56. El deseo del Tudor
El deseo del Tudor
Una nueva espera. Una vez más las manecillas del reloj se movían lentamente.
Enrique Tudor llevaba incontables horas en silencio de un lado a otro en los pasillos de palacio, pasado repetidamente frente a una gran puerta sellada.
Solo contaba con la compañía de su primer ministro Thomas Cromwell quién seguía atento sus pasos y su estado de ánimo.
Había estado esperado tanto por ese momento tan ansiado que incluso cuando sucedió lo esperado, llegó a temer por el resultado, de hecho, desde la rotura de aguas, Enrique VIII llevaba esperando dos días con sus dos noches: dos días de gritos desgarradores; dos noches con todas las lumbres del palacio encendidas; dos días de fiebres; dos noches de dolor.
—¿Es normal que un parto dure tanto? — espetó el rey inglés — ¿A caso me ocultan algo?
—Han dicho que la criatura está mal posicionada, majestad — respondió Thomas Cromwell.
—¡Sé lo que han dicho, Cromwell! yo estaba delante.
Enrique tenía una corazonada, su tercera esposa Juana Seymour debía ser la definitiva.
Con ella todo era idílico, traía la paz a la atormentada mente de Enrique Tudor, e incluso hizo que retomara la relación con su primera hija María y con la segunda, Isabel.
Era buena y bondadosa. El rey la consideraba además de una buena gobernante, una mujer dulce, cariñosa y hermosa, una amante.
Tenía todo lo que le faltaba a Catalina y a Ana.
era diferente y si alguien pudiera al fin concederle a su ansiado heredero, era ella.
Las puertas se abrieron y Enrique Tudor se detuvo en seco para recibir más palabras de la partera quien llevaba sus blancas ropas manchadas de sangre, además de la piel sudorosa y la faz preocupada.
—Entrad majestad, entrad.
Cuando Enrique accedió al dormitorio encontró sobre la cama a la reina rodeada por dos doncellas que oraban por ella.
Juana Seymour se mostraba agotada, derrotada y deambulando entre la vigía y el sueño, con los bajos de su camisón salpicados en sangre, como si mil agujas se hubiesen deslizado desgarrando su vientre.
—La reina Juana descansa, mi señor — indicó la partera —, le he administrado una infusión de hierbas que le ayudarán a relajarse y a no padecer dolor.
—¿Y la criatura?
—Un niño majestad — respondió la partera con alegría.
La partera tomó al recién nacido que estaba siendo amamantado por una nodriza.
La criatura estaba envuelta en una pieza de lino y no tardó en colocarlo con delicadeza sobre los gruesos brazos del rey.
Como si el pequeño pudiera irradiarle con una fuente de luz, todos vieron que a Enrique Tudor se le iluminaba el rostro.
—Se… se le ve fuerte. — Enrique mostró su alegría con una amplia sonrisa extraña para todos aquellos que le conocían.
Juana Seymour tuvo un momento de lucidez y despertó. Hasta ese momento el rey Tudor había ignorado su presencia, pero al ver que despertaba, se acercó a su lado con el niño aun en sus brazos
—¡Es… es un niño, es un niño! Lo has hecho muy bien… lo has hecho muy bien — le repetía Enrique acariciando su rostro con la mano liberada. Juana Seymour parpadeó un par de veces, pero no respondió al momento y cuando lo hizo solo un quejido inaudible salió de su boca.
—Majestad, ha sido un parto difícil, la reina ha luchado con todas sus fuerzas para traer esta nueva vida al mundo. Ahora está agotada y necesita descansar, además… aun debe expulsar la placenta.
—Bien… pero ni mucho menos desentendáis a mí heredero — advirtió Enrique Tudor.
Enrique le entregó de nuevo el pequeño a la matrona.
Dio un beso en la mejilla a su esposa y se marchó de la habitación desconcertado.
Tenía al fin a su heredero, a cambio su esposa se había entregado al parto hasta la extenuación.
Cuando la puerta se cerró tras el rey, pudo ver al filo de la puerta su rostro en una mezcla de alegría y sufrimiento.
Doce días después, la alegría en la corte se tornó en tristeza. Enrique VIII de Inglaterra vestía el negro, incluso el cielo parecía haberse cargado de un velo de nubes negras, dispuestas ahí para derramar las lágrimas de toda Inglaterra, pues una reina había muerto.
Tanto se había entregado Juana Seymour en satisfacer el deseo y mandato de Enrique VIII, que había entregado hasta su última gota de vida.
Doce días después dejó de luchar, dejó de respira, cerró sus ojos para siempre en la misma cama donde había entregado una nueva vida al mundo, dejando a un rey viudo y a un hijo enfermizo.
Pero Enrique Tudor no dejaría que el luto le separase por mucho tiempo de su deber.
No permitió que la pesadumbre le arrastrase durante muchos días más.
Se repuso y la sobriedad marcaron sus días.
El rey de Inglaterra y señor de Irlanda debía asegurar su descendencia con más hijos varones.
Encargó a su primer ministro, Thomas Cromwell, la búsqueda de una nueva esposa apta, que fuese capaz de cumplir con su deber de reina.