Carlos V. Trilogía Completa 61. De nuevo el deber
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61. De nuevo el deber

De nuevo el deber

Carlos se encontraba en una de las balconadas bajo un amplio arco, que daba al patio interior del palacio, con sus dos manos apoyadas a la cornisa, a su lado estaba la emperatriz Isabel, vestía de rojo y negro y recogía su larga melena de un rubio oscuro en una diadema.

El emperador la veía más frágil, con una piel más pálida y unas acentuadas ojeras que aun así no menguaban la belleza que veía en ella.

Aún quedaban secuelas del último aborto que había sufrido, pero de nuevo la reina estaba de buena esperanza, guardando en su vientre a un nuevo heredero.

Era cierto que el tiempo había pasado para los, nuevos surcos, nuevos pliegues daban cuenta de ello.

Pero a pesar de las ausencias, de las tensiones, de sus diferencias, se seguían amando y demostrando devoción.

Para Carlos era cada vez más difícil partir, más que por la añoranza, por el muro cada vez más grande que le separaba al regreso.

Isabel posó su mano sobre la de Carlos.

—Esta vez… cuanto tiempo te marcharás — preguntó con cierto temor Isabel. —Eso nunca se sabe. Primero debo convocar a las cortes de Castilla para que nutra de fondos la nueva cruzada. Me llevaré a Felipe, así podré pasar más tiempo con él y podrá ver de primera mano cómo se gobierna.

—Castilla no necesita una cruzada… necesita a un rey — replicó Isabel

—Castilla tiene una excelente gobernante en ti. Además, mi principal deber como emperador es liderar la cruzada contra el turco, un hecho que se ha postergado por demasiados años.

—¿Y después que será, mi señor? — protestó Isabel —. ¿Combatir la herejía de Lutero en Alemania, o la del rey inglés? ¿Volver a la guerra contra Francia? Y todo eso mientras vuestros hijos crecen sin un padre, mientras yo os anhelo por años.

Carlos retiró su mano de la de Isabel.

—Ya hemos hablado de ello… emperatriz. Yo tengo mi deber como emperador y tú lo tienes como reina y es…

Carlos dirigió sus ojos al vientre de Isabel, pero antes de esbozar unas últimas palabras que hiciera que se arrepintiera al momento, se vio interrumpido por los pasos de Francisco de los Cobos.

Como era habitual en el secretario del emperador, este hizo una tos forzada antes de dar una nueva. Y esperó unos segundos.

—¿Qué noticias traes? — le preguntó el emperador a su secretario —. Ya sabes que no hay nada que no deba saber la emperatriz.

—Cé.. César, tenemos noticias de Andrea Doria en el Adriático.

—Continúa.

Francisco de los Cobos tragó saliva, el emperador lo conocía lo suficientemente bien para saber que las noticias que portaba eran malas.

—El… el almirante ha sufrido una gran derrota en 44 Préveza a manos del corsario Barbarroja, mi señor.

—¿Andrea Doria está bien? — se preocupó Carlos.

—Es el quien me ha informado con su puño y letra, César.

—¿Cómo ha pasado? — preguntó Carlos.

—La armada liderada por el almirante Doria se encontraba atracada en puerto cuando se vio sorprendida por la llegada de la flota otomana.

Cuando quiso salir mar a dentro para combatir a Barbarroja ya era demasiado tarde.

Se han perdido definitivamente una galera veneciana, una galera Pontificia, cinco navíos españoles, además de los daños en el resto de los navíos.

En cuanto a las bajas se cuentan por centenares, César.

Carlos cruzó los brazos y meditó, musitó una oración inaudible, se santiguó y se volvió a dirigir a su secretario.

—¿Han sido enviadas ya las cartas a los grandes de Castilla para que acudan a las cortes?

—Solo provocarás el descontento — interrumpió Isabel ¿Crees que accederán a sufragarte el coste de otra guerra que no ven como propia?

—Déjanos solos — ordenó Carlos a su secretario.

Tras una reverencia, Francisco de los Cobos se alejó dejando de nuevo a solas al emperador y a su emperatriz y entre ellos el muro invisible acrecentándose.

Carlos en su fuero interior solía debatir entre el corazón y su razón.

En esta ocasión se dirigió a la emperatriz con el primero, tratando de tener de nuevo un acercamiento hacia su amada: —Isabel, debo hacerlo: solo esta última empresa y nunca más me iré de tu lado.

—¿Es una promesa? — preguntó la emperatriz mostrando un brillo de esperanza.

—Te doy mi palabra. Pero ahora debo partir.

Carlos tomó entre sus brazos a Isabel y después la besó. Lo hizo como lo harían en cualquier otra ocasión, sin reproches, sin resentimientos. Lo hizo como cada vez que partía por no sabía cuánto tiempo, a sabiendas que a su regreso ella estaría esperando de nuevo.

Notas

44. ↩ Ciudad situada al noroeste de Grecia, muy cercana a Epiro.