62. La reina de los claveles
La reina de los claveles
Desde octubre, la familia real se había instalado en Toledo.
A pesar de las largas sesiones en las cortes de la ciudad y de no poder a penas compartir momentos con su emperador, estaba tranquila, ya que Carlos no se encontraba en ningún reino lejano, ni tampoco le invadía la incertidumbre de las mujeres que ven partir a sus esposos de la guerra.
Incluso había sanado. El aire puro que ascendía la colina hasta llegar al palacio y el buen clima que envolvía la villa en primavera, la habían ayudado.
El único achaque venía por su estado de gestación, algún que otro dolor le sacudía, pero trataba de no darle importancia.
No veía la hora para volver a cumplir con su cometido como reina.
Seguía con sus quehaceres de gobernadora gentil de Castilla, recibiendo a los notables que solicitaban audiencia.
Pero por delante de todo era madre y su principal preocupación era la educación del heredero al trono de Castilla.
Recorriendo una de las galerías en la segunda planta del Alcázar junto a Juan de Zúñiga, la emperatriz se ponía al corriente de la instrucción que recibía su hijo.
—El príncipe Felipe se muestra afectuoso, mi señora.
No debéis preocuparos por lo que comentáis, es un niño entrañable.
—Siempre ha sido afectuoso con vos y vuestra esposa Estefanía… eso lo sé. Pero conmigo es seco y parco en palabras… y con Carlos, sé que no tienen la relación propia entre un padre y un hijo. Aún son dos extraños.
Juan de Zúñiga amaceno su fina perilla y encontró al acto la respuesta.
—Pensad que el príncipe pasa más tiempo conmigo y Estefanía y tal vez se abra más a nosotros.
Vos estáis ocupada con los asuntos de Castilla y el emperador con lo que atañe al imperio.
Eso le obliga a ir de un lado a otro continuamente.
Sé que vos misma lo sufrís. No obstante, cuestiones como en contener las emociones y no mostrarlas, forman parte del aprendizaje del príncipe.
—Lo sé… eso lo sé, solo es, que aún es un niño — indicó Isabel.
—Pero está destinado a ser rey — insistió Juan de Zúñiga —.
Creedme mi señora, está forjando el carácter necesario para tomar el trono.
El día de su ascenso estará más que preparado, El propio príncipe a asistido a algunas sesiones de las cortes con su padre y ha podido ver de primera mano cómo los notables de Castilla no respaldan al emperador.
—Ni lo harán — insistió Isabel llevándose la mano al vientre —.
La guerra tiene un coste y las riquezas de América no bastan.
Son muy pocos los que están dispuestos a sufragar la nueva empresa a Carlos.
— La emperatriz volvió a llevar la mano a su vientre, pero esta vez una nueva de dolor acompañaba sus palabras —. Lo… lo quieren aquí.
—Mi señora, os encontráis bien. — Juan de Zúñiga se mostró preocupado por los gestos de dolor de la emperatriz.
—Lo quieren aquí… quieren que se preocupe más por los reinos de España. Yo… yo lo necesito aquí.
Y el dolor se hizo insoportable. Sintió desgarrar su carne en sus adentros y como se humedecían sus muslos.
Bajó un poco más la mano y palpó el líquido que resbalaba por sus piernas.
Cuando volvía a ver su mano la encontró de un rojo oscuro familiar.
El mismo color con el que se tiñeron las sábanas de su madre en su última batalla.
Real Alcázar.
El robusto Alcázar, coronando con sus cuatro pináculos el cielo de Toledo parecía que no sería capaz de soportar la frustración del emperador.
Una vez más, Carlos se tomó un descanso en las agotadoras sesiones de las cortes.
Muchos de los notables no le respaldaban, los ecos de la derrota de Andrea Doria en Préveza o la del propio Carlos en la última guerra italiana, aún retumbaban en las voces de cada uno de sus detractores.
Estaba irritado, Granvela lo asistía tratando de calmar sus ánimos.
—Exigen y exigen, pero no quieren dar nada a cambio. Sin duda ha sido un fracaso. Se quejan de las incursiones de los piratas tuecosa nuestras costas, pero se niegan a atacarles.
—Paciencia emperador. Ahora contáis con la alianza del rey de Francia.
—Y ya sabed que el rey de Francia no es de fiar — replicó Carlos.
Francisco de los Cobos irrumpió en la conversación. Esta vez Francisco no forzó una tos, no midió sus pasos ni sus palabras, no se detuvo. Apareció como un fantasma, como nunca antes lo había hecho. —Emperador. Es preciso que volváis a palacio.
¿Tan funestas eran las noticias? Incluso la expresión de sus ojos entremezclaba el miedo y la tristeza, como nunca antes Carlos los había visto en su secretario, por muy funestas que fuesen las noticias.
Palacio de Fuensalida 2 de mayo de 1539.
La primavera se llenó de invierno. El emperador que tanto buscaba una paz viviría en tormento por siempre.
El silencio solo era roto por los pasos y algunos llantos contenidos que no se elevaban por encima del sonido de la brisa que agitaba las cortinas.
Aquella primavera todos vestían el negro.
Y solo las campanadas que marcaban las horas rompían el luto para elevarse al cielo y desgarrarlo.
Todos iban de negro: el emperador, Felipe, sus hermanas, todos menos la madre en su féretro que a pesar de vestir el hábito franciscano descansa sobre un lecho de claveles, los mismos con los que el emperador la colmaba tras largos viajes.
Las niñas lloraban, el príncipe en cambio se mantenía erguido, serio, con sus ojos azules atrapando las lágrimas, a pesar de que el labio inferior le temblase.
Carlos se separó de sus hijos, acariciando sus cabellos y se acercó al féretro de su emperatriz.
Había pasado sus últimos días junto a ella.
Los últimos días de toda una vida y de años de ausencia y después de todo ese tiempo, en su recuerdo solo le quedaban los días contados: sus primeros meses en el palacio de la Alhambra; sus reencuentros tras las largas partidas; y por último, esos días de enfermedad
Estos trece años hubiesen dado para mucho más pensó Carlos en sus adentros.
El emperador observaba a su esposa, tan bella, pero sin vida. El aroma del clavel se acentuó cuando besó a su amada en la frente, como esas pocas veces que lo hacía antes de dormir. La sintió fría pero la muerte no había podido corromper la esencia de la reina de los claveles.
—Una corona… — empezó a decir el emperador — , un imperio de…
miseria. A tantas guerras que partí… a tantas guerras que marché sin saber que te estaba dando un último beso, un último abrazo, una última palabra de aliento.
Una última caricia. — El rey pasó su mano por el helado rostro de su reina —.
A tantas guerras que marché, a tantas guerras que partí, por encontrar la paz entre los cristianos ¡La paz!
Cuando ahora me doy cuenta, que mi paz eras tú.