48. Con honor y honra
Con honor y honra
La despedida había sido amarga. Carlos había dejado a sus hijos, Felipe y María en Madrid junto a Isabel y de nuevo la emperatriz estaba embarazada dispuesta a luchar en la guerra de las reinas.
En la despedida, había resentimiento por parte de ella y el adiós fue frío, pero los problemas del imperio no podían esperar: había un nuevo Papa, Alejandro Farnesio que había adoptado el nombre de Paulo III, el emperador quería saber de primera mano cuales eran las intenciones del nuevo pontífice, aunque ya le había advertido a Carlos, a través de la correspondencia que mantendría la neutralidad entre él y Francisco de Valois en los asuntos que concernían a Italia.
Además, la amenaza de Solimán y su almirante Barbarroja, seguía latente y haciendo estragos en el Mediterráneo.
Sí, el imperio necesitaba a su emperador.
Nunca los ojos de los marineros en el puerto de Barcelona habían visto un espectáculo de tal magnitud. Miles de naves con tan diversas banderas en sus mástiles habían venido de todos los rincones del imperio al ser llamadas por el emperador. Iban a marchar a la guerra. El objetivo era Túnez.
En la cubierta de la Galera Real, Carlos era ajeno al murmullo de soldados y nobles que aguardaban en el puerto.
Estaba siguiendo a Andrea Doria al interior de su camarote.
Cuando entró en la estancia, encontró a Antonio de Leyva y el marqués de Vasto, de pie, alrededor de una mesa donde permanecía desplegado un mapa de la cuenca mediterránea.
Al ver entrar al emperador los dos hombres hicieron una acentuada reverencia.
—No… no — Carlos ayudó a incorporarse a los dos militares de prestigio —. Soy yo quien debería inclinarse ante vosotros, vosotros sois los que habéis ganado mis guerras.
—Con gusto las luchamos — respondió Leyva.
Carlos asintió satisfecho, mostrando su orgullo por contar con esos valerosos hombres.
—Como ya sabréis el año pasado mandé una ordenanza al virrey de Nápoles: en ellas dejé clara mi intención de contar con guarniciones permanentes en Italia; un tercio del ejército en la Lombardía, otro tercio en Sicilia y el otro tercio en Nápoles.
Lo único que quiero saber es si podrán seguir demostrando el valor y el coraje que han demostrado hasta ahora.
— Carlos miró a Leyva con unos ojos que casi imploraban perdón —.
Soy humano y sé reconocer mis errores y aún hoy en día me preguntó cómo conseguisteis resistir en Pavía, con los estómagos y los bolsillos vacíos.
Y no solo eso, le hicisteis frente a una de las caballerías más poderosas del mundo ¿Cómo lo hicisteis?
—Con espadas, arcabuces y picas. Por el honor y la honra, majestad.
—¿Por la honra y el honor? — Carlos se perdió en divagaciones internas —Supongo que quién lucha por honra y por honor no va a la guerra en levas forzosas.
Si queremos que los soldados de esas guarniciones luchen por honra y por honor, deben estar ahí de manera voluntaria, desde el más alto noble al más mísero campesino…
por honra y honor ¿Y ganasteis esa batalla solo con la infantería?
—Así es — certificó Leyva.
Carlos miró al marqués de Vasto que seguía con sus ojos los pasos de Carlos mientras divagaba. —Don Alfonso de Dávalos, marqués de Vasto, otro valeroso hombre, tengo que pedir una vez más que acudáis a mi llamada.
—Siempre a vuestro servicio, emperador — dijo el marqués de Vasto.
—Con más de dos centenares de naves y 20.
000 hombres nos dirigiremos a Cerdeña y de ahí a Túnez.
El almirante Doria comandará en el mar y tú lo harás en tierra.
— Carlos se dirigió esta vez a Andrea Doria —.
Almirante, como bien habéis escuchado a Antonio Leyva, se puede ganar una guerra en tierra sin caballería, por lo tanto, prescindiremos se ella, así vuestras naves serán más ligeras frente al enemigo.
El tiempo apremia y debemos ser rápidos y actuar con todas nuestras fuerzas.
Sé que la herejía se ha apoderado de Inglaterra, que ese rey ha apartado a mí tía Catalina ha privado de sus derechos a su hija María y ha tenido una nueva niña con Ana Bolena, pero no podemos acometer dos empresas de tal magnitud al mismo tiempo.
—Lo entiendo, majestad — dijo Doria —, para mí será un placer ajustar cuentas con ese pirata.
Extramuros de Puerto de la Goleta. 2 meses después.
Primero hizo acopio de provisiones en 36 Mahón y después se reunió en Cerdeña con el resto de sus aliados.
El emperador estaba dispuesto a acabar de una vez por todas con Barbarroja.
Muchos grandes de España, como el Duque del alba le acompañaban y otros tantos señores del resto del imperio; también hombres voluntariosos de diferente cuna y procedencia quienes se habían deleitado con las gestas realizadas por aquellos viejos tercios de Italia, se querían unir a ellos, dispuestos a mostrar su valía en las nuevas guarniciones.
Todo estaba a su favor, pero Barbarroja ya estaba advertido de la ofensiva imperial que como una tempestad se acercaba.
Carlos no torció el gesto, aquel era un desafío más para poner a prueba su valía junto a sus hombres.
El emperador era uno más entre los soldados dispuesto a situarse a primera línea sujetando una lanza a pesar de que el marqués de Vasto lo desaconsejara.
Bajo el fuego de los cañones y superando las escaramuzas no tardaron en llegar a la ciudad.
Y así Carlos, con sus propios ojos pudo ver las penurias y el valor de su infantería que orgullosos se arrojaban a la muerte solo por el hecho de luchar y compartir campamento junto a su emperador.
Con honor y honra y gracias al aliento de los presos en el interior de la ciudad, fue tomada Túnez y así entraba triunfante Carlos en la ciudad.
Mientras los hombres iban en un ir y venir por las calles.
Fue una gran gesta que muchos recordarían, pero no fue difícil, los invasores no tardaron en retirarse.
Carlos se encaminaba hacia el arsenal de la ciudad, escoltado por una gran guardia y junto al marques de Vasto que en las últimas semanas había permanecido a su lado.
Muchos de los que habían permanecido cautivos con sus vidas amenazadas por el acero de Barbarroja salieron a recibirle como un liberador en las calles aún heridas por el daño de las escaramuzas producidas en las jornadas anteriores.
—Lo hemos conseguido — dijo Carlos con entusiasmo.
—Pero Barbarroja ha huido. —Como un cobarde — señaló Carlos —. Alguien que huye es porque teme su vida y con ello demostramos que no es inmortal, ni tampoco invencible.
El marqués de Vasto cogió aire para reunir el valor de decir sus siguientes palabras:
—Debo decirlo emperador.
—¿Decir el que?
—Os habéis expuesto demasiado. Habéis corrido riesgos innecesarios.
—Y no te has cansado de repetírmelo una y otra vez — dijo el emperador desenfadado.
—No puedo dirigir a los hombres en la batalla y velar por vuestra seguridad al mismo tiempo.
—Pues no lo hagas — señaló Carlos —. Alejandro Magno luchó junto a sus falanges y Julio César hizo lo propio con sus legiones. Si se me presenta la oportunidad, haré lo mismo.
El marqués de Vasto no tuvo tiempo de replicar.
En el patio del arsenal, varios de sus hombres se presentaron ante él: cada uno de ellos portaban varias piezas de armadura.
Carlos las examinó de cerca, junto al marqués de Vasto, sobre todo la pechera y el yelmo.
—Puede que sea esta — señaló al marqués de Vasto —.
Los grabados en ella son tal y como las describió.
—Solo hay una manera de averiguarlo — respondió el emperador —. Sin duda es un regalo de Dios que nos bendice por esta victoria.
El joven duque de Alba estaba dando las últimas instrucciones a los hombres bajo su mando que se encontraban haciendo acopio de provisiones en las calles.
A sus poco más de veinticinco años, mostraba la seguridad de un general que hubiese pasado su vida en el fango, cuando de pronto los hombres de detuvieron en sus quehaceres.
Al principio el joven duque no lo entendió hasta que se volvió y vio que Carlos había irrumpido junto al marqués de Vasto y un séquito de hombres que portaban las piezas de una armadura de bronce.
El joven duque de Alba se quedó ahí de pie, tratando de asimilar lo que estaban viendo. Entreabrió la boca y sus ojos se humedecieron cuando los soldados colocaron la armadura casí completa a sus pies.
—¿Es…? —Lo es — afirmó el emperador —. Has mostrado un gran valor en esta campaña mi apreciado Duque de Alba. Dios ha recompensado tu lucha por la fe.
El joven duque se arrodilló frente a la armadura y recogió el yelmo, se lo aproximó hasta tocarlo con su frente. Musitó unas palabras inaudibles para el resto de los hombres.
—Mi abuelo siempre me dijo que yo eran tan terco y temerario como mi madre.
Por eso me dijo que acabaría aquí, siguiendo sus pasos.
Mi abuelo rezaba para que no tuviera el mismo destino ya que estaba convencido de que seguiría sus pasos.
— El duque se volvió a Carlos con los ojos empapados en lágrimas, pero con una gran sonrisa plasmada en su boca —. Sus pasos me han llevado a él.
—Ahora es tuya — dijo Carlos.
El Duque de Alba agachó más la cabeza como si hasta ese momento no se hubiese dado cuenta de con quien estaba hablando.
De hecho, en las últimas semanas y al compartir campamento con Carlos, le trataba más como un general que como un emperador.
Engulló su emoción e hincó la rodilla. —Siento que me veáis así emperador.
Agradezco que me hagáis entrega de la armadura de mi padre.
Carlos ayudó al joven duque a volverse e incorporarse para dedicarle solo cuatro palabras más antes de dejarle solo con sus pensamientos.
—Con honor y honra.
Todos estaban dispuestos a dejar a solas al Duque de Alba en su duelo personal.
Cuando estaban dispuestos a marchar Francisco de los Cobos, el secretario del emperador irrumpió con su presencia.
Carlos desdibujó su sonrisa. Con el tiempo el emperador había adivinado con solo un vistazo de su semblante, si su secretario, principal portador de noticias, traía nuevas buenas o malas.
—Emperador, tengo una información que podría resultar.
Carlos se acercó a de los Cobos pidiéndole al marqués de Vasto con un sutil gesto de mano que le acompañara. El secretario los miró a los dos y suspiró
—Suéltalo ya, aunque sea malo. Ya sabes que no me gusta tanta incertidumbre.
—Emperador — dijo finalmente de los Cobos —.
Hemos encontrado unas cartas comprometedoras en una de las naves capturadas a Barbarroja.
Podemos confirmar que nuestros viejos enemigos han trabado amistad entre ellos.
Dichas cartas no solo llevan el sello real de los Valois, también órdenes de Solimán que implican directamente a Francisco de Francia.
Carlos torció el gesto. De no haber obtenido dicha información, tal vez hubiese seguido su conquista hacia Argel, la mismísima base de operaciones de Barbarroja. Pero con Solimán y Francisco confabulando contra él, todo había cambiado.
—Se avecina otra guerra — le confesó al marqués de Vasto.
Debía volver a Italia.
Notas
36. ↩ Ciudad de la isla de Menorca en Baleares