Carlos V. Trilogía Completa 49. Una unión maldita
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49. Una unión maldita

Una unión maldita

Hacía tiempo que Enrique Tudor le había retirado el título de reina de Inglaterra a su primera esposa Catalina.

Para todos era la princesa viuda de Gales.

De hecho, todos sus súbditos tenían la prohibición de dirigirse a ella como una reina.

Pero tras su muerte, y el día de su entierro, todos la despidieron como tal.

En la catedral, el negro teñía las ropas del millar de almas que habían acudido al santo oficio, resguardadas bajo el techo del edificio del diluvio que las nubes negras, en un llanto, desprendían sobre la tierra.

Incluso los miles de nervios de las bóvedas que surcaban los muros interiores del templo parecían estremecerse más a la luz de las velas que iluminaban las tinieblas.

Rodeado de un millar de hachas, el cuerpo de Catalina había sido embalsamado y envuelto en un sudario de lino. San Jorge, protector de Inglaterra, velaba por ella plasmado en los estándares que vestían la piedra desnuda de la catedral.

Todos la lloraban en el interior del edificio, como toda Inglaterra lo hacía, lejos de los ojos instigadores de su rey.

Palacio de Placentia (Grenwitch)

Mientras que Catalina era sepultada bajo el suelo de la catedral, Enrique VIIi permanecía solo, pensativo, caminando de un lugar al otro del salón.

Si Inglaterra vestía de negro aquel día, el rey Enrique conservaba sus vistosas ropas tal y como también había ordenado a sus cortesanos que se vistieran: no quería que la tristeza empañara su lugar de descanso.

Pero aquella mañana el rey Tudor estaba inquieto, la preocupación había marcado su ceño, no era porque Inglaterra llorase a su primera mujer, de hecho, había dedicado una dote especial para la celebración del funeral, sabiendo de la popularidad de la que aún gozaba su primera esposa entre el pueblo.

Otra cuestión le atormentaba al tiempo que Catalina se adentraba en su último lecho.

Los pasos de su consejero y primer ministro, Thomas Cromwell, hicieron que las preocupaciones se plegaran aún más sobre el rostro del rey. —Majestad — empezó a decir Cromwell tragando saliva —. La… la reina Ana.

—¿Qué ha pasado?

Enrique Tudor no necesitó que su consejero y ministro le diera ninguna respuesta, ya la había encontrado en sus movimientos erráticos, en sus músculos faciales tensos y en el titubeo en sus palabras.

Ana Bolena llevaba unos cuatro meses embarazada.

Ana ya le había obsequiado tres años atrás con una niña, Isabel, de unos cabellos tan rojos como la pasión que sentía por ella.

Un fuego que se iba apagando porque su ansiado heredero, el que Ana le había prometido, no llegaba

Aquella mañana había amanecido con un dolor agudo y sintiendo un líquido caliente y pegajoso que se extendía desde su bajo vientre hasta sus rodillas.

Cuando la reina Ana buscó entre las sábanas blancas las encontró teñidas de un rojo intenso, también su propio camisón estaba manchado con su propia sangre.

—¿Qué ha sido?

—El pequeño feto era un barón, majestad — respondió Thomas Cromwell negando con la cabeza.

Ana Bolena, en su cama esperaba el consuelo, pero no lo iba a recibir aquel día.

Permanecería sola con sus ropas aún empapadas con la sangre del aborto, como un preso esperando su condena.

El rey se negaba a verla. Permanecía de pie frente a Cromwell quién esperaba órdenes o que el rey le diera permiso para retirarse.

—El mismo día en el que entierran a Catalina, Ana pierde al ansiado varón que debe sucederme — reflexionó en voz alta Enrique Tudor —. Es como si este matrimonio ya estuviese maldito.