51. Roma no olvida
Roma no olvida
Carolus Africanus, le gritaban los cientos de miles arremolinados en las calles que le vieron desfilar con todo su séquito.
Roma se había vestido para recibir al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que desde la vía Apia, llegaba al Coliseo como un conquistador, emulando a Publio Cornelio Escipión.
Como él antiguo cónsul romano, celebró su triunfo tras batallar en África y disuadir por el momento a un enemigo tan terrible como Barbarroja y que hasta ese momento había amenazado las costas mediterráneas.
El júbilo siguió a Carlos hasta la plaza de San Pedro, abierta al cielo azul donde rodeado de su guardia suiza, el nuevo Papa aguardaba.
Alejandro Farnesio había adoptado el nombre de Paulo III en su ascenso al trono de San Pedro.
Por su delgadez Carlos intuyó que aquel hombre no se dejaba llevar por los excesos.
Vio astucia en su mirada y sabiduría en su larga barba blanca.
Carlos desmontó su caballo y se plantó frente al Papa que a pesar de su baja estatura tenía un áurea y un magnetismo que hacía que con su sola presencia inspirase respeto.
Carlos se agachó ante él y besó el anillo del pescador.
—Bienvenido… bienvenido a Roma emperador — dijo con voz gentil el Papa.
—Es un honor estar ante vuestra presencia, santidad.
—Por favor… por favor. He ordenado que os preparen la más cómoda de las habitaciones.
Acomodaos, el viaje debe haber sido largo.
Después celebraremos un hospicio y un banquete en vuestro honor.
Tal y como había predicho el Papa el resto del día y la noche transcurrieron con según lo planeado.
Carlos sucumbió al sueño agotado, no sin dejar de pensar como solía hacer al cabo de sus días en Isabel — solo sus cartas le daban algo de consuelo — Cuando despertó se dirigió directamente a la basílica donde el Santo Pontífice le esperaba.
La primera entrevista con el padre de la iglesia era la razón de su largo viaje, no buscaba el reconocimiento ni la gloria por su victoria frente a Barbarroja, quería saber bien cuales eran sus verdaderas intenciones y si le apoyaría en su lucha contra Francisco y la futura guerra que se avecinaba.
En su encuentro, accediendo a la basílica de San Pedro y como la noche anterior, las palabras del Papá fueron amables, trasladadas desde una voz cándida.
Mientras andaban sobre el impoluto suelo de mármol, el Papa habló con extrema cercanía al emperador.
—Y decidme, que es… que es lo que os trae a Roma, estoy seguro que no habéis venido en busca del paseo triunfal por sus calles del que hicisteis gala ayer. Ni siquiera habéis venido a visitar a este anciano.
—Como defensor de la cristiandad y con mil asuntos por resolver, ya debéis saber que mis viajes no son únicamente por exhibirme, ni tampoco por capricho.
En primer lugar he venido a presentaros mis respetos — respondió Carlos mostrándose seguro pero haciendo gala de una humildad que sorprendió al Santo Padre.
—Sí pretendéis conseguir mi favor agasajándome estáis perdiendo el tiempo — respondió el Papa con un tono jocoso, pero con la suficiente convivencia para entender que hablaba en serio —.
He estado al corriente de vuestras disputas con el rey Francisco de Francia, y estoy al corriente de las nuevas demandas de Francisco que pide que se le retorne el Milanesaso tras la muerte de Francisco Sforza.
—Así que ya habéis contactado con el rey de Francia.
— Carlos se mostró indignado —. Sí bien estáis al corriente de todo, entonces sabréis que él y solo él es el que perturba la paz entre los cristianos ¿Sabíais que confabula con el turco para debilitarnos?
¿Y que me decís de su reciente ocupación en Saboya?
—Emperador… emperador — el Papa alzó las manos tratando de calmar a Carlos sin abandonar su tono jovial —.
Solo soy un leal servidor de Dios y solo velo por los intereses de la iglesia.
Creo que lo habéis olvidado. Tal vez lo hayáis olvidado por las acciones de los hombres que me precedieron en el trono de San Pedro: Adriano…
Adriano era un buen hombre, sin duda, fui yo mismo quien propuse su elección en el conclave que lo sentó en el trono de San Pedro ahora hace tantos años, pero Adriano antes de ser Papa fue vuestro mentor y consejero y la relación personal que mantenía con vos le hizo perder la perspectiva; en cuanto a Giulio…
bueno, Giulio era un Medici, velaba por sus intereses y por los de su familia ¿Y cómo acabó la paz de la última guerra?
Pues casando a su sobrina Catalina con un príncipe de Francia y a su…
a su hijo bastardo Alejandro con una niña que lleva vuestra misma sangre.
— El Papa borró la sonrisa gentil que le había acompañado todo ese tiempo y su voz adquirió aspereza —.
No… yo no busco mi propio beneficio, ese que ha pervertido a los hombres más santos y ha hecho que la herejía se extienda por Europa.
Sé cuál es mi lugar, mi misión, emperador ¿Y vos… sabéis cuál es vuestro cometido?
Emperador y Papá accedieron a una capilla coronada por una bóveda hermosamente decorada: todo tipo de pinturas sobre el fresco recorrían los muros hasta el techo.
Carlos quedó impresionado. En ellas identificó todo tipo de escenas bíblicas.
En sus paredes adivinó desde el origen de Adán, al diluvio y el éxodo o pasajes de la vida de Jesucristo.
Sobre un andamio, un artista estaba retocando la que parecía ser la última escena, era de cabellos rizados y enmarañados, negros como su barba era delgado y se mantenía encorvado, tal vez por el peso de sus cincuenta años.
—Santo Padre, no me había percatado de vuestra presencia — dijo el artista —. Y vos… ¿vos sois el emperador? Si me concedierais unos minutos bajaría para presentaros mis respetos.
—Continúa Miguel Ángel… continúa. No querríamos interrumpir — ordenó el Papa.
El artista se volvió sin rechistar y continúo concentrado en su obra, haciendo ver así que tenía más interés por realizar su trabajo que por mostrar sus respetos a todo un emperador.
Lejos de molestarse, Carlos continuó admirando la obra del artista recorriendo cada pincelada con sus ojos hasta detenerlos en la escena de la creación: parecía tener luz propia, en ella se podía ver a Dios representado con una larga blanca, el torso atlético y desnudo y rodeado por un coro de ángeles, descendiendo del cielo para tenderle su mano a Adán, que recostado en su paraíso ni siquiera extendía la falange de su dedo índice para tocar la de su creador.
—Miguel Ángel tiene un talento innato— señaló el Papa — Hace ya veinte años, él y solo él realizó todas las pinturas que cubren la bóveda.
Pero le he hecho un nuevo encargo que completará su obra.
Un pasaje de la biblia importante y que no estaba representado entre estos muros — El Papa señaló los primeros esbozos que Miguel Ángel estaba realizando en la pared —.
En realidad, mi predecesor tuvo la idea, pero si hay una sola cosa con la que hubiese estado de acuerdo en vida con Giulio de Medici es esta obra.
Dices que el único que perturba la paz entre los cristianos es Francisco, pero no olvides que fueron tus tropas…
tú propio ejército el que hace ya nueve años saqueó Roma y ultrajó la Santa Sede— aseveró el Papa —.
Miguel Ángel está culminando su obra con el Juicio Final, porque solemos recordar que Dios es compasivo y benévolo, pero también hemos olvidado el justo castigo para los impíos.
Si has venido a preguntarme por quién tomará partido Roma mi respuesta es que, por ninguno, los únicos intereses que defenderé serán los de la propia iglesia y la protegeré contra aquellos que quieran ultrajarla.
—Si os mantenéis al margen, la guerra, el hambre, la peste y la muerte cabalgarán de nuevo sobre Italia — vaticinó Carlos. El Papa escrudiñó con mirada severa al emperador que casi parecía rogarle su apoyo. En lugar de ello, Carlos solo encontró a un anciano queriendo aleccionarle:
—No… no seré yo quien inicie ninguna guerra, y sobre mi consciencia no recaerá ni la muerte ni la hambruna de nadie.
Será por tu arrogancia y la de Francisco que se volverán a extender las epidemias.
Sois… sois el sacro emperador y como el mío vuestro primer interés debe ser la defensa de la verdadera fe.
Deja de lado tus rencillas con Francisco que desvía vuestra tu atención mientras que la herejía sigue extendiéndose por el continente.
Unid vuestras fuerzas para hacer frente al Tudor, quien, tras desposar a su puta, esa…
esa Aba Bolena y repudiar a tu propia tía está preparando el terreno para tomar a una nueva esposa.
Es más, ese maldito Tudor ha iniciado una nueva herejía — Y con una última advertencia, el Papa concluyó —.
Eres joven y te crees invencible ahora. Ve con cautela, pues del castigo divino no se libran ni reyes ni emperadores.