Carlos V. Trilogía Completa 44. El regreso
55%

44. El regreso

El regreso

El buen mar no acompañó en aquel viaje de regreso a España que debía haber durado seis días con sus seis noches desde su partida en el puerto de Génova.

Ni la galera real, ni Andrea Doria comandándola, pudieron evitar que el viaje se demorase una semana más de lo previsto.

Pero aquella mañana, cuando el emperador divisó la línea de costa bajo los tenues rayos de luz que partían el cielo gris con la espalda de un arcángel, respiró aliviado.

Los cañones avisaban de que Carlos arribaba a puerto.

El rey de las Españas regresaba cuatro años después de su partida, ese mismo tiempo había pasado desde la última vez en que la vio.

Ahí estaba, en el muelle, un paso más adelantado que todo el cortejo que la acompañaba y más bella de lo que podía recordar, su emperatriz.

Tan delicada, blanca, de una belleza frágil como los pétalos del primer clavel con la que la honró.

Isabel iluminaba aquel día con un radiante vestido blanco.

La acompañaban dos pequeñas figuras: su primogénito Felipe, con un jubón dorado con bordados negros y que en nada deslucía sus cabellos rubios y sus ojos claros; y la pequeña María, casi un año menor que el niño, siendo una versión en miniatura de la emperatriz.

Al emperador le sorprendió encontrarse a un príncipe de cuatro años, manteniendo la compostura con un rictus tan serio.

Al pisar tierra y entre el estruendo de los aplausos de los súbditos que habían acudido a recibirle, no tardó en encontrar los brazos cálidos de su amada. Se embriagó con su aroma, con su tacto, llevaba cuatro años anhelándola, guardando castidad y reservándose para aquel reencuentro.

El emperador hincó la rodilla ante la emperatriz y besó su mano.

—Pido que me perdonéis por la demora en mi regreso. — Carlos abrazó a la niña y al niño que aún veían a su padre como si fuera un extraño —. Ya estoy aquí.

—Vuestros reinos aquí os esperan majestad, no veo la hora para tratar todos estos temas en una audiencia privada —. Le susurró la reina al oído.

Se sucedieron días felices junto a la familia, que sirvieron para recuperar el tiempo perdido con los niños e Isabel.

Paseos al día junto a su emperatriz que precederían a las noches de pasión entre las sábanas.

con la luna como única lumbre, Carlos le regalaba a Isabel un clavel; paseaba sus pétalos en su piel desnuda, antes de entregarse al placer.

Y cada noche sentía lo afortunado que era por tenerla como esposa a ella.

El suyo era una excepción en un mundo de matrimonios marcados por las alianzas y los intereses.

Se veían singulares, sentían devoción el uno por el otro y charlaban tras calmar sus ansias, tumbados en la cama: Carlos le daba refugio entre sus brazos e Isabel acariciaba su torso.

—Has actuado bien en mi ausencia — murmuró Carlos.

—Pero no todos mis ruegos han sido escuchados — replicó Isabel —. Ese pirata… Barbarroja sigue asolando nuestras costas.

—Andrea Doria se encargará de él. Tuvieron un breve encuentro el pasado año, pero Doria le subestimó y se vio obligado a retirarse. Estoy seguro de que habrá aprendido bien la lección y que la próxima vez que se encuentren le habrá tomado la medida.

Isabel se incorporó dándole la espalda a Carlos. —Castilla y Aragón también te necesitan. Si hubieses estado aquí te habrías dado cuenta de la gravedad de mis palabras.

—Cada uno de los rincones de este imperio requiere de mi atención — protestó Carlos conteniendo el enfado por el reproche.

—Yo te necesito, tus hijos te necesitan — continuó Isabel ignorando las palabras de Carlos

Isabel respiró hondo, trató de tranquilizarse y se acostó esta vez de manera cenital y mirando de frente a su marido.

—Pelear después de tanto tiempo es un derroche de fuerzas que no nos podemos permitir.

—Me hubiese gustado llegar antes. — Carlos besó la frente de su esposa con dulzura —.

Los príncipes que se han visto seducidos por la herejía de Lutero se han organizado en una liga contra la verdadera fe en 29 Esmalcada y el turco sigue siendo una amenaza para todo el cristianismo; no sabemos cuándo volverá a atacar.

Además, antes de mi regreso a España, tuve que entrevistarme con el Papa de nuevo, entre otros asuntos traté de convencerle en que no anulase el matrimonio entre el rey Enrique de Inglaterra y mi tía Catalina, pero parece ser que el Tudor sigue adelante con sus pretensiones y ya le ha anunciado a sus súbditos que se casará con Ana Bolena.

En cuanto al Papa, por muy buenas que sean nuestras relaciones ahora con la Santa Sede, ese hombre sigue siendo un Medici con sus propios intereses políticos.

—El Papa no es de fiar — señaló Isabel —: primero te propuso ese enlace de Alejandro de Medici con…

con tu hija… esa niña… Margarita — le costó decir a la emperatriz—.

He recibido una carta de tu hermana Leonor donde me ha informado que también ha cerrado el matrimonio de su sobrina Catalina con Enrique, el segundo de los hijos del rey Francisco.

Carlos besó el hombro desnudo de su esposa.

—Cuando has mencionado a Margarita… te he visto incómoda.

—Es mucho el tiempo que has estado lejos…y ella no es tu única hija. No me gustaría descubrir que algún niño más lleva tu sangre.

Carlos besó la nuca de su amada y posó sus manos sobre sus hombros delicados. —No lo puede haber. Por mi honor, por mis reinos, por mi imperio, desde la primera vez que te vi, solo te he amado y te he deseado a ti.

Una vez más las palabras dieron paso a las miradas, las miradas a las caricias y las caricias a los besos. Arropados por la oscuridad y como cada noche, se amaron hambrientos como amantes furtivos.

En un mundo en guerra, ella era su paz.

Notas

29. ↩ Ciudad situada en el estado de Tueingia en Alemania