Carlos V. Trilogía Completa 46. La oportunidad ante sus ojos
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46. La oportunidad ante sus ojos

La oportunidad ante sus ojos

En la Place Neuve , no quedaba hueco alguno entre todos los cortesanos que cubrían la explanada que se abría al mar azul.

En primera línea se encontraba la familia real francesa al completo, dispuesta para recibir a un nuevo miembro: Francisco se mostraba con su inquebrantable orgullo, junto al mayor de sus hijos y su segundo hijo Enrique que a sus catorce años se mostraba nervioso ante el acontecimiento que le aguardaba, ni más ni menos que su propia boda; en un segundo plano las mujeres de la familia , la reina Leonor que seguía como una extraña en la corte y las niñas princesas Margarita y Magdalena y el Benjamín Carlos.

Los cañones sonaron y los músicos tocaron al tiempo que una carroza de tercio pelo negro, como los ropajes de los pajes que la seguían.

Una muy joven mujer que cubría su cabello con un tocado carmesí seguía el séquito; lo hacía montada sobre una yegua blanca con arneses de brocado de oro.

Francisco observaba como si con su mirada pudiera partir la línea del horizonte, más allá de la silla gestatoria donde se sentaba el Papa y era portada por su guardia.

En ese momento, Francisco se percató del nerviosismo de Enrique. —¿Ocurre algo?

—No conozco a la que será mi esposa, padre ¿Qué pasa si no me agrada?

—Tus gustos no son de mi interés. Eres Príncipe de Orleans, hijo. Puedes poseer a la mujer que desees. Pero debes desposarte con la Medici.

—Una mujer de su posición… no es digna del hijo de un rey — respondió Enrique compungido al darse cuenta de que acababa d desafiar a su padre.

Francisco apretó el hombro de su hijo: lo justo para no hacerle daño, pero lo suficiente para hacer sentir su fuerza.

—Además del generoso aporte económico por parte del Santo Padre, más importante es Génova, Milán y Nápoles ¿Acaso no es esa dote suficiente para el hijo de un rey?

Entre los aplausos de los subidos del rey de Francia y de su propia corte, Catalina desmontó frente a la familia real, su tío, el Papa Clemente ya lo había hecho. habiéndose situado junto a Francisco.

—Permitidme daros las condolencias en persona por la muerte de vuestra madre Francisco sintió aquel vacío que había dejado la partida de su madre, su mejor consejera y a la que tanto había llorado.

Partió del mundo en silencio, con discreción, como los pasos que precedían su presencia.

El rey no quiso mostrar debilidad, lo único que soltó fue un leve gruñido y desviar el tema de la conversación:

—¿Está ya todo dispuesto para la ceremonia? — quiso saber el rey.

—Yo mismo realizaré el oficio — informó el Papa.

La primera en recibir a Catalina fue el propio rey quien extrañamente afectuoso le brindó un fuerte abrazo.

Después lo hizo la reina, Leonor, quien tal vez por empatía, miró a la joven con lástima —pudiera ser que tras la celebración Catalina se sintiera tan extranjera en la corte como ella — el delfín se Francia, el hermano un año mayor que su prometido la miraba con una sonrisa burlona, al tiempo que Enrique escrutaba con una mueca de desagrado, todos los rasgos de su futura esposa.

Mientras que Catalina se mostraba entusiasmada al ver a su prometido por primera vez, Enrique tragó saliva y volvió su vista atrás, donde se encontraba la bella Diana de Poitiers, tan hermosa como la primera vez que la vio, no había ni punto de comparación entre Diana y su prometida.

El delfín de Francia no pudo contener la risa y sin apartar los ojos de su futura cuñada, susurró unas palabras a su hermano menor que hicieron que este reaccionará molesto.

Catalina lo supo en seguida, se estaban burlando de ella, de su matrimonio.

Su tío la había colocado en aquella nueva corte, con catorce años, sola contra el mundo, en un reino que le era desconocido ¿Qué sería de ella?

¿Sería suficiente con ser una mal Medici, la familia que había desafiado a príncipes y reyes por igual?

Pasaron los meses. Catalina de Medici no encontraba en su joven esposo el amor que ella le procesaba, solo le quedaba mendigar por su cariño.

Estaba rodeada de una familia real cada vez más distante.

Entre las sombras paseaba y escuchaba y entre todas las conversaciones que escuchaba tras las paredes y a través de la poderosa voz del rey de Francia, le llegó una funesta noticia que le hubiese gustado recibir de primera mano:

—¡El Papa ha muerto! ¡Mierda! ¡El Papa ha muerto! ¡Qué hago yo con esa maldita niña Medici si el nuevo Papa se niega a pagar su dote! ¡Qué hago yo!

Más tarde la niña Medici se enteraría de la causa de la muerte de su tío, al parecer se produjo al ingerir unas setas venenosas, pero en ese momento entre sollozos y en soledad se dio cuenta de lo poco que valía una vida , incluso la suya propia y como la muerte podía cambiar las circunstancias para bien y para mal.

No había tiempo para sollozos ni lamentaciones.

Se dirigió al escritorio bañó la pluma en la tinta para escribir unas palabras que irían dirigidas a Alejandro de Medici, el joven duque de Florencia.