Carlos V. Trilogía Completa 43. El destino de los Medici
54%

43. El destino de los Medici

El destino de los Medici

A sus catorce años, la niña había vivido mucho: primero perdió a su madre Magdalena de la Tour, a quien apenas conoció y después a su padre Lorenzo.

Había estado de convento en convento recorriendo Italia, alejándose de las batallas y las epidemias con las que la muerte abona la tierra, debido a la ambición de reyes y príncipes.

Su periplo duró hasta que la guerra acabó, entonces la mandaron buscar.

Catalina de Medici era delgada, de baja estatura y pálida, de cabellos negros, sin rasgos delicados y con los ojos saltones heredados de su padre.

La niña no había dicho nada en todo el viaje hacia Roma y al llegar a la basílica, la habían dejado ahí mismo, en un pasillo decorado con todo tipo de pinturas y adornos ocre que se alejaban completamente de la austeridad del último convento que le había servido de morada.

La puerta fue abierta por uno de los miembros de la guarda suiza, que con su indumentaria gualda y azul que recorría en franjas verticales sus ropajes, representaba la guardia personal del Santo Padre.

Cuando la niña entró en la estancia lo primero que vio fue al pontífice sentado en un escritorio.

Mientras releía la última carta recibida, el Papa Medici, hizo aspavientos con la mano para que le acercasen a la niña.

Catalina de Medici sintió como el guarda la conducía con la mano sobre sus hombros hacia el pontífice.

Cuando la niña se encontró frente a él, Clemente VII dejó la carta apilada sobre un montón de documentos más, sonrió y ofreció su mano con el anillo del pescador a la niña.

Catalina besó el anillo rápido y se irguió confundida frente al Papa, quién seguía estudiándola con una tierna mirada llena de afecto.

—Has perdido mucho en tu corta vida. — Clemente acaricio la mejilla de la niña —.

Tú padre, tu madre y otros Medici a los que has visto partir muy pronto.

Sin duda no han sido buenos tiempos para nuestra familia, pero descuida, ha llegado la hora de recoger los frutos que nuestra astucia y que nuestra inquebrantable tenacidad ha cosechado. Tengo planes para ti.

—¿Qué… que planes tenéis para mí, tío Giulio?

— Catalina de Medici rompió su silencio tras sellar su voz durante el largo viaje que la había llevado a Roma.

—Querida sobrina, yo me ocuparé de darte una buena posición, el resto depende de ti, de lo que puedas soñar e imaginar y lo que estés dispuesta a hacer por alcanzarlo, siempre y cuando sepas aprovechar las oportunidades que se presenten ante tus ojos.

Después de vivir en la orfandad y sin saber que iba a ser de ella, el mundo se abría ante Catalina. Entendía que su tío había estado ahí, todo ese tiempo velando por ella. La niña se arrodilló y volvió a besar la mano del Papa, esta vez mostrando todo su respeto.

—No… no os decepcionaré. Os prometo que llevaré el nombre de nuestra familia a lo más alto… mucho más alto de lo que jamás hayáis imaginado.