57. El refugio de unos brazos
El refugio de unos brazos
Había sido un largo viaje hasta llegar junto a su emperatriz.
Después de desandar el camino hasta Génova, sintiendo la deshonra de la derrota y ver como sus planes se desmoronaban como la ciudad más pertrechada ante una riada, recibió noticias venidas desde Florencia: su yerno Alejandro de Medici, había sido asesinado por los partidarios franceses.
Quién le iba a decir a ese Medici que al final sería su persona la que acabaría víctima de las intrigas política que a él tanto le gustaba practicar.
Embarcó desde Génova para ponerse de regreso rumbo a España.
Las malas aguas le acompañaron y sabía que al llegar como años atrás cuando desembarcó triunfante, no le esperarían todos sus súbditos ni con banquetes ni con festejos y vería en cada uno de ellos la duda.
Era por ello, que necesitaba acudir a un refugio y convertir a su familia en trinchera mientras desatendía sus deberes de estado.
Así ordenó que la emperatriz y sus hijos le esperasen en Tordesillas junto a su madre Juana.
Antes de ser anunciado, toda la corte le esperaba en el patio.
Al descabalgar Carlos se vio rodeado por la corte que acudía a rendirle respeto, el rey les correspondía estrechando las manos que encontraba a su paso.
No eran rostros familiares, o tal vez fuese por los años de ausencia la razón por la que había olvidado tantas caras.
En lo alto de la escalinata que daba acceso al palacio, y elevado sobre todos los cortesanos.
esperaba un niño de unos nueve años: era de cabellos rubios y unos ojos tan azules como el cielo del invierno.
A pesar de su juventud tenía saber estar y parecía inspirar respeto entre los que le rodeaban.
Vestía un jubón dorado y una gorra tan negra como el abrigo que le abrigaba.
Carlos reconoció para sí que tenía el porte de un rey. —¿Fe… Felipe?
El emperador se abrió paso entre sus súbditos y como pudo, a pesar del cansancio del largo viaje llegó al encuentro con su hijo. Posó sus manos sobre los hombros del infante que sin apenas mostrar emoción en su joven rostro, le dijo a su padre:
—Bienvenido majestad.
—Felipe… Felipe, cómo has crecido, y… ¿y tu madre? ¿Y tus hermanas?
Felipe tragó saliva: puede que por seguir conteniendo la emoción o por estar después de tantos años en presencia del rey. El caso es que siguió actuando como un pequeño anfitrión impenetrable ante la mirada de su padre que seguía buscando el afecto del hijo.
—Acompañadme majestad, os conduciré ante la reina Juana y la emperatriz.
Como un súbdito, el emperador siguió hasta el interior del palacio a su hijo.
Observaba el paso del niño al que de vez en cuando lo atrapaba volviéndose para mirar a su padre por el rabillo del ojo, pero enseguida el niño recuperaba la compostura y continuaba con su cometido para seguir recorriendo las galerías del palacio.
Hasta ese momento, Carlos no había encontrado el calor que había ido a buscar, por lo menos en su heredero, tal vez tantos años de ausencia habían hecho que el príncipe ya no viera en Carlos a un padre.
Felipe abrió las puertas del salón de par en par.
Carlos no tardó de hallar conversando y dándole la espalda, sentadas, junto al calor de un hogar, a su madre la reina Juana y a su esposa, la emperatriz Isabel.
Su hija María, un año menor que Felipe fue la primera en percibir la presencia de su padre, quedándose ahí se pie junto a su madre, paralizada al verle.
Cuando Isabel se volvió, conteniendo la emoción, Carlos descubrió sentada sobre su regazo a la hija que aún no conocía, Juana, de dos años.
Isabel dejó en el suelo a la princesa y acudió presta a los brazos de su añorado emperador.
Carlos la apretó contra su torso para recibir todo su calor, se sintió reconfortado, seguía conservando en su piel el aroma del clavel y acudieron a él las emociones del amante conocido, pero al mirarla a los ojos notó una punzada ¿Tanto tiempo había pasado?
Nuevos surcos recorrían el contorno de sus ojos y ella también le miró con extrañeza.
No. El tiempo no se había detenido y tantos años lejos parecía que les estaban convirtiendo en dos extraños.
—Por… por fin habéis regresado — dijo la emperatriz—, he esperado… he esperado este día con ansias. Venid, venid.
Isabel sujetó la mano del emperador para conducirle hasta su hija María.
No encontró en ella el efusivo abrazo que una hija le daría a un padre añorado, sino la reverencia que un súbdito haría con respeto hacia su rey.
Carlos se agachó ante ella y le brindó un abrazo, pero sintió el frío de un momento carente de emoción.
—Os tengo que presentar a alguien — indicó la emperatriz.
Y casi forzando el momento, la emperatriz plantó a la más pequeña de las hijas frente a Carlos. La niña contemplaba al emperador con extrañeza y confusión.
—¿Eres… eres Juana?
Carlos le brindó un beso en la frente a la pequeña que reaccionó dando un paso atrás.
—Juana… él es tu padre — Isabel afeó la conducta de la niña. —No… no, descuida, dale… dale tiempo, es normal que sienta tanta extrañeza.
Carlos entonces dirigió sus pasos hacia su madre, la reina Juana, quien tenía la mirada puesta en el infinito y los labios sellados.
El emperador no supo descifrar si era por la ausencia o por el rencor, incluso bien podría ser demencia.
Así, Carlos se inclinó ante la reina depuesta de Castilla y besó su mano.
Al verla más de cerca comprobó que su figura había menguado, sus cabellos lacios y largos se habían aclarado con cada nieve de todos los inviernos pasados.
Su piel era aún más blanca y los pliegues en su piel se veían como una tierra erosionada por un verano de sequía.
—¿Cómo os encontráis mi señora? ¿Os tratan bien? — se preocupó Carlos.
Juana no dijo nada, solo le miró con unos ojos negros y sin brillo como la noche más cerrada, sobre una boca callada que no desprendieron cariño alguno. Su madre, su propia madre, era ya la más desconocida de todas.
El día prosiguió entre insoportables silencios, rotos en ocasiones por el tintineo de los cubiertos en las comidas.
Silencios que hicieron que el emperador añorase, aunque fuera, el tremor de los cañones, el choque de las espadas y el propio repique de su corazón encogido antes del inicio de una batalla.
Solo en Isabel encontraba palabras y ese calor lejano que años atrás había dejado plantado, llegado a tiempo para regarlo de nuevo y hacer florecer ese amor con cada beso, con cada abrazo, con cada susurro.
El cariño se prolongaría aquella misma noche en la alcoba, donde marido y mujer se decorarían hambrientos como cuando diez años atrás vivieron sus primeros días.
Se deseaban, se anhelaban, surcaron aquellos senderos ya recorridos, reconvirtiéndolos en tierra virgen para volver a maravillarse con cada descubrimiento.
Habían pasado los años, pero el amor y la pasión entre ellos quedaban intactos.
En todo ese tiempo separados, ni ella ni él habían tocado otra piel o probado otros labios.
Se despojaron de sus ropas regias para dar paso a sus instintos, a los actos más irracionales, con frenesí y en la oscuridad, como bestias hambrientas en una disputa por ver quien, hacia gozar más al otro, hasta que finalmente el emperador, plantó una nueva semilla en la matriz de la emperatriz y la lucha dio paso a la paz.
Isabel apoyó la cabeza sobre el pecho desnudo de Carlos, moviendo los dedos sobre su torso, como si lo hiciese sobre las manecillas del reloj, tal vez tratando de detener e incluso retrasar todo ese tiempo perdido.
Añoraba esas noches que no habían sido muchas donde hacían el amor hasta caer agotados y quedarse dormidos casi a la par.
Había atesorado el recuerdo de su tacto sobre su espalda, su vientre, su cuerpo.
Solo la yema de sus dedos sería capaz de apaciguarla.
Era por ello que en cualquier otra noche se hubiese hundido en un profundo sueño, pero en esta ocasión sería diferente: sus ojos estaban abiertos de par en par por las dudas que se sucedían en su mente y que acudieron a ella incluso antes de recibir la noticia del regreso del emperador.
Carlos se percató de la inquietud que asaltaba a su esposa.
—¿Qué ocurre? — preguntó Carlos.
—¿Esta vez… hasta cuando te quedarás? — empezó a decir Isabel.
—Menos que el tiempo que desearía…
—Sí tanto lo deseas, no vuelvas a marcharte — continuó la emperatriz.
—Es mi deber… es mi deber como emperador acudir allá donde se me necesite. Isabel retiró su mano, y se recostó boca arriba mirando la oscuridad que llevaba al techo de la cámara. Carlos quiso volver a acariciar su brazo, pero ella lo retiró.
—¿Qué hay de tus otros deberes? Tus hijos conocen lo que se habla del rey, pero no a su padre — inquirió Isabel.
—Con el tiempo lo llegarán a entender…
—¿Y tu deber como hijo? Veo en los ojos de tu madre el gran rencor que te guarda — señaló la emperatriz.
Carlos se incorporó airado, de una manera que en diez años jamás había conocido Isabel en él.
—Si me estás acusando de algo… dilo sin rodeos.
—Tienes la oportunidad que yo no tengo de acercarte a tu madre, incluso de mirarla a los ojos. A mí solo me quedan recuerdos. —Isabel se incorporó para estar a la misma altura que el emperador.
—En los ojos de mi madre solo queda rencor. Por mucho que me acerque jamás me perdonará.
—Quizás si la incorporas en la corte… — rumió la emperatriz. —¡No! ¿Crees que no he pensado en ello? Es… es… mi madre tiene muchos partidarios en Castilla, los mismos que aún me ven a mí como un rey extranjero y que una vez ya se alzaron contra mí… es lo mejor para el reino, aquí está cuidada.
—¡Aquí está enclaustrada! — reprochó Isabel —.
¡Por el bien del reino vuestra madre está encerrada; por el bien del reino vuestros hijos apenas conocen a su madre; ¡por el bien del reino paso los años sola, esperando tu regreso!
Me he acostumbrado a no tener tu visita en mi alcoba, a pasar las noches sola, me he acostumbrado a tu ausencia y me he acostumbrado a tus largos viajes.
¡Sí! Por el bien del reino has renunciado a lo más importante, a toda tu vida. Incluso has renunciado a nuestro amor.
Carlos agitó el cabeza incrédulo. Fue a buscar un refugio en los brazos de su amada, pero estos estaban envueltos de espinas que le hicieron levantarse y retroceder. Era la primera vez que iba más allá de los pétalos suaves de su reina y encontraba el tallo.
El emperador se levantó de la cama sin esgrimir una palabra más. Isabel tampoco le detuvo. Marchó, dormiría en otra cámara para dejar a la emperatriz en su acostumbrada soledad. Y con un portazo la emperatriz supo que empezaba de nuevo la cuenta atrás hasta la próxima partida de su amado.
Notas
41. ↩ Municipio situado en la provincia de Gerona.