53. La debilidad de los padres
La debilidad de los padres
Su ejército le esperaba en la Lombardía, pero antes de tomar el mando y ante la guerra que se avecinaba, Carlos quiso saber cuáles eran las intenciones de los príncipes italianos: Siena, Florencia y Lucca estaban en su ruta.
Su objetivo era crear una liga italiana contra su eterno enemigo, Francisco de Valois.
Precisamente Florencia podía rivalizar con Roma en cuanto a Belleza. Su grandeza se irradiaba en su arquitectura, su escultura su pintura. Una ciudad llena de secretos y de misterios donde el esplendor de los Medici se encontraba presente.
El palacio de los Medici situado en el corazón de la ciudad, era digno de un rey.
Era un gran edificio levantado en tres metros de altura que nada tenía que enviar a la belleza arquitectónica que le rodeaba.
Carlos se quedó enmudecido contemplando cada rincón de la fachada cuando Fernando de los Cobos le interrumpió.
—Emperador… los duques… Los duques de Florencia, Alejandro y su joven esposa de catorce años, Margarita, habían salido a recibir al emperador y su corte.
Entonces Carlos dirigió en primer lugar su mirada a la duquesa, sin entrecerrar la boca…
era su hija. Margarita no pudo ocultar su rostro quebrado y no tardó en romper a llorar.
Se separó de su marido, unos quince años mayor que ella y se lanzó a los brazos del emperador.
Carlos quedó en un primer momento sorprendido, pero finalmente se entregó al abrazo de una hija a la que apenas conocía.
Alejandro de Medici, quien destacaba entre su familia por su tez oscura también se acercó al emperador, pero este lo hizo con un paso más tranquilo y una mirada más reflexiva y segura.
—Es un honor recibiros emperador. Haced uso como gustéis de este palacio.
Carlos no podía dejar de contemplar a su hija.
Aparentaba más de los catorce años que poseía, era alta y de segura esbelta, de unos ojos negros y penetrantes y una cara serena pero que parecía guardar en ella una fuerte personalidad.
El emperador respondió a Alejandro de Medici sin dejar de contemplar a su hija.
—Lo único que quiero ahora mismo es pasar tiempo con Margarita.
Cuando llegó la noche, Alejandro de Medici honró la presencia del emperador con un banquete, con músicos y baile para amenizar la velada.
Durante ese día Margarita y Carlos apenas habían intercambiado palabras, alguna conversación trivial se coló entre ellos.
El tiempo y la distancia había elevado murallas que aún debían ser derribadas con preguntas que no se formularían y respuestas que no se responderían.
Seguían siendo unos desconocidos que deseaban conocerse, pero no tenían el valor para dar el primer paso.
Alejandro de Medici presidió la mesa: aún lado de sentó Carlos y al otro Margarita que aún era lo suficiente niña como para aburrirse con las conversaciones de estado.
—Espero emperador, que tengáis una estancia placentera — espetó Alejandro de Medici.
—Sin duda este palacio es digno de un rey — señaló el emperador.
—No quisiera parecer osado ante vuestros ojos mi señor. Solo hago uso del legado de mi familia. Este palacio lo encargó a construir mi antepasado Cosme de Medici.
El emperador alzó la vista hacia la cúpula del salón y dio un repaso a todos los lujos y el servicio con el que contaba el palacio.
Sin duda aquella era solo una muestra del poder que atesoraban los Medici, quienes habían hecho una gran fortuna, y habían ganado influencia en la iglesia desde el mismísimo trono de San Pedro.
Era solo cuestión de tiempo en que alguno de ellos llegase a ser rey: de algún reino conocido como consortes o creando el suyo propio en el corazón de Italia.
—Quiero saber que contaré con todo vuestro apoyo para cuando llegue la guerra — dijo Carlos rompiendo con las trivialidades.
—Emperador, disfrutad de la velada, disfrutad de la compañía de vuestra hija. Ya habrá tiempo para hablar de las calamidades — respondió el duque de Florencia preocupado más por los siguientes platos que debían servir.
—Mi estancia será más breve de lo que desearía, los acontecimientos me alcanzan cada día — insistió el emperador. —¿Pero estáis seguros de que la guerra es inevitable? — preguntó el duque de Florencia.
—Mis embajadores trabajan para que no se derrame la sangre, pero Francisco es obstinado — denunció Carlos.
—De obstinados está lleno el mundo, emperador. — Carlos advirtió un centelleo en los ojos de Alejandro de Medici —, pero la política siempre ha andado de la mano de la intriga que bien pueden sacudir imperios, incluso el curso de la historia.
—Tened cuidado — respondió el emperador —. Las intrigas nos pueden alcanzar a todos, incluido a vos, más cuando son muchos a lo largo de los años los que han rivalizado con vuestra familia.
Alejandro de Medici solo brindó, no pretendía debatir ese asunto con el emperador, pero una mirada enigmática hacia el infinito puso en alerta a Carlos.
En ese momento, el emperador no sabía a qué se podía referir el duque de Florencia con su alegato, pero casualidad o no, un acontecimiento precipitaría la guerra y elevaría la posición de la familia Medici.
Castillo de Tournon (Francia)
El rey Francisco miraba con orgullo a su heredero mientras estaba jugando un partido de tenis junto a tres cortesanos más.
Al delfín también le estaban observando la reina Leonor, siempre discreta, Enrique, el segundo en la línea de sucesión y su esposa Catalina de Medici.
Tenía 18 años, siempre había sido tímido, tal vez había socializado poco debido al confinamiento a los que les había mantenido durante años el emperador, su mortal enemigo.
Pero se había abierto al mundo. Tenía gallardía y picardía y empezaba a tener la anchura de su padre.
—¿Sabes hijo? — Francisco se dirigió a su hijo —.
A tu hermano se le ha ido la timidez de golpe, me ha confesado que tiene una amante y lo está desfogando bien.
— Los cortesanos rieron ante el comentario del rey, también lo hizo Enrique —.
Así es como los hombres que gobiernan el mundo despejan su mente…
lo hace hasta el Santo Padre —. Y todos volvieron a reír.
Catalina de Medici negó disgustada mientras veía como su marido reía a carcajadas, deteniéndose para lanzar sus ojos fugaces hacia Diana de Poitiers quien haciendo caer sus párpados se mostraba insinuante ante Enrique.
Siguió negando, las risas eran burlas hacia su persona, pero algo ese día la haría feliz también a ella.
Algo ese día, cambiaría el curso de la historia.
El delfín de Francia decidió tomar un descanso y así se lo hizo saber a los cortesanos que habían estado jugando con él.
Se secó el sudor de La frente con la palma de su mano.
Extendió su brazo esperando un vaso de agua que recibió de inmediato.
Con la misma rapidez el delfín de Francia dio un trago, otro y otro para saciar su sed ante la mirada orgullosa de su padre.
De repente, al delfín se le vió exhausto, sofocado.
Francisco quiso creer que no solo era por el partido de tenis que estaba disputando, sino también por lo agotado que debía tenerlo su amante.
El delfín entregó el vaso a uno de sus cortesanos, dispuesto a retomar el partido. Dio un paso, dio dos; al tercer paso se empezó a tambalear, con el cuarto también y con el quinto cayó sobre la hierba.
La sonrisa del rey se congelo al igual que la de todos los presentes y la incredulidad se adueñó de sus caras. Poco a poco la boca de Francisco se torció hasta que fue capaz de emitir una sola palabra entre balbuceos.
—Hi… hijo El rey corrió hacia el delfín que yacía en el suelo.
Se abrió paso a empujones, apartando a los cortesanos que habían acudido a socorrer al delfín de Francia.
El rey cogió en su regazo a Francisco. Aún respiraba, de manera forzada, pero lo hacía.
Sus latidos eran débiles y las lágrimas de rabia brotaron de sus ojos inyectados en sangre.
—Está inconsciente majestad. Tal vez el agua estaba demasiado fría — dijo uno de los cortesanos.
—¡No, no, no y no! — Francisco agarró por el cuello al cortesano. Si hubiese tenido un puñal en ese momento, de bien seguro le hubiese abierto las tripas—. ¡No y mil veces no! Un vaso de agua no puede haberle hecho esto a mí heredero ¡Qué busquen al culpable! ¡qué busquen al culpable!
El júbilo de ese día dio paso al infortunio.
Todos murmuraban, todos se miraban sobrecogidos.
Solo una entre todos los presentes mantenía la calma.
Catalina de Medici contemplaba al delfín mientras que con cautela.
Era llevado por una docena de hombres. Estaba satisfecha pues aquel insolente del que desde el primer día había recibido burlas y menosprecios, había tenido su merecido.
Todos corrían a su alrededor, pero ella estaba quieta, estaba tranquila, estaba satisfecha.
Tras diez días de fiebres el delfín de Francia murió.
Francisco seguía buscando al responsable de la muerte de su hijo: no concebía que su heredero hubiese muerto por beber agua demasiado fría. No lo concebía.
Francisco entró en la habitación donde sobre una cama, el cadáver de su heredero yacía.
Las ojeras que surcaban el contorno de sus ojos delataban sus noches en vela y las recientes noticias habían teñido su barba con nuevos filamentos plateados.
Junto al delfín, el médico esperaba encogido de hombros, teniendo la ira de su rey que con lentos pasos avanzaba como un gigante herido.
—Lo… lo siento mucha majestad… hemos hecho todo lo que hemos podido.
—¡Deja de sentirlo y dime de una vez que veneno has encontrado en su cuerpo! — bramó Francisco encolerizado.
—Lo cierto es que no he encontrado signos que induzcan a pensar que el delfín ha sido envenenado — se atrevió a decir el médico.
—¡No, no y no! ¡a mi hijo lo han matado!
— Francisco dio una patada al pie de la cama donde aún reposaba el cuerpo —.
Muchos son los que han huido de la corte, entre ellos su amante.
A los que le hemos dado caza como al conde de Montecuccoli, serán interrogados y deberán decir la verdad si desean una buena muerte.
¡Espero que los gritos de ese maldito conde mientras le dislocaban sus brazos y sus piernas hayan llegado a los oídos de los conspiradores!
Muchos más habían huido de la corte en aquellos días temiendo las represalias de un rey al que contemplaban enajenado. Cualquiera era sospechoso de haber hundido el plan que acabó con el envenenamiento del heredero de Francia.
—¡No y no! Es absurdo y temerario pensar que mi hijo ha muerto por un maldito vaso de agua.
— Francisco se acercó al rostro de su hijo, acarició sus mechones y finalmente le dio un beso en la frente.
Se apartó despacio al sentir el frío de la muerte en sus labios —.
Ha sido planeado, estoy seguro y el culpable es ese maldito perro Habsburgo.
Ha tenido siempre por mis hijos esa fijación ¡Maldito miserable!
Los tuvo encerrados por años y ahora los quiere matar ¡Maldito cobarde!
¡No quiero ni una palabra más! ¡Ese Habsburgo va a tener la guerra que se merece!
Todos lloraron en la corte la muerte del heredero, todos menos Catalina de Medici, que casada con el siguiente en la línea de sucesión, se empezaba a ver reinando algún día en Francia.