58. El encuentro entre dos reyes
El encuentro entre dos reyes
Francisco lo había conseguido, se sentía victorioso ante su eterno enemigo.
Le había hecho retroceder de su arrogante campaña en suelo francés.
Además, había quedado señalado por aliados y enemigos, Carlos de Habsburgo ya no era invencible, su madre Luisa estaría orgullosa por verle triunfar sobre aquel que pretendía ocupar su lugar.
Hubiera incluso fundido su corona junto con todas sus joyas incrustadas si con ello hubiese podido humillarlo más y más.
Pero la guerra era cara y el hastío en la corte se acentuaba a cada día que pasaba.
Sus consejeros demandaban la paz al igual que los enviados del emperador, los mismísimos Francisco de los Cobos y Nicolás Perrenot de Granvela.
El rey de Francia, al ver las arcas de su reino cada vez más vacías, cedió.
Las negociaciones de paz debían producirse en Niza, considerada una zona neutral y el mismísimo Papa, Paolo III, se dispuso a asumir el papel de mediador entre los dos soberanos.
Una vez más, Carlos dejó atrás a unos hijos que seguirían borrando de su memoria su rostro, a una madre que seguía acrecentando su rencor hacia él y a una esposa que en los inviernos pasados había atrapado el frío en su cuerpo.
De nuevo Isabel estaba embarazada, pero a Carlos le pareció que no había abrazado la noticia con alegría, pues pensaba más en su nueva partida.
Pero no quedaba otro remedio, Carlos ansiaba la paz más que su rival y cuando sus consejeros le hubieron asegurado que las negociaciones se iban a producir, se puso de nuevo en marcha, embarcando en la galera Real comandada por Andrea Doria, partiendo desde Barcelona hasta arribar a Niza.
Desde el castillo situado en lo alto de una colina se podía vislumbrar toda la ciudad que quedaba separada por una gran arboleda, además del puerto y el mar azul.
Aquel fue el escenario para desmarañar el camino hacia la paz.
Las reuniones con el Papa se hicieron por separado, ni Carlos ni Francisco coincidieron en una sola de ellas.
Era tal el odio que se procesaban el uno al otro que temían perder los papeles ante el Santo Padre.
Incluso el acuerdo al que se llegó, una tregua de diez años fue firmada por los dos monarcas en estancias separadas.
De esta manera Francisco conservaba sus conquistas en Saboya y Turín; Carlos sería recompensado con dos millones de ducados para emprender la cruzada contra Solimán.
Estaba hecho ¿Cuánto tiempo respetaría Francisco esa nueva tregua firmada sin ver uno en el rostro del otro sus verdaderas intenciones?
Pronto lo sabría. Leonor, reina de Francia, la hermana del emperador también había acudido a Niza y no fue hasta salir de la sala donde había plasmado su rúbrica cuando la encontró: su compañera inseparable en sus primeros años y a la que la vida y las decisiones tomadas por el propio emperador, la habían alejado de él.
Carlos la vio plantada ante él, cabizbaja, la alegría con la que solía amenizar a la corte en sus años de juventud había desaparecido.
Sus ojeras eran profundas, pero seguía conservando la belleza que apenas el tiempo había marchitado.
Carlos en un acto instintivo la abrazó, pero de nuevo encontró la frialdad con la que tantos seres queridos antes le habían obsequiado.
No había tampoco refugio en los brazos de Leonor que cabizbaja obsequiaba al emperador con una reverencia. Carlos se adelantó y detuvo su acto.
—¿Có… cómo estás Leonor? Leonor fue directa y concisa, atajando cualquier acercamiento con su hermano:
—¿Sabéis algo de María? — Carlos supo entonces que parte de la tristeza que arrastraba su hermana era por la ausencia de aquella hija que había dejado atrás en Portugal
—El rey Juan de Portugal no cede. Desea que María siga en la corte — confesó Carlos.
—¿No puede la emperatriz ablandar el corazón de su hermano? — preguntó en un ruego Leonor.
—Isabel le envía cartas semanas tras semanas al rey Juan… pero siempre recibe la misma respuesta.
—La última vez que la vi, tenía… tenía dos años.
Ahora debe ser ya toda una mujer a sus diecisiete años.
Ya no debe acordarse de mí voz ni recordar mi cara.
Cuando me enviaste a Francia cumplí con mi cometido.
— Leonor contuvo el llanto en sus ojos de reina —, te fui leal.
Pasé los días infelices con un atisbo de esperanza, recordando tus palabras, prometiendo qué harías todo lo posible para volver a reunirme con mi hija ¿Lo recuerdas?
Pensaba y sigo pensando que siendo el emperador todo lo puedes.
¡Ilusa de mí! Carlos dio un paso atrás, dolido por las palabras de su hermana más querida, que se antojaban un puñal en su corazón:
—Tú esposo, el rey de Francia, me ha tenido ocupado, tal vez ahora pueda centrarme en volver a reunirte con tu hija —. Carlos pasó a la defensiva.
—No… no me des falsas esperanzas. — Y finalmente Leonor dejó deslizar una lagrima que se había escapado del mar que aprisionaba en sus ojos.
La reina de Francia suspiró profundamente e hizo un esfuerzo para recomponerse —.
Mi señor el rey de Francia desea entrevistarse personalmente con vos.
No ahora, sino lejos de los ojos del Santo Padre, En 42 Aigues- Mortes dentro de unas semanas.
—Que se trae entre manos — Carlos marcó su ceño y su desconfianza.
—Hace tiempo querías un encuentro.
—Quería un duelo — replicó Carlos.
—Sin espadas, sin armas… solo él y vos. — Con esas palabras Leonor dio media vuelta y dejó que Carlos viera como otro más de tantos a los que tenía especial afecto, se alejaba.
Carlos lo pensó y lo repensó. No tenía confianza alguna hacía ese rey carente de honor y que en tantas ocasiones había roto su palabra, pero ¿Cuántas ocasiones tendría para hablar cara a cara con el francés? Después de consultarlo con sus consejeros, Carlos, dos días después, aceptó el encuentro.
La pequeña villa de Aigues- Mortes estaba nutrida por las aguas del Ródano.
Una gran muralla franqueaba el río y el puerto que desembocaba en el Mediterráneo.
Las aguas tranquilas del mar del verano se llenaron con las galeras de Andrea Doria y con el emperador en la popa de la Galera Real, posando sus ojos en la tierra.
Carlos no quiso correr riesgos, no estaba dispuesto a pisar suelo francés al conocer la falta de escrúpulos de su enemigo quien podría tener la tentación de apretarle.
No, no iba a ponérselo tan fácil, si quería darle caza, debería adentrarse en los mares, en los dominios de Andrea Doria.
El rostro de Carlos se destensó al comprobar que una veintena de pequeñas embarcaciones se aproximaban a su flota.
Al frente de la primera de ellas, de pie e inmóvil como un vigoroso mástil, Francisco llegaba a su encuentro.
Lo hacía tranquilo, pero con la faz compungida, como si en el interior de su robusto cuerpo, apresase un mal tan grande como su envergadura.
Tal y como se aproximaba la embarcación a la Galera Real, el emperador y el rey francés cruzaron sus miradas, como si quisieran taladrar sus mentes y desentrañar sus secretos más ocultos, sus miedos y sus debilidades, pero solo encontraron el rictus de piedra de las esculturas que en esos años los grandes artistas tallaban en piedra.
Asistido por los hombres de Andrea Doria, el rey francés abordo la Galera Real sin escolta, tal vez por mostrarse confiado o hacer ver que no temía ni a Carlos ni a los hombres bajo su mando.
El propio almirante del emperador, Andrea Doria salió al paso de Francisco.
El francés no le dedicó una sola palabra, pero sí una mirada contenida que parecía enmascarar el odio que sentía por el marino genovés que años atrás abandonó su bando.
Con pasos seguros y serenidad se aproximó a la popa donde Carlos esperaba, estudiando todos los movimientos de su enemigo.
En una muestra de valor, Carlos le pidió a su guardia personal que abandonaran el castillo de popa para que le dejaran a solas con su eterno enemigo que bien le superaba en tamaño y fuerza.
Francisco portaba un objeto brillante en la mano, era un anillo de diamantes, extendió sus dos manos y se lo ofreció al emperador a la vista de todos los que desde pequeñas y grandes embarcaciones les observaban.
—Aceptad este anillo como ofrenda de paz… emperador.
Carlos rehusó durante unos instantes, todo regalo de ese hombre sería un presente envenenando, pero ¿Cómo rechazar la paz delante de su corte harta de tantas guerras?
Miró los rostros y los ojos expectantes de todos aquellos que su vista alcanzaba y relajó los hombros.
Finalmente, el emperador abrió la palma de su mano y aceptó el presente para a continuación quitarse su insignia de oro de la orden del Toisón de Oro y ofrecérselo a Francisco.
—Aceptad esta insignia como ofrenda de paz, rey de Francia.
Francisco hizo una leve reverencia en señal de agradecimiento.
Carlos vio con sorpresa aquel gesto ¿De verdad Francisco le aceptaba al fin como emperador?
En un acto espontáneo los dos reyes se abrazaron mientras los cortesanos vitoreaban el gesto que bien se podría ser el inicio de una paz perpetua, pero nada más lejos de la realidad.
Los dos monarcas se abrazaron desconfiados, con mesura y observando por el rabillo del ojo, como si temieran que sus espaldas fueran apuñaladas.
Finalmente se despegaron y dieron un paso atrás.
Francisco mantenía una sonrisa forzada, pero disminuyó el volumen de una voz que ya solo era audible para Carlos.
—Un poco de teatro está bien de vez en cuando para contentar a la corte ¿No creéis Habsburgo?
—¿Me estaba preguntando a que era debido vuestro cambio de parecer? — respondió Carlos esbozando una sonrisa igual de forzada que la de su interlocutor.
—A guardar las apariencias — señaló Francisco —.
Sois un iluso, siempre lo habéis sido, desde la primera vez que os vi lo supe.
No obstante, debo decir que con los años me ha sorprendido que alguien tan insignificante como vos llegara tan lejos: ni más ni menos que emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
—¿Qué desea el rey de Francia? — atajó Carlos.
—Unos días de banquete, bailes, que se nos vea juntos.
Quiero animar a mí corte. También podéis aprovechar la estancia para pasar algo de tiempo con esa hermana vuestra que me entregasteis.
Está un poco decaída últimamente — Francisco reía.
A los ojos de aquellos cortesanos que no escuchaban sus palabras, los dos reyes estaban confraternizando.
—Haré todo lo que sea posible para preservar la paz — quiso concluir el emperador.
Francisco abandonó su interpretación para mostrar su verdadera cara, la de un hombre resentido, con el orgullo herido y lleno de rencor. El rey de Francia borró la sonrisa bajo su barba.
—¿Paz? ¿Paz decís? — Francisco preguntó ojiplático —. Vos… vos matasteis a mí hijo.
—¡Yo no hice tal vil acto! — protestó Carlos.
—¡No sé cómo, pero lo hicisteis! — Con esas palabras Francisco abrazó de nuevo a Carlos y los cortesanos de ambos reyes vitorearon en nombre de la paz — ¿Paz decís? — le susurró al oído —. No Habsburgo, podréis tener un imperio, pero jamás obtendréis la paz que tanto ansiáis.
Los vítores seguían mientras Francisco se despegaba del abrazo para posar sus ojos sobre su viejo némesis.
La sonrisa había vuelto, pero sus ojos, sus ojos estaban cargados de ira, de rabia, de dolor.
Francisco se volvió hacia las embarcaciones que aplaudían la aparente reconciliación, alzó la mano y saludó a franceses e imperiales por igual.
Carlos le acompañó en el gesto, pero no había ápice de fingida alegría en él.
La amenaza de Francisco quedó marcada en su semblante. Carlos supo que jamás obtendría su tan ansiada paz.
Notas
42. ↩ Localidad francesa costera situada en la región de la Occitania