y a cada día que pasa lo veo más claro.
—¿A qué te refieres?
—He vivido para unir lo que siempre quiso dividirse: Los reinos de España, Alemania, Italia, Flandes… Cada tierra con su lengua, su fe, su orgullo. Me llaman César, pero a veces me preguntó si no soy más bien un tejedor de sogas y que tarde o temprano me ahorcarán a mí también.
María le observó sorprendida por aquel tono:
—Habla con menos amargura, hermano. Aún eres joven y el mundo entero te obedece.
Carlos sonrió apenas, una sonrisa sin luz.
—Obedecen por miedo, no por amor. Y el miedo no dura. Mira a estos hombres, María. —Señaló a los rebeldes arrodillados —. Hoy ellos se humillan, pero mañana otros se levantarán en otra ciudad de otro reino. Tendrán otros nombres pero las mismas razones.
—Y volverás a someterlos — aseguró María.
—No. Dejaré que otro lo haga. —La voz de Carlos se volvió más baja, casi como si se convirtiese en un pensamiento en voz alta —.
He pensado dividir lo que el mundo cree indivisible.
Que nuestro hermano Fernando gobierne Alemania y el Imperio, y Felipe…
Castilla, Aragón, Italia y las Indias. Dos cetros, dos mundos, menos carga sobre un solo hombre y un mismo linaje.
María frunció el ceño.
—Eso sería arrancar en dos el corazón de tu herencia.
—No es el corazón lo que me preocupa, hermana. Es el peso. Ningún hombre puede sostener tanto sin quebrarse.
—Tú lo has hecho.
—Y me quebré. Mientras perseguí apaciguar mis territorios, mientras luché mis guerras, mientras emprendí mis cruzadas, no tuve trono, ni el calor de un hogar, y cuando me quise dar cuenta, ella se había ido. No quiero legarle esa carga a Felipe.
María se movía incómoda en su silla.
—En cualquier caso, aún es pronto para hablar de tu herencia.
—No, ahora es el mejor momento para hablar. No sabemos cuánto durará esta nueva paz con Francisco.
—El rey de Francia ha mostrado buena fe al darte paso por sus territorios para llegar a Gante
—Francisco sigue siendo Francisco, un hombre orgulloso al que un día le arrebaté el imperio.
Después está el Gran Sultán, Solimán y no olvidemos a los seguidores de Lutero.
—Carlos suspiró —. Sin duda este es un buen momento para hablar de mi sucesión, para enviar a Granvela a negociar con los luteranos y para ofrecerle a Francisco el matrimonio de mi hija María, con su hijo Carlos, tal vez eso prolongue la paz si le damos como dote el Milanesado.
—No creo que si orgullo le permita aceptar.
—Eso se puede resolver
—Demasiados cambios en muy poco tiempo— reflexionó María.
Por un momento el emperador guardó silencio. Uno de los rebeldes tropezó al pasar frente al estrado, y el sonido de la cuerda al rozar el suelo, parecía subrayar sus palabra
—Quizá sea tiempo de que los reyes aprendamos a gobernar menos y mejor.
María lo miró con tristeza.
—Te escucho hablar como si ya fueras viejo.
—No viejo… cansado. Son cosas distintas.
El último de los rebeldes se arrodilló, y el maestro de ceremonias dio por concluido el desfile.
Los heraldos anunciaban la restauración del orden imperial mientras los tambores retumbaban.
Pero Carlos no estaba atento a los acontecimientos, y eso María lo percibió.
Notó que su hermano, el más poderoso de los hombres, no miraba a los prisioneros, ni al público: miraba al cielo encapotado, como si buscara allí la respuesta de un cansancio que ningún trono podía aliviar.