Carlos V. Trilogía Completa 60. Poseidón y el Tifón
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60. Poseidón y el Tifón

Poseidón y el Tifón

Mar Adriático.

Sonríe satisfecho contrastando con la preocupación en el rostro de Hassan que permanece a su lado, atento a cada gesto del primer almirante de Solimán. Hassan no comparte ni la tranquilidad ni el aparente entusiasmo de HIzir, pues sabe bien que están a punto de enfrentarse a un temible enemigo.

—He pensado en algo — dice al fin el pirata viendo por el rabillo del ojo los interrogantes en Hassan —. Todas las naves cristianas: venecianas, genovesas, imperiales... Todas están en Préveza.

—Si en realidad están todas, seguramente nos superen en fuerza y número — Hassan acentúa su preocupación.

—Es lo más probable — ratifica Barbarroja enfatizando aún más su seguridad —.

Veremos si con todo a su favor, Andrea Doria es el señor de los mares que todos dicen que es, capaz de comandar no solo su navío o a sus hombres, sino también las mareas, el viento y las tempestades.

—¿Qué haremos?

—Lo impensable.

Préveza (Grecia). 28 de septiembre de 1538.

La vida en el puerto de Préveza resguardado entre verdes riscos discurre en calma, sus aguas turquesas danzan suaves.

Ni siquiera la presencia de los 200 navíos que colmaban la bahía perturbaban la paz entre pescadores y artesanos que daban vida a la urbe en el corazón del Adriático.

En una de las viviendas dispuestas para la reunión de los líderes de una liga Santa establecida por el Papa, para hacer frente a las incursiones de Barbarroja, los comandantes debaten la estrategia que se debe seguir en los próximos días.

Andrea Doria es quien habla, cansado de los egos que unos y otros están mostrando durante la campaña: Venecianos, Romanos y caballeros de la Orden de Malta se han reunido en torno a una mesa para discutir la mejor estrategia, pero siguen sin entenderse.

Ninguno de sus hombres ha visto antes tan exaltado al almirante que siempre mantiene la calma incluso en las situaciones más extremas.

—¡Debimos actuar en 43 Corfú, pero vuestra arrogancia ha impedido la planificación y la estrategia en la batalla! — espeta Doria.

—Habláis de ego y seguís aquí plantado — dice uno de los capitanes venecianos.

—Barbarroja es astuto, no lo subestiméis. Debemos trazar mejor nuestra estrategia— responde Andrea Doria.

—Está ahí fuera ¿Qué pasa si decide atacar? — interviene uno de los emisarios de la armada Papal.

—¡Sería un suicidio! — exclama Doria agitando los brazos como si con ello pudiese invocar todo el poder del mar —.

¡Todas nuestras fuerzas están aquí! ¡y estas costas ha sido la tumba de muchos marineros que naufragaron por subestimar este litoral traicionero!

— Andrea Doria miró a cada uno de los líderes de las diferentes fuerzas cristianas con la seguridad de un Dios que conoce su mar —. Solo un loco haría algo tan impensable.

Cuando Andrea Doria dice su última palabra, cientos de campanas en el puerto empiezan a repicar con fuerza proveniente de barcos y campanarios.

Todos se miran descorazonados, tratando de adivinar el peligro que anuncian.

Doria es el primero que sale de la estancia sin medir sus zancadas para dirigir su vista más allá de los edificios de la primera línea, del puerto y de sus naves.

No había nada en el horizonte. Pero como una aparición cientos de galeras rojas empiezan a surgir por el flanco izquierdo y por el centro, finalmente, la gran nave de Barbarroja lidera la formación dirigiéndose directamente al grueso de los navíos cristianos anclados en el puerto.

El enemigo envuelve la bahía dejando atrapados los navíos de la liga cristiana.

El árbol de mástiles que puebla el puerto está a punto de arder.

Por primera vez en su vida, el viejo Andrea Doria se bloquea, sus músculos no responden y su mente queda en blanco. Niega con la cabeza, se lleva sus manos a ella y entre sus dedos apresa sus cabellos. Su enemigo ha hecho lo impensable. El infierno está a punto de desatarse.

Galera de Barbarroja.

Solo un loco es capaz de hacer lo impensable.

Barbarroja ha desafiado al traicionero litoral para sorprender a sus enemigos, espoleando como nunca a los remeros.

Solo un loco puede ganar una batalla donde los prudentes fracasarán.

El pirata sonríe satisfecho, su estrategia está funcionando.

Hassan a su lado está convencido y se une a su entusiasmo.

—¡Las naves más ligeras por el flanco izquierdo! — ordena Hizir para que su orden sea trasmitida —. ¡Qué sirvan de distracción mientras atacamos a los navíos más pesados! ¡El viento nos favorece! Y que arda todo por Alá ¡Qué arda!

No tarda en incendiarse el bosque sobre las aguas.

Además del fuego de los cañones, los arcabuces anuncian con cada explosión una nueva muerte y cada una de los miles de flechas que tapan el sol con su lluvia, vuelan hambrientas de la sangre de los soldados cristianos que caen impotentes, atrapados entre los enemigos y la tierra mientras tratan de liberarse con sus navíos de la mortal trampa.

La boca de los cañones escupe su fuego virulento que se extiende y y crece alimentándose de la madera, de la carne de los caídos y de la desesperación, convirtiendo el día en una noche sin estrellas iluminada por la luz del infierno.

Como demonios, los turcos asaltan las naves enemigas, segando toda vida que encuentra el acero y la pólvora a su paso. Su ánimo crece cuando ven que por el sur las primeras naves enemigas empiezan a retirarse, entre ellas el gran navío del mismísimo Andrea Doria.

Alá está con ellos, han sido capaces de barrer una armada que les dobla en número y fuerza.

Pero el dios de los musulmanes poco tiene que ver en la gesta.

Desde su galera, con el fuego centelleante reflejado en su rostro, otorgándole con su brillo un halo fantasmagórico a los ojos de sus enemigos, Barbarroja se embriaga del éxito de su estrategia, el infierno que ha desatado hace que su carcajada se eleve por encima de los atronadores cañonazos.

Ahí en la distancia puede ver cómo el navío de Andrea Doria abandona el combate dejando al resto de la armada a su suerte.

En la distancia, entre cientos de naves, caos y desesperación, siente que su mirada se cruza con la del legendario almirante genovés.

—¿Eso es todo lo que puede ofrecer Andrea Doria? — se pregunta para sí — ¿Es este al que llaman la reencarnación de Poseidón? Menuda decepción ¡Aquí tienes al tifón!

Galera de Andrea Doria.

El legendario Andrea Doria se muestra como un alma en pena surcando las aguas del Estigia sobre la barca de Caronte.

Por vergüenza no mira ni a uno ni a otro lado donde sus hombres gritan desesperados, donde mueren, donde el acero atraviesa sus pechos y sus estómagos, donde sus gargantas son cercenadas, donde arden, donde el fuego se alimenta de sus naves.

No mira atrás donde quedó su pasado glorioso, su propia leyenda que le parece una mentira.

Ni tampoco al frente, donde en el futuro solo ve un fracaso que le perseguirá por siempre.

Por vergüenza, solo es capaz de arrastrar sus ojos sobre la cubierta de su nave.

Venecianos, romanos, malteses. Gente venida de todos los rincones del imperio, lo ven partir mientras aún tratan de liberar sus naves de la barbarie. El legendario Andrea Doria, admirado por sus aliados y también por sus enemigos, les ha abandonado.

Lo impensable ha pasado. Andrea Doria ha sido derrotado. El mar tiene en Barbarroja a su un único señor.

Notas

43. ↩ Isla griega situada en el mar Jónico.