63. El heredero
El heredero
Francisco de los Cobos, el secretario del emperador Carlos, cruzaba el patio central del palacio con la boca de labios finos entreabierta por su respiración entrecortada.
Tan apresuradamente avanzaba que casi tropieza por la piedra en el suelo húmeda por el diluvio caído la noche anterior.
Sus diminutos ojos estaban más abiertos que nunca, los mechones de su melena negra se asomaban por debajo de la gorra y su piel se había encendido por la empresa que debía iniciar.
De todos los servicios realizados a su señor, era ese el más importante.
Francisco de los Cobos ascendió al palacio y ascendió los peldaños de dos en dos, no llegaba tarde, pero tampoco quería parecer que no le daba importancia al cometido que tenía por delante, y más cuando habían pasado ya ocho meses del fallecimiento de la emperatriz Isabel.
Estaba seguro de que podría cumplir con su cometido. Tenía el conocimiento suficiente tanto de los asuntos concernientes a Castilla como de los problemas más allá del reino, gracias a que había acompañado al emperador en sus innumerables viajes.
En el interior de su cámara el heredero estaba siendo ayudado a vestirse.
Un jubón dorado como su coleto y sus calzas.
Un cortesano estaba planchando con sus manos una capa de color burdeos que acababa de colocarle.
A sus doce años, Felipe, ya inspiraba respeto con su rictus siempre serio y sus ojos siempre despiertos de un azul intenso.
Sus cabellos cortos se habían oscurecido desde la muerte de su madre, como si algo en él se hubiese oscurecido con la partida de su progenitora.
De hecho, el brillo también había abandonado los ornamentos y los frescos que le rodeaban día tras día en palacio.
Cuando le estaban calzando con unos 1borceguís, Juan de Tavera interrumpió en la cámara con sus ropas cardenalicias.
El cardenal tenía un aspecto fantasmagórico bajo sus ricos ropajes, era extremadamente delgado, de ojos hundidos y no contaba con un solo cabello en su cabeza y no tenía ápice de bello facial alguno.
Su figura imponía a todos, a todos menos a un niño como Felipe.
Sin decir una sola palabra, en cuanto se acercó al niño, el cortesano que lo vestía se retiró. A solas finalmente se quedaron el heredero que se mantenía erguido como un pequeño hombre y el cardenal.
—Mi señor, podemos ir pasando a los asuntos del día — sugirió Tavera con una voz profunda.
— ¿Y mi padre? — preguntó el infante con la mirada puesta en el infinito.
— Ya lo hemos hablado, mi señor, el emperador debe hacer frente a los asuntos que requieren su atención en el imperio. En esta ocasión debe viajar a los Países Bajos para poner fin a las revueltas que se están produciendo en Gante.
Felipe no dijo nada, no mostró emoción en su mirada de hielo, sí lloraba sus lágrimas se diluían en su interior con un mayor dolor, con un dolor que se acumulaba en su pecho por el peso de la pena.
Fuese como fuese, el príncipe no había exteriorizado su tristeza en aquellos meses de luto.
Mientras Carlos se había retirado a un convento, buscando consuelo en la fe tras la muerte de su amada, el joven príncipe encabezó el gran cortejo fúnebre que discurrió por los caminos de Castilla hasta llevar el féretro de su madre, a la catedral de Granada, la que sería su silenciosa morada.
Esos meses los había pasado solos, sin el afecto de un padre, sin los abrazos de sus hermanas que también se habían retirado a otro palacio. El príncipe estaba aprendiendo a que, en un mundo tan crudo, debía aprender a desenvolverse solo.
— Ya sabéis las instrucciones que ha dejado el emperador, mi señor — continuó Tavera, viéndose interrumpido por la puerta que se abría en la cámara del príncipe.
Francisco de los Cobos se presentó ante Felipe con una reverencia. El niño se limitó a mirarle con la barbilla en alto. Talavera frunció el ceño al verse interrumpido.
— Mi señor — dijo de los Cobos — ¿Deseáis que os ponga ya al tanto de las últimas noticias?
—Las noticias ahora pueden esperar — intervino Tavera y volviendo su atención al joven príncipe —.
Como os iba diciendo mi señor, no debéis preocuparos.
El emperador a tenido bien en confiar en vos para el gobierno de Castilla bajo mi consejo.
Como bien sabéis tendréis a Francisco de los Cobos para encargarse de los asuntos de hacienda y por supuesto, Juan se Zúñiga, además se segur siendo vuestro 2ayo, formara parte de vuestro consejo privado.
Francisco de los Cobos carraspeó antes de tomar la palabra y se dirigió al príncipe que con sus ojos de un intenso azul le prestaba toda su atención.
— Debéis recordar las instrucciones dejadas por el emperador, mi señor.
En caso de que a vuestro padre le ocurriera algo, os ha dejado como cometido que procuréis mantener buenas relaciones con Francia y Los Países Bajos, que escuchéis a vuestra familia.
Recordad que vos seréis el encargado de velar por la prosperidad y las alianzas que podáis establecer a través de los matrimonios de vuestras hermanas; debéis luchar contra todas esas sectas que amenazan la verdadera fe.
En ese sentido, deberéis auxiliar a vuestra prima María Tudor en Inglaterra, la única capaz de asegurar la continuidad de la fe verdadera en ese reino— Francisco de los Cobos le hizo entrega de una carta sellada al joven príncipe —.
Estas son instrucciones privadas que el emperador ha escrito solo para vuestros ojos.
Felipe tomó la carta. El joven príncipe dio la espalda a sus consejeros y abrió la carta de aquel padre siempre ausente, al tiempo que se acercaba al calor de la chimenea.
Felipe leyó y releyó cada una de las palabras que Carlos había escrito para él: que confiase en su instinto; que no se dejase llevar por los planteamientos erróneos de sus consejeros; el último mandato era un expreso deseo de su madre, debía respetar las fronteras entre los dos reinos y jamás llevar ahí a los temibles tercios.
El niño lanzó a la chimenea aquellas palabras que solo habían sido para él.
El fuego se reflejaba en sus pupilas mientras veía como el papel se retorcía y ennegrecía hasta consumirse en cenizas.
Ahí quedaban las palabras del emperador, un progenitor que jamás había estado y lo dejaba una vez más solo, sin el consuelo de una madre, sin las palabras de sus hermanas ¿Qué más daban sus palabras? ¿Por qué preservarlas?
El joven príncipe se volvió y se dirigió a sus consejeros con su habitual e impasible rostro carente de emociones. Se estaba preparando para suceder a su padre, quedaba un largo camino por delante, pero cada hora, cada día, serían para él una lección aprendida.
—Comencemos — ordenó el niño a sus consejeros con la decisión de un hombre con
Estaba preparado para ser el próximo Habsburgo.