2. El orgullo de Francia
El orgullo de Francia
La tarde caía sobre Fointainebleau como un plomo húmedo. El fuego ardía despacio en la gran chimenea, iluminando más sombras que luz. Afuera llovía; adentro olía a cuero, cera y resentimiento.
Francisco, rey de Francia, estaba de pie, dejando ver toda su envergadura.
Estaba junto a la mesa del consejo, con el jubón desabrochado y su barba y cabellos negros descuidados.
Sostenía una carta en una mano y una copa de vino entre los dedos de la otra.
Frente a él sus consejeros, Monmorency y Du Bellay, esperaban en silencio.
Junto a la ventana, permanecía sentada vestida en terciopelo negro, la Reina Leonor.
Hermosa, serena, con los ojos cansados de quién ha visto demasiadas coronas y ninguna felicidad.
Era hermana del emperador, se sentía esposa por tratado y prisionera por protocolo.
Precisamente ese era el destino de las mujeres, monedas de cambio para que los hombres llegasen a acuerdos: Carlos ya la colocó en el pasado en el trono de Portugal y ahora le tocaba aparentar ser reina de Francia.
Era extraño que Francisco le hubiese llamado para acudir a un consejo privado, pero no sorprenderte. Cuando el rey la requería era para humillarla, sabía que esa ocasión no iba a ser diferente.
El rey leyó en voz alta, con una entonación seca y burlona, la carta que sostenía en sus manos:
—Para asegurar la paz entre nuestras coronas, propongo la unión del duque de Orleans con una princesa de nuestra casa. En dote… el Milanesado.
Se hizo un silencio espeso. El crepitar del fuego sonó como un insulto.
El rey de Francia dobló el papel y lo dejo caer sobre la mesa.
—He sido generoso, le he dado paso a su ejército por mis tierras para que acudiese a resolver sus asuntos en Gante. Al fin y al cabo un rey debe poner en orden sus asuntos y yo tengo esos mismos problemas con los 1 hugonotes.
Y así era, como en Inglaterra y como en el imperio, el protestantismo también se extendía por tierras francesas.
—Pero esto… —El rey miró a Leonor —. Vuestro hermano sigue creyendo que el mundo cabe en su escritorio.
Ella bajó la mirada:
—Mi hermano solo pretende que la paz sea duradera.
—Una mala paz solo sirve para engordar a los curas y a los banqueros del imperio.
—Tal vez la paz engorde menos el orgullo. —Leonor le miró sin alzar la voz.
—El orgullo, mi señora, es lo último que perderé.
Du Bellay carraspeó incomodo.
—Señor…
—Calla, Du Bellay —dijo el rey sin apartar los ojos de la Reina —. Quiero oír como defiende una Habsburgo la generosidad de su casa.
—No defiendo a nadie, solo recuerdo que los pueblos pagan las guerras de sus reyes.
—Los pueblos —murmuró Francisco con un deje de burla —. Siempre los pueblos ¿Sabéis majestad que es un pueblo sin orgullo? Un rebaño. Y ya tenemos bastantes pastores en Roma y Viena.
—El Habsburgo ofrece el Milanesado —Montmorency intervino con cautela —. Podría ser una oportunidad, para…
—Milán… siempre Milán. Cuantas veces reclamé lo que era mío por derecho y ahora me lo ofrece como dote de su hija — El reflejo del fuego se reflejaba en los ojos de Francisco —.
Mi hijo Enrique ya tomó como esposa a esa Medici, y ahora me ofrece para mí otro hijo otra Habsburgo.Dios sabe que prefiero tener como nuera a la hija de un banquero a tener como nuera a otra Habsburgo.
Sí… mejor una espina de Florencia que una flor de los austrias.
— Francisco señaló con un dedo acusador el papel sobre la mesa —.
¡Eso, no es una carta, es una trampa con tinta!
—No es ninguna trampa, mi señor —Leonor se levantó —. Mi hermano es un hombre de palabra.
—Vuestro hermano me capturó y me encerró en una celda, y me hizo casarme con vos.
—Os liberó.
—Y me dejó a vos como esposa, como recordatorio de mi cautiverio. Eso es lo que siento cada vez que os veo… Y es humillante.
—Tal vez si os tomaseis un día para reconsiderar la oferta —insistió Du Bellay.
—Reconsiderar… lo que reconsidero es que estoy rodeado de consejeros inútiles que no saben cuando callar. Ojalá mi madre aún estuviese viva para que aprendierais algo sobre vuestro cometido en cuanto a callar lo necesario y hablar solo lo imprescindible.
El rey tomó una uva de la mesa y la apretó entre sus dedos.
—Ahora, salid. Salid todos y hacedle pasar a él.
Los consejeros y la reina obedecieron la orden. Antes de salir, Leonor se dirigió al rey.
—Rezaré por vos
—Os podéis ahorrar vuestros rezos por mí. Mejor hacedlo por vuestro hermano.
El eco de las puertas aún resonaba cuando el silencio llenó el salón. Solo quedaban el fuego y el rey. Francisco lanzó la carta enviada por Carlos. Miró las llamas que devoraban el pliego imperial. Seguía tranquilo, pero en sus ojos ardía un cansancio antiguo, una furia domada.
Sintió una punzada en la pierna, de nuevo ese dolor que no le dejaba dormir por las noches.
Las puertas se abrieron apenas un instante para que entrase el hombre al que el rey había mandado llamar.
Como si hubiese surgido de las sombras, apareció su figura sobria.
Vestía discreto, con un jubón oscuro, sin bordados, botas limpias y capa corta.
No era alto, pero su sola presencia imponía.
Poco se sabia de él en las cortes del mundo, ni siquiera su origen.
Se discutía si era castellano o aragonés, diplomático o espía.
Solo hacía lo que tenía que hacer, sin hacer preguntas ni aceptarlas.
—Antonio Rincón. —Lo recibió el rey —. Decidme ¿Duerme bien un hombre que viaja con dos patrias en el bolsillo?
—Duermo bien siempre y cuando cumpla las misiones que me encomiende Su Majestad. —El español inclinó la cabeza lo justo.
—No sé si os habréis cruzado con mi esposa al venir aquí, es la hermana del hombre que me encadenó en Madrid.
Es curioso. A veces me toca dormir con un recuerdo que me sonríe por obligación.
Pero yo también procuro dormir bien. Sé que cada vez que me despierto descansado se augura un mal día para el pequeño Habsburgo.
—La política tiene el gusto amargo del deber, majestad —.respondió Rincón —. Y la larga memoria de los hombres que sobreviven
Francisco sonrió levemente y se volvió hacia el fuego.
—Acabo de lanzar al fuego un pliego imperial ¿Sabéis lo peor de esta carta? —preguntó sin mirarlo—. No es la propuesta. No es la dote. Es el tono. El Habsburgo escribe como quien dicta una limosna. Como si me perdonara la vida con cada palabra.
—Así escribe un hombre que se cree dueño de Europa.
—Y quizás lo sea. —El rey se encogió de hombros —. Pero aún no lo es de Francia. Y seguirá sin serlo mientras a mi me quedé un solo aliento de vida.
El rey guardó silencio mientras en la chimenea, la cera del sello imperial se consumía despacio.
Rincón dio paso adelante
—Me habéis hecho llamar, señor.
Francisco asintió.
—Vos no sois cortesano. No habláis con incienso en la lengua. Y no os asusta ensuciaros las manos.
—Las manos se lavan. Las palabras no.
—Por eso os necesito. —El rey lo miró de nuevo con algo parecido a la complicidad.
Rincón esperaba sin hablar mientras el rey se acercaba a la mesa, donde quedaban los restos del vino que había bebido durante el consejo. Se sirvió una copa.
—Venid. Bebed conmigo.
Rincón dudo un instante.
—Majestad, no suelo beber en presencia de reyes.
—Y yo no suelo beber con traidores. Porque aunque seáis un traidor al Habsburgo, seguís siendo un traidor. Pero hoy haré una excepción.
El español se acercó y tomó una copa. No brindaron y bebieron en silencio.
Francisco habló el primero:
—Hoy es un buen día: he rechazado una oferta del Habsburgo y he humillado a su hermana ¿Debería sentirme culpable por mí esposa?
—La culpa es un lujo que los reyes no pueden permitirse, mi señor.
—Eso decís vos, que cambiáis de dueño cuando el viento cambia.
Rincón le sostuve la mirada.
—Yo no cambio de dueño majestad. Solo intento sobrevivir.
El rey sonrió satisfecho.
—Eso era precisamente lo que quería oír.
—Francisco se sentó con el vino en la mano —.
Veréis, en otro tiempo si un hombre me mirase como me miráis vos, lo mandaría ajusticiar.
Pero con los años he aprendido que los hombres que no le temen a nada también son necesarios. Necesito que vayáis a Oriente.
—Lo imaginaba.
—No lo dudaba. —Francisco se inclinó hacia él —.
Debo decir que la primera vez que vi al Habsburgo era un niño que empezaba a ser hombre.
Era retraído, tímido, poco elocuente. No esperaba mucho de él, pero con los años se ha vuelto más fuerte.
Es hora de volver a entablar conversaciones con nuestro viejo amigo Solimán.
El podrá volver a equilibrar la balanza.
Evidentemente, con la discreción que requiere este asunto, iréis con una carta breve, sin sello, y con mi voluntad y mis palabras.
—Os recuerdo que el Sultán no regala su amistad.
—Nadie regala nada —replicó el rey —. Pero todos venden algo. Y yo sé lo que quiero comprar: tiempo.
—¿Y que debo ofrecerle a cambio?
Francisco se levantó despacio. Caminó hasta el mapa extendido sobre la mesa y señaló Italia con un dedo.
—Prometedle que mientras sus galeras crucen el Adriático, mis ejércitos marcharán por Lombardía. Que si el Habsburgo alza un ejército, encontrará otro a su espalda.
—¿Y si pregunta por la fe, majestad…?
—Decidle que la fe no alimenta ejércitos
Rincón inclinó la cabeza.
—¿Y si el Papa se entera?
—Que rece por nosotros.
El español bebió el último sorbo de vino.
—Sabéis que el emperador tiene oídos en Venecia. Su gente no me perderá de vista.
—¿Lo decís por vuestro pago? Por eso no os debéis preocupar. Además confío en vos. Sois lo bastante hábil para haceros invisible. No os pido nada nuevo, esta misión ya la habéis llevado a cabo en el pasado.
Rincón esbozó una sonrisa leve.
—No me habéis elogiado, señor. Me habéis descrito.
—Es lo mismo.
—Bien, se hará como ordenéis. Primero Venecia y después Estambul.
—Estambul os debe gustar, dicen que huele a especias y a traición. Sin duda, ahí, os debéis sentir como en casa.
—Majestad, no soy un traidor. No soy un traidor a mis principios.
Es solo que no reconozco a Carlos de Habsburgo como mi rey.
Para mí la última reina legítima de Castilla se llama Juana, a la que han tomado por loca y que su propio hijo mantiene recluida en un castillo.
Se puede decir que he sido uno de los pocos hombres leales que quedan en España y que no me he dejado comprar por favores.
Rey y mercenario se miraron como lo harían dos duelistas. Rincón giró sobre sus talones dispuesto a marcharse.
—Si no requerís nada más, debo preparar el viaje para satisfacer vuestros deseos, majestad.
—Una cosa más. —El rey le detuvo —. Si os atrapan los hombres del Habsburgo, no esperéis rescate.
Sois mi embajador, pero con respecto a este asunto, diréis que actuáis por cuenta propia.
Si os matan, procurad morir como habéis vivido, con discreción.
Pero si lográis volver con buenas noticias, seré yo mismo quien os pague como os merecéis.
Francia no olvida a quienes le sirven bien.
Ni tampoco olvida a aquellos que le traicionan.
Rincón asintió. El rey le vio alejarse hasta que la puerta se cerró. El salón volvió a quedarse solo. Solo el fuego seguía vivo, ardiendo despacio al igual que la paciencia de Francisco.
El rey miraba las brasas pensando en aquel traidor español.
O tal vez el único español cuerdo que quedaba.
Sin duda hombres como él eran necesarios para pararle los pies a Carlos de Habsburgo, al fin de cuentas el iba a hacer lo mismo, iba a pactar con los enemigos de Dios una alianza, traicionando a la cristiandad, pero es que su odio hacia el Habsburgo era mayor que su fidelidad.
El rey de Francia, altivo incluso en la soledad, sonrió como quien sabe que acaba de firmar su siguiente desafío.
Notas
1. ↩ Protestantes franceses seguidores de la doctrina calvinista.