Carlos V. Trilogía Completa 52. Bolena
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52. Bolena

Bolena

Desde la perdida de su último hijo unos meses atrás, el rey Enrique a penas le había dirigido la palabra a Ana Bolena.

A sus oídos llegó que el rey había repetido en numerosas ocasiones que su matrimonio estaba maldito.

En su celda Ana se lamentaba ¿Cómo había acabado de esa manera?

Tres años después de convertirse en reina se veía en la penuria, esperando al amanecer del que sería su ultimo día.

Ya no le quedaban lágrimas en sus ojos enrojecidos.

Con su cabeza recostada en la fría pared y como siempre sentada junto a la ventana que había hecho suya, se dejó vencer por el sueño. No supo cuánto tiempo pasó hasta que metálico sonido de la puerta abriéndose la despertó.

Una vista inesperada.

Enrique Tudor entró con sus ropajes limpios que contrastaban con los polvorientos de Ana.

La miraba con aire condescendiente, como si la pasión y el amor que algún día le procesó, pertenecieran a otra vida.

El rey se sentó frente a su reina con un rictus serio, mientras que Ana lo observaba con los ojos abiertos de par en par, en una mezcla de miedo y súplica y sin entender a que se debía la visita, pero el rey no tardó en responder sin que hubiera necesidad de formular pregunta alguna.

—Has suplicado una audiencia con tu rey… bien, aquí me tienes.

—E…esas acusaciones majestad… siempre, siempre, siempre os he sido leal… no, no entiendo… — Ana hablaba a un ritmo apresurado, como si su vida se deslizase miles de granos de arena por un embudo de cristal.

—Hay testigos Ana, dos de los acusados han confesado — respondió el rey con calma y seguridad. Pudiendo Ana detectar un atisbo de pena en sus palabras.

—¿Cómo han confesado? ¿Siendo torturados por vuestro primer ministro Cromwell? Jamás os traicionaría mi señor, os lo juro por mi alma inmortal. Os prometí mi lealtad y la habéis tenido.

—También me prometiste un heredero varón — protestó Enrique con un brillo en sus ojos como si recordase sus primeros encuentros furtivos con Ana Bolena.

Ana Bolena tragó saliva y se armó con el orgullo de una reina. No quería mostrar más fragilidad ante su captor.

—Me acusáis de adulterio cuando sé que tenéis una amante en la que fue dama de compañía de vuestra primera esposa y mía propia, Juana Seymour.

Y no tenéis pudor en mostrar vuestro amor mientras yo permanezco cautiva en esta prisión.

— Ana Bolena le retiró la mirada al rey y la dirigió al infinito, más allá de los barrotes y la ventana de la celda —.

Es por ello por lo que mi consciencia está tranquila y ni siquiera os pediré clemencia.

Solo os pido que veléis por la seguridad de nuestra hija Isabel.

Enrique Tudor se levantó y se retiró en silencio, dejando sola en su cautiverio a la que había sido su esposa. Solo habló cuando la celda se abrió para salir de ella:

—No soy el monstruo que crees que soy. Por Isabel no debes preocuparte, es tan hija tuya como mía. En cuanto a mi clemencia… aunque no la pidas te será concebida.

Torre de Londres. 19 de mayo de 1536.

Ana Bolena estaba a punto de conocer la clemencia de Enrique Tudor.

El día anterior había tenido tiempo para despedirse de su hija Isabel, consiguió llevarse su angelical rostro que le acompañaría en sus últimas horas.

Fue conducida a un patio abierto y pavimentado, lo hacía con dignidad, con un vestido adamascado gris y un tocado que recogía su cabello negro.

Ahí mismo se podía sentir el manto negro de la muerte: esa misma mañana, habían sido decapitados los otros acusados, incluido su hermano.

Muy pocos eran los testigos, unas pocas decenas, entre ellos el alguacil de la torre y el verdugo que cubría el rostro con una balaclava negra.

Ana Bolena sintió un respingo en la espalda al ver al que iba a ser su ejecutor, un hombre corpulento pero delgado, con unos brazos fuertes.

El alguacil intervino para tratar de tranquilizarla.

—Por orden del rey, el verdugo ha sido traído de Caláis, mi señora. Es el mejor en su oficio. No sufriréis.

Ana Bolena sonrió

—Tengo un cuello grácil y delgado. No creo que le dé mucho trabajo al verdugo.

El alguacil la miró con compasión, tratando de contener su emoción. El verdugo se presentó ante la reina e hincó la rodilla frente a ella.

—Majestad, os prometo que no sentiréis nada.

Ana Bolena asintió serena sorprendiendo a los presentes, como si en verdad no estuviera a punto de ser tocada por la mano tenebrosa de la carpa. Le entregó una saca a su verdugo que descubría con su tintineo que estaba llena de monedas.

—Aquí tenéis vuestro pago. El verdugo tomó la bolsa cordada, la pesó en su mano y tras unos instantes asintió.

Se inclinó ante la reina mostrando de nuevo sus respetos y extendió la mano con diligencia para indicarle a la reina donde debía situarse.

La reina empezó a orar, estremeciéndose con cada movimiento del aire que bien podría ser el último.

Ahí mismo, en su último instante fue consciente de la situación, su pulso y su respiración se aceleraron.

Sus ojos se abrieron buscando auxilio entre los asistentes que como ella elevaban sus oraciones.

—¡Mozo! ¿Y mi espada?

Ana Bolena se volvió hacia donde dirigía el verdugo sus palabras, y ahí acabó todo.

El verdugo había ocultado su espada ante los ojos de su víctima y había dicho esas palabras para desviar su atención.

El golpe fue inesperado, sorpresivo, limpio.

El golpe corto su aliento y su voz, su vida, sin miedo, dejó de sentir, de ver y oír.

Otra reina de Inglaterra había muerto.