Carlos V. Trilogía Completa 50. Como dos viejos amigos
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50. Como dos viejos amigos

Como dos viejos amigos

Hacía ya mucho tiempo que aquellos dos viejos amigos no se reunían para compartir mesa con platos dignos de los sultanes: lo hicieron sentados uno frente al otro, a solas, como iguales y rodeados de velas que aun hacía la estancia más agradable y cálida, protegiendo a visir y sultán de la fría noche que se había vestido de plata y azul oscuro por la perfecta luna llena que coronaba el cielo.

Solimán se comportaba como un buen anfitrión tratando de complacer las necesidades de su visir, Ibrahim Pasha.

El visir en cambio se encontraba apocado debido a la atención recibida: era consciente del distanciamiento que se había acentuado en los últimos tiempos con Solimán y había olvidado de la hospitalidad que siempre acostumbraba a tener con él.

Podría ser que las tiranteces fuesen debidas a malentendidos o simplemente una racha que debía pasar en una relación de tantos años.

Ibrahim se alegró, sentía que aquella noche era especial.

Además, pudo percibir en Solimán un brillo en sus ojos en su relajada faz, como si recordase con nostalgia esos tiempos en los que más unidos estaban.

Tal vez la última campaña en la que volvieron avanzar juntos como hermanos de armas y la consiguiente anexión de Bagdad al imperio, hubiese ayudado a limar asperezas.

—Me has servido bien — dijo Solimán con una voz cándida —. Una vez más, ahora contra nuestros enemigos del sur. Los hombres te aclaman, te quieren…

—Mi sultán… vivo para serviros, queda mucho por hacer: Barbarroja ha sido derrotado y estaré dispuesto para la contraofensiva si así lo deseas. Solo tienes que dar la orden.

—Ibrahim… Ibrahim, quiero que esta noche seamos simplemente dos amigos, no súbdito y sultán — respondió Solimán con una emoción contenida —, quiero que volvamos a ser esos dos hombres que antaño fuimos. Dos amigos.

—Es el orden del mundo, volver a ser esos dos jóvenes sería como tratar de borrar las estrellas del cielo — respondió Ibrahim.

Solimán no respondió enseguida, alzó su taza de té caliente y la sopló, dio un pequeño sorbo y la volvió a dejar: Ibrahim percibió con el tintineo de la cerámica, el pulso del sultán no era firme: alguna cuestión perturbaba su paz. —Va todo bien Gran Sultán ¿Algo te preocupa?

—Sí… sí… todo está bien, es solo que… solo que no sé si he sido del todo justo contigo mi viejo amigo.

—Gran Sultán, siempre me habéis honrado, no penséis que…

Solimán alzó la mano para continuar hablando:

—Ibrahim, jamás podré agradecerte todo lo que has hecho por mí, todas las guerras que has ganado en mi nombre… eso lo saben todos. Además, has sido el mentor de mi hijo Mustafá: todo lo que sabe mi primogénito es por ti y sé bien que él siente verdadera devoción hacia ti.

—Gra… gracias por tus palabras generosas Gran Sultán. Para mí es un honor serviros y un placer haber compartido tantos momentos con Mustafá. Sé que algún día, el joven príncipe y el sultán se reencontrarán y se abrazarán como el padre y el hijo que son. Han sido unos años compulsos, pero…

El sultán se levantó interrumpiendo una vez más al Gran Visir y este le emuló.

Solimán se acercó a Ibrahim y lo abrazó con fuerza, como si no quisiera separarse de él, aferrarlo a su lado por siempre.

El gesto dejó aún más perplejo a Ibrahim, sin duda algo perturbaba a Solimán, pero ¿Cómo podría servir a su sultán una vez más?

—Es tarde ya — dijo Solimán mientras aún abrazaba al Gran Visir —. Gracias por esta noche, mi viejo amigo. Nunca la olvidaré.

—Si algo te perturba Gran Sultán, hazme llamar, da igual la hora y el momento. Ya lo sabes, vivo para servirte.

Solimán sonrió tibiamente y se retiró, no sin antes mirar una vez más a su viejo amigo, junto al que prácticamente se había hecho hombre.

Parecía querer retener en su iris toda su esencia, sus facciones, su espíritu y su lealtad.

En el fondo de su corazón sabía que le debía las fronteras que se habían extendido a limes insospechadas al inicio de su reinado.

Todos, el pueblo y los nobles sabían que el esplendor de su imperio se debía a la intervención de Ibrahim.

Muchos inclusos se habían atrevido a llamarle Gran Sultán de Bagdad.

Ibrahim llegó a sus aposentos de palacio mientras aún le estaba dando vueltas a la actitud del sultán, extrañamente melancólico.

Al entrar a la habitación se percató de que la estancia estaba oscura y fría por la corriente de aire que levantaba las cortinas que se colaba en la ventana entreabierta.

No había una sola vela prendida, solo encontró oscuridad y los rayos de luna que repelían las tinieblas, arrinconándolas aún más en la oscuridad.

Silencio, demasiado silencio en su estancia que además se le hacía extraña.

Sus pelos se erizaron como cada vez que se aventuraba a una batalla, su corazón se aceleró sin razón, sentía el peligro ahí, en el mismo palacio del Gran Sultán, como cada vez que rompía las líneas enemigas, era aquel instinto que en incontables ocasiones le había salvado la vida.

Pero ahí estaba sin su ejército, sin los hombres que le daban aliento, sin su coraza y sin sus armas.

Algo no estaba bien. Volvió con tiento sobre sus pasos para buscar a un eunuco que acomodara su estancia o tal vez a uno de sus acólitos que en los últimos días le había llamado Gran Sultán, un título que no le pertenecía y que creía molestaría a Solimán, pero, todo lo contrario, el Gran Sultán le brindó aquella noche con una cena especial e íntima.

Y cayó en la cuenta: especial… como una despedida…

y fue en ese momento cuando el Gran Visir, Ibrahin Pasha, el mejor general del imperio y mentor del primogénito del Gran Sultán vio el peligro que corría.

Antes de que pudiera reaccionar y digerir sus propios pensamientos, cuatro figuras emergieron de las sombras apresando a Ibrahim.

Hubiese sido necesaria alguna más para inmovilizarlo si no fuese por la soga que en pocos segundos atenazó el cuello del Gran Visir.

Ibrahim primero golpeó al aire y después llevó sus manos a la soga para tratar de liberarse o al menos liberar su garganta para pedir auxilio.

Pero el aire se quedó apresado sin poder liberar su último grito de batalla, su última orden, su última palabra.

Luchaba con todas sus fuerzas, pero las energías le abandonaban, sus golpes eran cada vez más cansados.

Tras caer en el suelo trató de arrastrarse hasta la puerta, pero las sombras que le habían apresado eran cada vez más pesadas.

Se volvió a levantar con sus últimas fuerzas.

Después de tensar todo su cuerpo, sus músculos empezaron a relajarse poco a poco hasta que la oscuridad cubrió todos sus sentidos.

Cayó por su propio peso y la soga liberó su cuerpo inerte para que yaciera por siempre.

Solo la luna fue testigo de su muerte. En sus aposentos, el Gran Sultán permanecía sentado a los pies de su cama.

Roxelana a su espalda y con las manos sobre su pecho trataba de calmar el dolor que Solimán sentía.

No, no había remedio, ni bálsamo, ni caricia que calmaran el dolor de un corazón quebrado.

Pero tal y como le decía la Haseki , era lo que se debía hacer, y él lo entendió.

En su última cena con Ibrahim no hubo mentiras por su parte, el Gran Visir le había servido como ningún otro.

Había traído gloria y grandeza a su reinado, tanta que algunos se atrevieron a llamarle sultán.

Sería capaz de eclipsar a la sombra de Alá en el mundo y quien sabe, de unirse a su hijo contra él.

Cuando llamaron a las puertas el Sultán acudió a paso ligero para recibir de primera mano la noticia. El eunuco que había acudido a los aposentos de Solimán se limitó a asentir. Solimán no tardó en descifrar el desenlace del problema que le atormentaba.

—¿Ha sufrido?

—No, mi sultán.

Solimán cerró las puertas, quería estar solo.

Ni siquiera huir del mundo junto a Roxelana le serviría para disipar el ardiente dolor que se apoderaba de todo su ser.

Incluso una sensación extraña le sobrevino cuando sintió la primera lágrima que no sentía en décadas, deslizándose por su mejilla.

Lloraba al amigo, a su fiel siervo, tan grande que convirtió sus gestas en leyendas.

Ibrahim vivió por servirle y murió por servirle demasiado.