47. El almirante del sultán
El almirante del sultán
Liberaba a los musulmanes hechos como esclavos en las galeras y les brindaba la oportunidad de matar a sus captores; tomaba nuevos esclavos cristianos y cuando no podía alimentar mas bocas, les rebanaba el cuello; las mujeres y sobretodo las más bellas jóvenes eran las que peor suerte corrían, ellas eran el objeto de satisfacción de la tripulación, pasando por las manos y las sucias bocas de los hombres de Barbarroja.
Precisamente de esos perversos juegos Hassan no quería formar parte, él estaba ahí por fortuna, gloria y fidelidad, dispuesto a darle una muerte rápida a aquel que osara hacerle frente.
Desde la medina situada sobre una colina, Hizir, con sus manos, su rostro y su barba rojiza cubiertos de sangre, contemplaba el espectáculo de violencia que se sucedía en toda esa ciudad deslucida por la muerte y los incendios.
Desde su llegada al alba hasta que el sol bañaba con su luz el atardecer se afanaron a transformar el día hasta plantar el estandarte rojo de la medialuna blanca.
—El gobernador Mulei ha escapado —. Hassan irrumpió quebrando la soledad del momento.
—Ese cobarde que rendía pleitesía y subordinado al rey cristiano de España no me importa ¿Ha habido prisioneros?
—Muchos han huido de la ciudad, pero hemos capturado a casi un millar de hombres, otras tantas mujeres y niños.
—Dadles la libertad a los que sean musulmanes; a algunos hombres cristianos descabezadlos para dar ejemplo; con sus mujeres haced lo que os plazca; a sus hijas las tomaremos como esclavas y a sus hijos nos los llevaremos a Estambul, los que sobrevivan al cabo de los años, tendrán el honor de servir al sultán en la guardia jenízara y podrán redimirse de su anterior vida volviendo aquí para matar a sus hermanos y padres cristianos.
Barbarroja soltó una risotada al caer en la cuenta de sus propias palabras sobre lo particularmente cruel que podía ser el destino de aquellos niños y por primera vez, Hassan, se vio reflejado en ellos.
Real Alcázar de Madrid. Unos días después.
La emperatriz Isabel observaba como los niños jugaban en los jardines de palacio, donde tras sus muros se podía contemplar en todo su esplendor la sierra de Guadarrama: Felipe podía resultar frío y distante con su mirada gélida, pero en el juego, se divertía como un niño más.
Isabel trataba de ser feliz, aún se encontraba algo debilitada por el último parto, donde el niño nació muerto, pero al menos tenia a Carlos y ella, como cualquier otra reina, no cejaría en su deber de traer más herederos al mundo para su rey.
Precisamente Carlos acudía a su encuentro a través del corredor descubierto que comunicaba el patio con el palacio.
Avanzaba nervioso, algo agitado y con mirada cansada.
La emperatriz supo adivinar que su esposo traía noticias, se volvió a él y esperó a que él fuera quien tuviese la primera palabra.
—Han llegado noticias desde Italia, el Papa Medici ha muerto, el cónclave se celebrará en breve.
—¿Algún favorito para postularse como nuevo pontífice? — preguntó Isabel mostrando todo su interés.
—En los dos últimos cónclaves Alejandro Farnesio estuvo a punto de ser elegido. Si tuviera que apostar, apostaría por él. No sé… no sé si respetará las alianzas que hemos establecido entre el imperio y la Santa Sede.
Isabel escrutó en el semblante de Carlos: algo le preocupaba, había un peso del que quería desprenderse y no sabía cómo.
—Hay algo más… dímelo y no te lo guardes para más adelante.
Carlos miró a los ojos a Isabel, sabía que no podría ocultarle por mucho tiempo la verdad.
—He recibido una carta de mi vasallo, el gobernador Mulei de Túnez. — Carlos clavó sus ojos en los de la emperatriz antes de revelarle sus intenciones —. Barbarroja no solo ha hecho estragos por puertos italianos. También ha tomado Túnez. Tengo que hacer algo.
Felipe se acercó a su padre en busca de atención, el emperador posó su mano sobre su pequeña cabeza ante la mirada de Isabel. El niño quería jugar con su padre, pero el emperador tenía que velar por su imperio.
—Tienes muchos y valiosos hombres bajo tu mando — dijo la emperatriz hablando con la voz que su pecho solía contener —.
Otros lucharán contra ese pirata por ti, tú solo dilo y obedecerán tu mandato.
Aquí te necesita tu propio hijo, el príncipe no tendrá mejor maestro que el rey, su padre… yo te necesito.
—Cuando pienso en cómo le ganamos la guerra a Francisco, me vienen a la mente todos esos hombres que lucharon en mi nombre.
En muchas ocasiones combatieron con los estómagos vacíos y sin saber cuándo recibirían sus pagas atrasadas.
— Carlos encaró a Isabel y tomó sus manos como si rogara su consentimiento —.
Esos hombres que volverán a luchar en mi nombre deben saber que su emperador está con ellos.
Isabel bajó su mirada y retiró sus manos, parecía que las palabras de Carlos la habían derrotado, dio un paso atrás y se volvió para unirse con sus hijos en un último acto de resistencia que resultaba en vano, pues entre su familia y estar al frente del imperio, Carlos ya había elegido.
Carlos se marcharía de nuevo sin saber si regresaría.
Notas
32. ↩ Palabra que significa padre en árabe.
33. ↩ Denominación de la basílica reconvertida en mezquita por los turcos. Conocida en el mundo occidental como Santa Sofía.
34. ↩ Población al suroeste de la Península Itálica.
35. ↩ Poblaciones situadas al oeste de la Península Itálica