45. Los triunfos más amargos
Los triunfos más amargos
En la sala de su trono, Solimán se mostraba impresionado por los presentes que, de nuevo, HIzir, al que los cristianos llamaban Barbarroja, le estaba obsequiando.
El pirata reía orgulloso mostrando sus dientes de oro bajo su espesa barba rojiza, mientras Hassan mantenía la compostura, tal vez intimidado por estar ante la presencia del Gran Sultán, la sombra de Alá en el mundo.
Los hombres de Barbarroja traían los presentes a los pies del sultán: cofres y más cofres con todo tipo de orfebrería y monedas acuñadas en diferentes reinos; los mejores paños y las mejores sedas; y en el exterior del palacio animales exóticos de todos los rincones del mundo conocido.
—Eres mi más leal y apreciado servidor — dijo Solimán
—Aún hay más, Gran Sultán. — Barbarroja dio dos palmadas que resonaron hasta el techo del gran salón.
Las grandes puertas se abrieron. Esta vez el salón se llenó de los sollozos de las ofrendas.
Casi doscientas mujeres, de diferente procedencia por la pigmentación de sus pieles y sus ropajes, fueron presentadas ante el Gran Sultán arrastradas por los hombres de Barbarroja: algunas se resistían y luchaban en vano mientras eran llevadas maniatadas y en volandas; mientras otras con la mirada compungida aceptaban su destino sin remedio.
Incluso alguna joven madre con su hija que aún era niña se abrazaba mientras los hombres reían.
—Son vuestras para lo que os plazca. No han sido mancilladas y muchas de ellas seguro que están por desflorar. — Barbarroja posó su mano sobre una niña que seguramente no había cumplido los nueve años y que miraba al Gran Sultán con temor —. Para vuestro servicio o para nutrir vuestro harén.
Solimán se levantó de su trono, se acercó lentamente a Barbarroja, ignorando los presentes y a las mujeres y posó sus manos sobre sus anchos hombros.
—Eres uno de mis más leales súbditos, siempre agasajándome con presentes… regalos que no obstante me sobran: tengo tesoros y me basta una sola mujer para sentirme reconfortado.
Barbarroja torció el gesto extrañado e hincó la rodilla ante Solimán. —Siento… siento la deshonra, Gran Sultán… no… no sé qué puedo hacer para compensaros.
—Lo que quiero ya lo tienes. — Solimán le dio la espalda a HIzir y Hassan y de nuevo se paseó entre las mujeres posando sus manos sobre alguna mejillas o barbilla de las que aún lloraban para consolarlas —.
Hay algo que el rey de España tiene y yo no.
Un almirante que lucha sus batallas en el mar por él. Ya sabes a quién me refiero ¿Verdad?
—Andrea Doria — respondió Brarbarroja con un bufido —. Tuve un breve encuentro con él y se marchó por donde vino. No me pudo dar alcance, pero estaré preparado para nuestro próximo enfrentamiento.
—Sí… sí, se escapó de tus cañones — matizó el Gran Sultán —.
No… no es una reprimenda, no te confundas.
No dudo que hubieses acabado con él si hubieses dispuesto de una mejor flota.
Se avecina una gran campaña y… quiero contar con los mejores hombres de mi gran imperio.
Si el rey de España tiene a ese genovés, yo te quiero a ti dirigiendo a mi armada.
Barbarroja miró a Hassan y después volvió a dirigir sus ojos al sultán para enseguida bajar la mirada y llevarse la mano al pecho. Sabía bien que no se podía negar ante la petición del sultán.
—Será un honor servir al Gran Sultán.
—Elegid ahora a las mujeres que queráis tú y tus hombres — dijo el Sultán dándole la espalda a todos con impaciencia como s8e manera abrupta quisiera poner fin a esa audiencia —. Son vuestras, marchaos y disfrutad de mi regalo. Nos veremos pronto para poner en marcha nuestros planes.
El sultán se marchó sin decir nada más. Atrás dejó a su nuevo almirante con sus hombres riendo mientras las desgraciadas mujeres señaladas por los gruesos y sucios dedos de los piratas lloraban, conscientes del destino agónico que les esperaba.
Sin duda haber permanecido en el harén, bajo la protección de Solimán hubiese sido un destino mejor, pero bajo la custodia de esos hombres sin escrúpulos ¿qué sería de ellas?
Solimán solo precisaba de la compañía de una sola mujer, su favorita, Roxelana.
Acudió a sus aposentos para encontrarla de nuevo, escapar del mundo y sumergirse en sus manos cálidas y placenteras como un baño de agua tibia que le quitara el cansancio de todo un día.
Estaba dispuesto a que en las siguientes horas solo existiesen ellos dos, nadie más.
Su imperio quedaba reducido a cuatro paredes y su tierra a la fina seda que cubría su cama.
Su carne rosada, el único sustento y alimento que necesitaba.
Roxelana aguardaba en la cama, tratando de calmar el llanto de su pequeño hijo de poco más de dos años Cihangir: el de éste había sido un parto difícil, largo y doloroso.
Solimán puso a disposición de su esposa a sus mejores médicos, quienes hicieron su mejor trabajo, sabiendo que si algo malo le sucedía a Roxelana sus cuellos serían rebanados.
El niño había nacido con una pequeña malformación en la espalda que fue acrecentándose con el tiempo hasta formar una pequeña joroba.
Tal vez por su fragilidad, Solimán le guardaba un especial cariño y así lo demostraba cada vez que lo veía, acunándolo en sus brazos y siendo el único que conseguía calmarlo.
—He escuchado que te han traído mujeres — dijo Roxelana arqueando la ceja.
—Que rápido corren las noticias — respondió el sultán —. Tal vez haya por ahí algún insensato eunuco que además de la virilidad quiere que le corten la lengua. Roxelana sonrió, pero se contuvo pues en ciertas ocasiones no sabía cuándo hablaba en serio Solimán.
Los últimos rayos de sol asomaban por la ventana para iluminar aquella estampa familiar donde los padres contemplaban al pequeño Cihangir dormir plácidamente. Una vez más Solimán había calmado al niño.
—Crecerá sano y fuerte como todos sus hermanos — se prometió el Sultán.
—Tiene tres hermanos y una hermana y temo por cada uno de ellos — dijo Roxelana apartando la mirada.
Solimán sujetó el mentón de su amada con delicadeza y la miró directamente a los ojos.
—¿A qué viene ese temor? — preguntó.
—Tengo mucho miedo… después de lo que me hizo Mahidevran… temo su regreso y se que un día, más tarde o más temprano, volverá junto a su hijo Mustafá.
—Su hijo también es hijo mío y posiblemente me sucederá como sultán cuando ya no esté — reflexionó Solimán.
—¡Por eso debes centrarte en preparar más a nuestro hijo Mehmed! — insistió Roxelana en una voz que sonó desesperada —. Ya tiene doce años, ha demostrado cualidades impropias de un niño de su edad.
—Ya lo hemos hablado — Solimán le retiró las manos a Roxelana —. El más capaz me sucederá, me da igual quien de ellos sea…. Está en manos de Alá.
—Dejar esta cuestión en manos de Alá es ponerle a prueba —.
Roxelana se levantó y se dirigió a la ventana para tomar de la cálida brisa de aquella noche de verano —.
Tiene dieciocho años, está en plena efervescencia 30 Sanjak eey de 31 Menisa, lejos de tu buen consejo, rodeado de aduladores y bajo la influencia de su vengativa madre…
Mustafá no sería el primer hijo que se levanta contra su padre, por eso debes preparar a Mehmed.
—¡Es suficiente! — Solimán se levantó, dejando sobre la cama al pequeño Cihangir. —. Amo a todos mis hijos por igual.
Roxelana se quitó la máscara de la tristeza y le brindó su radiante sonrisa.
Aquella que como el sol era capaz de derretir la nieve de la más alta cumbre en un instante y fundir la coraza del sultán.
La Haseki Hürrem tomó las manos de su esposo y lo condujo a la ventana.
Ahí le rodeó con sus brazos desde su espalda y besó su cuello con dulzura y pasión medidas.
Eso sí era lo que Solimán había ido a buscar: el calor de su favorita.
Pero de nuevo la calma se vio interrumpida.
—¡El Gran Visir es grande!
—¡Qué Alá esté contigo!
Solimán clavó sus ojos en el patio ajardinado, donde muchos hombres armados se habían reunido para despedir a Ibrahim Pasha quien, a lomos de un caballo blanco, se disponía a partir para hacer frente a los persas.
Lo despedían como un héroe y él se mostraba agradecido asintiendo solemnemente a todo aquel que había acudido a mostrar sus respetos.
—Se lo diste todo, y ahora mírale. Más que un visir parece un sultán, al menos actúa como tal — le susurró Roxelana a Solimán con palabra que entraban a través de sus oídos como el más mortífero veneno que de deslizaría por su garganta —.
Tu viejo amigo, al que le confiaste la enseñanza en las armas para tu hijo Mustafá, ha celebrado las más grandes victorias junto a ti, pero cuando volviste de Viena, con las manos vacías, todos te señalaban a ti… tu visir, no compartió tu fracaso.
Solimán e Ibrahim ya no eran esos viejos amigos, de hecho, el sultán, hacia tiempo que había dejado de sentir aquella admiración por su visir y el primero de sus generales en la guerra.
Por primera vez advirtió aquel puñal frío e invisible, penetrando en su ropa, atravesando su carne, rompiendo el hueso y que con su helado filo, rascaba su corazón.
Ibrahim era ese esclavo, que había llegado a ser visir gracias a él ¿Y así se lo pagaba? ¿Arrebatándole la gloria?
—Cuánto tardará en poner a tus súbditos en tu contra, por beneficiar a Mustafá o… quién sabe si a él mismo — continuó Roxrlana
Una presión en sus sienes le sobrevino, envolviendo sus ojos, cegando su raciocinio.
Necesitaba salir de aquella habitación, respirar aire puro y no aquella atmósfera viciada llena de malos pensamientos.
No dijo una palabra más, no se despidió ni siquiera de su Haseki : muy en el fondo Solimán sentía que sus palabras podrían ser falsas, un instrumento solo para provocarle.
Pero necesitaba estar solo. Cuando el sultán salió de la habitación, Roxelana no trató de detenerle, no había nada más que decir, había sembrado una semilla.
Esta vez sonrió para sí misma. Sabía que ahora, el velo de la traición cubría los ojos de su amado.
Todo lo que hacía era por un bien mayor, el porvenir de su amado sultán y el de sus hijos.
Notas
30. ↩ Título que en el Imperio Otomano equivale a fobwrnador.
31. ↩ Ciudad situada al suroeste de la península de Anatomía, a 400 kilómetros de Estambul