Carlos V. Trilogía Completa 55. Una travesía por el desierto
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55. Una travesía por el desierto

Una travesía por el desierto

Iba a ser una expedición tan triunfal como la de Túnez.

La moral del ejército se acrecentó, incluso los más pesimistas como Alfonso de Dávalos, marqués de Vasto, empezaron a compartir el sueño del emperador cuando fueron tomadas las plazas de Antibes, Cannes y Frejus donde el César ordenó desembarcar el resto de la artillería: pequeñas victorias para llenarse de fe ciega, pero no tardarían en chocar con la realidad y combatir al mayor de sus enemigos, el hambre.

Desde Frejus, el camino hacia Marsella les obligaba a abandonar la costa y con ello el resguardo y los víveres con los que la flota nutria al Gran ejército.

El propio emperador no tardó en percatarse en que la guerra había pasado antes que ellos.

Las columnas de humo aún se alzaban señalando los campos que habían sido arrasados por el fuego, no había carne, ni cereal, ni nada que llevarse a la boca.

Tampoco los caballos tenían forraje para alimentarse.

Esperando la ofensiva francesa pasó un mes y cada día, más y más soldados, obligados a comer el poco grano que encontraban aún sin moler, caían gravemente enfermos, entre ellos Antonio de Leyva.

Mientras las calamidades se sucedían, Carlos paseaba por el campamento para ver el estado de sus tropas desanimadas, desalentadas quienes habían perdido la fe y murmuraban como una creciente marea a su espalda.

El marqués de Vasto le salió al camino, estaba como todos más delgado con la camisa abierta dejando su torso descubierto para combatir las altas temperaturas y con su barba negra aún más frondosa por los días de calamidad.

Carlos avanzó hacia él y juntos se alejaron unos metros del grueso del ejército, evitando oídos y bocas que pudieran protestar, sin percatarse de que el joven duque de Alba les seguía de cerca.

—El último destacamento que enviamos en busca de comida ¿Ha vuelto ya? — se interesó el emperador.

—No, César — respondió con cierta desesperación el marqués de Vasto —.

Habrán sido emboscados como los otros. Es peligroso alejarse del campamento en esta tierra del demonio.

Quién sabe, habrán sido capturados o exterminados por los franceses, como el correo que no llega, que hace que estemos ciegos y sordos en medio de este paraje.

—Mañana enviaremos otro destacamento que cuente con una escolta mayor — ordenó Carlos.

—Para mermar aún las fuerzas del grueso de este ejército y que cada día que pasa está más debilitado ¿No lo veis emperador?

— la desesperación del marqués de Vasto se tornó en indignación —.

No solo luchamos contra el hambre, sino también contra el tiempo.

Los hombres mueren a centenares cada día sin haber entrado en combate mientras los franceses esperan a que desfallezcamos y lo hacen bien guarnecidos en Avignon y Marsella.

Hasta Antonio de Leyva ha caído gravemente enfermo y eso ha desmoralizado aún más a las tropas.

—Antonio de Leyva se repondrá, es un hombre fuerte — Carlos se santiguó al decir esas palabras —. Tal vez si tenemos paciencia, el enemigo se inquietará y atacará. Entonces tendremos nuestra oportunidad.

—Para cuando decidan salirnos al paso tendréis una infantería hambrienta y no contaréis con la caballería. Por no hablar de otros cientos que cada día desertan.

—Que no haya clemencia para los desertores — respondió Carlos —. Tenéis razón, el tiempo juega en nuestra contra, tal vez debemos ser nosotros los que nos preparemos para la ofensiva definitiva sobre Marsella.

—¿Habéis visto a vuestro ejército? ¿El estado de vuestros hombres? ¿Creéis que están preparados para un asedio a una ciudad con las defensas renovadas?

Carlos se sintió cuestionado y herido en su orgullo de rey.

Él era el emperador, Dios estaba de su lado ¿Podría ser que uno de sus generales se estuviera revelando ante él?

Alzó su dedo índice y lo apuntó con furia hacia el rostro del marqués de Vasto, mostrándose como nunca antes nadie le había visto.

—¡Cuidado, marqués, cuidado! Siempre he agradecido vuestra sinceridad, pero estáis traspasando la frontera que la separa de la arrogancia.

—¿Dudáis de mi buen juicio, de mi lealtad? Mi familia podría haber reinado en Nápoles si nos hubiésemos vendido al francés en su momento…

—¿Y ahora te arrepientes? — preguntó Carlos con más inquina.

—¡Emperador! — el duque de Alba se descubrió a la espalda de los dos hombres —.

¡Emperador! Sabéis bien que a enfrentarme al peligro no me gana nadie y en ocasiones he pecado de imprudente y ello me ha valido más de una riña con mi abuelo que en paz descanse y al que tanto apreciabais.

Pero esto… ver morir a amigos y hacerlo ante un enemigo invisible ¡Bien sabéis que moriría por vos, pero no así, sin derramar ni una gota de sangre de los franceses o de cualquiera que cuestione vuestra autoridad!

—Tú también Fernando — la indignación de Carlos iba en aumento ¿A caso esos hombres habían olvidado que estaban ante el emperador?

Cuando parecía que Carlos iba a estallar un oficial se presentó ante ellos, había corrido y aún jadeaba a pesar de estar tan débil como el resto de los soldados que engrosaban el ejército cada vez más mermado del emperador.

Carlos abandonó su rabia y prestó toda su atención al soldado confiando en que buenas o malas traería noticias importantes.

—Emperador… el capitán Leyva desea veros.

—Ahora no es el mejor momento — contestó decepcionado el emperador.

—Tal vez no haya otro momento, mi señor — atajó el soldado.

En el exterior de su tienda, sobre una camilla, reclinado, con sus últimas fuerzas y con el frío recorriendo las extremidades de un cuerpo con un corazón cada vez más débil bombeando una sangre que a pena llevaba a los capilares, Antonio de Leyva contemplaba a su ejército.

Quería emitir sus últimas órdenes pero sin fuerzas, sus palabras apenas sonaban como un susurro.

Sus hombres de confianza que poco a poco se estaban convirtiendo en sombras, le rodeaban, asistiéndolo en todo momento para acompañar a su general hasta su último suspiro.

Y de entre todas las sombras se abrió paso una más. Cuando se acercó, tapando con la cabeza la esfera solar, pudo reconocer el rostro del emperador. Un rostro lleno del luto como había visto antes en tantos soldados cuando perdían a un amigo.

El emperador se inclinó ante Leiva y sujetó su fría mano mientras que el moribundo hacia el esfuerzo por sonreír hasta entornar sus ojos.

—Em… emperador… siento haberos fallado.

Carlos negó con la cabeza. Ante él ahí estaba el héroe de Pavía que de tantas victorias y misiones imposibles había salido airoso, un general a quien creyó invencible. Ante él solo quedaba un moribundo que batallaba en cada inhalación por una bocanada de aire.

—Mi buen Leyva, solo con cien hombres como vos, hubiera llegado al corazón de Paris. Con mil hombres como vos hubiésemos devuelto Constantinopla al mundo. Soy… soy yo… son mi tozudez, mi imprudencia, mí exagerada ambición las que os han fallado.

Antonio de Leyva hizo el esfuerzo sobre humano de elevar su mano libre hasta reposarla sobre la de su señor y negar lentamente con la cabeza.

—Dije que os seguiría hasta la muerte… y así…

así lo he… lo he hecho. No… no me arrepiento de un solo…

de un solo día en los que he… he estado bajo vuestro servicio.

— El dolor se apoderó de Leyva haciendo que su voz saliera acompañada de un quejido —.

Y no… no .. no tenéis mil como yo… te… tenéis miles…

en… en los tercios. E… ellos, ellos os servirán con… con…

Y los labios de Antonio de Leyva dejaron de emitir sonido alguno; y su diafragma dejó de moverse tras una última y larga exhalación; y sus ojos, como dos cristales quebrados se apagaron, recogiendo en su retina su último momento, en el que algunos de sus hombres dejaron derramar una lagrima en cuanto la comisura de sus labios fríos se elevaron ligeramente, como si se marchara en paz por el servicio prestado.

—Con… con honor y honra —. Carlos dijo por Leyva las últimas palabras que jamás pronunciaría.

Y con esas palabras, Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, hincó la rodilla ante su general, el que por él había derramado la sangre del enemigo y la propia en infinidad de batallas.

Todos imitaron al emperador en su gesto, desde el que vivía su primera guerra al más veterano.

Miles desoldados sin importar rango, mostraban su respeto al cuerpo sin vida del general.

—Con honor y honra.

—Con honor y honra.

—Con honor y honra.

El marqués de Vasto y el duque de Alba también se sumaron al improvisado homenaje, conteniendo su emoción y sumándose al silencio.

Cuando Alfonso de Ávalos, marqués de Vasto, alzó la mirada se encontró el rostro derrotado del emperador. Carlos solo dijo unas palabras antes de no hablar durante los siguientes días:

—Ahora vos estáis al mando de este ejército. Ordenad la retirada.

Notas

40. ↩ Ciudad situada a 30 kilómetros al norte de Francia.