Carlos V. Trilogía Completa 54. Invencible
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54. Invencible

Invencible

—¿Qué hay de vuestro hermano Fernando? — preguntó Doria — ¿No podría estrechar el cerco sobre Francia?

—O los astros se han alineado o los pactos entre franceses y turcos están dando sus frutos. — Carlos sonrió de manera irónica —. Solimán ha atacado de nuevo Hungría y mi hermano debe defenderla. No esperemos su ayuda, no llegará.

El marqués de Vasto forzó una tos seca para tomar la palabra:

—Tal vez ahora que esa Ana Bolena ha muerto, el rey de Inglaterra quiera volver a tomar a una nueva esposa… una alianza matrimonial pondría a ese Tudor de nuestro lado, para atenazar aún más a Francisco. Enrique VIII podría hacer mucho daño desde Caláis.

—Había pensado en ello mi buen marqués de Vasto, mi idea era proponer a la hija de mi hermana Leonor, María.

Además, una alianza renovada serviría para que Enrique Tudor abandonase su pretensión de fundar su propia iglesia y de que volviera a la fe católica, pero…

. Carlos miró a Francisco de los Cobos esperando a que él respondiera por él.

—Pero Enrique Tudor va a contraer matrimonio con Juana Seymour, por lo tanto, no va a abandonar su nueva iglesia. Ha perdido el juicio, ejecuta no solo a católicos, incluso a luteranos que tampoco comulgan con el nuevo dogma inglés. Veo muy poco probable que se adhiera a una alianza.

Carlos miró a cada uno de sus generales, a pesar de mostrarse tensos, inspiraban valentía, coraje y experiencia, por lo tanto, procedió a escucharlos.

—Bien, como podéis ver esta es la situación, así que una vez puestos al corriente ¿Qué opciones tenemos?

—Expulsar a los franceses del Piamonte, emperador — espetó Antonio de Leyva con el arrojo que le caracterizaba—.

A la hora de negociar la paz, Francia seguro que cuenta con Saboya como principal baza, así que nuestra siguiente acción, consistiría en recuperar la plaza.

De esa manera podréis pedirle todo cuanto queráis.

—Las palabras de Antonio de Leyva contienen prudencia y saber, emperador, pero son pronunciadas sin tener en cuenta las experiencias pasadas — intervino Andrea Doria —.

Francisco de Valois ha demostrado ser un hombre sin honor y sin palabra y sus acuerdos de paz están llenos de embustes.

Debemos aplastar al francés, llevar la guerra a su reino, de lo contrario es cuestión de tiempo que se reponga y vuelva de nuevo a atacar rompiendo todo pacto firmado.

Con los brazos cruzados Carlos escuchaba cada palabra dicha por Andrea Doria, le observaba con ojos penetrantes y en él no encontró atisbo de duda.

—¿Qué propone mi gran almirante?

—Contáis con el mejor marinero y también con la mejor armada y eso lo pudisteis comprobar en Túnez, en el mismo momento en el que el mismísimo perro turco de Barbarroja levó anclas para huir.

— Andrea Doria dio un paso al frente —. Hay que atacar Marsella por mar y avanzar por tierra en Francia: que Enrique de Nassau siga hostigándoles desde los Países Bajos y que los españoles lo hagan desde Cataluña y las tropas de aquí… .

—¿Pretendéis que el ejército imperial atraviese los Alpes y que los caballos arrastren carros cargados con artillería por caminos tan angostos?

— instigó el marqués de Vasto. Carlos frotó su mentón y perdió la mirada en el infinito, buscando la mejor de las opciones en sus adentros.

El emperador suspiró sabiendo que Dios estaba de su lado, nada hasta ese momento hacía pensar que podía fracasar.

Sus maestros eran los grandes generales del pasado, desde Alejandro Magno a Julio César.

—Aníbal llegó a las puertas de Roma atravesando los Alpes con elefantes. Tengamos fe en que lo conseguiremos.

El marqués de Vasto se acercó al emperador casi encogiéndose de hombros, se dirigió en voz baja a su señor, mostrando el máximo respeto.

— 37 Memento mori César, memento mori.

—Alza la voz para que todos aquí te escuchen. No te escondas nada — ordenó Carlos marcando el ceño.

El marqués de Vasto hincó la rodilla ante el emperador, como si quisiera disculparse de antemano.

Miró al resto de los presentes uno a uno y habló.

—No es mi intención ofenderos, emperador.

Pero los recientes triunfos os han nublado el juicio.

Atravesar los Alpes es tentar a la suerte.

No sería prudente asumir ese riesgo y mi conciencia me impediría dormir si no os digo lo que os tengo que decir.

— el marqués de Vasto se levantó y alzó la voz aún más, como si se estuviese dirigiendo a uno de sus hombres para recriminarle —.

Sois osado y no veis el miedo. En más de una ocasión, en el campo de batalla, os he pedido que no os expusierais tanto.

Tened en cuenta mis palabras pues no solo está en juego vuestra vida sino también el grueso de vuestro ejército…

los siento mi señor, lo siento, pero no, no sois invencible.

Con esas palabras el marqués de Vasto dio un paso atrás esperando la reprimenda del emperador. Los demás generales se miraron cohibidos ¿Cómo se había atrevido el marqués de Vasto a dirigirse con tanta inquina a su señor? Carlos en cambio sonrió y posó su mano sobre el hombro de su general.

—No debéis disculparos cuando me habléis con franqueza; no es un defecto, es una virtud.

Sé que vuestras palabras van cargadas de buenas intenciones.

— Carlos se dirigió al resto de generales —, pero debemos intentarlo.

— Carlos se dirigió a Antonio de Leyva para exponerle su plan —.

Dejaremos una guarnición bien pertrechada aquí por si los franceses deciden atacar Italia por mar.

Hostigaremos a los enemigos que resisten en 38 Fossano y seguiremos avanzando

—Bien emperador — asintió Leyva —. Pero sí vais a emprender tal peligrosa marcha, yo deseo ir con vos.

Carlos asintió mostrándose satisfecho por la lealtad y el compromiso mostrados por Antonio de Leyva.

—Avanzaremos hasta Niza y de ahí seguiremos por la costa, siguiendo sobre 39 Provenza contando con el apoyo de nuestra armada y el avituallamiento que nos proporcione. — Está vez Carlos miró a Andrea Doria.

—¿Estáis seguros de lo que vais a hacer, César? — preguntó el marqués de Vasto al emperador con una voz tibia.

—Es mi voluntad.

Todos los presentes asintieron, algunos con más dudas y otros convencidos de que la ofensiva sería una gran victoria. Nadie expuso ningún inconveniente más, pues el emperador ya había hablado y ya lo había decidido.

Puerto de Marsella

El propio rey Francisco estaba pasando revisión a las tropas que estaban reforzando la ciudad marítima, lo hacía aun roto por el dolor de haber perdido a un hijo, lo hacía lleno de rabia, haciendo responsable de la muerte de su heredero a Carlos de Habsburgo.

De vez en cuando dirigía sus ojos al mar azul, esperando ver las velas de las naves de Andrea Doria desplegadas, dirigiéndose al puerto, pero solo encontró nubes blancas y una tranquilidad inquietante, la misma que precede a la batalla, en la que los hombres se afanan en los preparativos de la defensa y cientos de campanas en los barcos tintinean como si supiesen que se acercaba la acometida del enemigo.

Francisco paseaba entre sus hombres, lo hacía junto a su principal general, Anne de Montmorenty, un veterano de las guerras italianas que gracias a su audacia en la batalla había ascendido hasta tener la total confianza de su rey.

Francisco veía seguridad en sus ojos azules y fríos, fuerza en sus marcadas facciones y sabiduría en su barba blanca como sus cabellos.

—Como os estaba diciendo mi señor, creo que el ejército imperial con el emperador a la cabeza está pensado en avanzar hacia vuestros dominios. Desde Fossano piden refuerzos debido al gran ataque que están sufriendo. Tal vez la plaza ya haya caído y el enemigo se encuentre de camino.

Francisco apretó puños, mandíbula y farfulló una maldición inaudible incluso para Montmorenty.

—¿Así que el Habsburgo por fin ha decidido luchar sus guerras? Bien, entonces le saldremos al paso y veré como se maneja ese cobarde que estuvo detrás de la muerte de mi hijo.

—Majestad, recordad Pavía, yo como vos estuve ahí y como a vos también me capturaron.

No debéis precipitaros y caer dos veces en el mismo error.

Teníamos todas las de ganar y la infantería imperial, aniquiló a nuestra caballería.

Carlos de Habsburgo dirige en esta ocasión un ejército mayor y más preparado.

— ¿Si es cierto que un gran ejército se dirige hacia Francia pretendéis quedaros de brazos cruzados? — Francisco abrió sus brazos incrédulos creciéndose y amenazante ante su general que se quedó estático y sereno como un viejo junco ante la ventisca.

—Precisamente majestad — respondió Montmorenty —, precisamente. Es más, deberíais ordenar la retirada de nuestras posiciones más avanzadas.

—¡Y por qué os quedáis tan tranquilo, Montmorenty ! ¡Acaso eres otro traidor como Doria!!como ese duque de Borbón! ¡explicaos y dejaos de juegos!

—Precisamente majestad, estamos ante la oportunidad de convertir la fortaleza del emperador en su mayor debilidad — explicó el general —.

Cuando avancen por la Provenza después de atravesar los Alpes, arrasarán con las cosechas para alimentarse y buscarán refugio en todo edificio que les dé cobijo.

Propongo majestad que sigáis reforzando la retaguardia, que os adelantéis a tal fatalidad, arrasad los campo, quemad casas y que en su camino no encuentren nada más que el vacío de lq desolación.

Francisco se llevó la mano a la barbilla pensativo: dudó durante un instante, pero enseguida visualizó el plan de su general, destensó su rostro, una sonrisa se dibujó en sus labios ¿ Cómo tal magnífica idea no sé le había ocurrido a él?

—¡Sí! Sí el Habsburgo quiere traer la guerra a mis dominios, encontrará todo la miseria y el hambre que deja tras de sí.

Ese engreído no tendrá medios para alimentar a su ejército ¡Por fin tendrá su merecido!

Veremos cómo se maneja en esta situación.

Mientras Francisco se veía así mismo triunfal, a cientos de kilómetros, Carlos seguía avanzando por angostos caminos.

La caballería ligera primero y después la pesada, comandada por el duque de Alba, iban abriendo el paso del emperador.

A un día de distancia, Carlos, marchaba junto a la infantería, dispuesto a enfrentarse a su destino.

No podía imaginar que a cada abrupto paso estaba más cerca de caer en una trampa mortal.

Notas

37. ↩ Dictado en latín que significa, “recuerda que vas a morir. Era costumbre que en la antigua roma, los grandes generales en sus paseos triunfales tuviesen a alguien a su lado recordándole dicha frase, para evitar así la soberbia en el general.

38. ↩ Ciudad situada al noroeste de la península Itálica en la región del Piamonte.

39. ↩ Región situada al Noreste de Francia y que limita con Italia.