42. Una nueva alianza
Una nueva alianza
Una década atrás, Antonio de Rincón había visto como muchos compañeros habían perdido la vida en la guerra comunera contra el Habsburgo.
Para muchos de los suyos se había convertido en un renegado al ponerse al servicio del rey francés, pero para él, los traidores eran ellos, los mismos que olvidaron que un tiempo atrás, las tierras de Castilla se alzaron contra ese mismo rey extranjero que ahora había partido dejando en el trono a otra reina extranjera.
A los ojos de sus compatriotas no llamaba la atención, viajaba con harapos polvorientos por los miles de millas de caminos recorridos.
Lo único que ocultaba era una daga en sus anchas mangas.
Lo percibían como un campesino en tiempos de malas cosechas y no engordaba su estómago con copiosas comidas, de hecho, podría hacerse pasar por un desnutrido vagabundo.
A pesar de ello, consiguió llegar hasta el mismísimo Solimán, como embajador de Francisco de Valois.
La bruma de la guerra cubría el cielo azul que servía de techo al ejército Otomano.
Se respiraba el aire de la batalla en la pólvora de los cañones, se escuchaba su sonido en el choque de los metales de las tropas que entrenaban.
Se vivía la guerra, incluso cuando vio presentarse ante él al Gran Sultán rodeado por su guardia jenízara, quien vestía para probar su valía, con una coraza dorada y portando en su brazo un yelmo.
Junto a él también se encontraba su inseparable Gran Visir, Ibrahim Pasha.
Solimán inspeccionó de arriba abajo a Antonio de Rincón, algo desconfiado, pues cubría su cabeza con una capucha, después le murmuró algo inaudible a su Gran Visir e Ibrahim Pasha asintió, como si le diera el visto bueno al extraño.
Con un gesto le invito a entrar a su tienda.
Cuando el agente enviado por Francia entró en la tienda se encontró a solas con el Gran Sultán, a pesar de su menguada figura se sintió intimidado.
La tienda la encontró austera, pero con todas las comodidades que podría merecer un sultán, los cojines más cómodos y una mesa dispuesta con la mejor fruta: Ahí mismo, el sultán vertió con una tetera, un líquido caliente y de aroma dulce y agradable, en dos vasos.
Fue el mismo sultán quien le ofreció uno de los recipientes a su invitado.
—Un poco de té te reconfortará del largo viaje. Antonio de Rincón se descubrió la cabeza retirando su capucha, hizo una leve reverencia llevándose la mano al pecho y aceptó para no ofender a su anfitrión.
—Ahora os debo preguntar ¿Para qué este largo viaje si venís con las manos vacías? — La voz de Solimán se tornó más áspera y menos gentil.
—Traigo las palabras y una propuesta del rey de los franceses.
—Yo esperaba un ejército — dijo el Sultán con disconformidad —, bien, veamos cual es la propuesta de ese al que servís.
—El rey de Francia quiere que desistáis de tomar Viena, volváis a Estambul, descanséis y os pertrechéis bien para que en los próximos años os unáis a él en una ofensiva contra Italia.
Solimán sonrió, pero sus ojos contradecían su mueca.
Incluso un respingo recorrió la espalda de Antonio de Rincón.
Por un momento temió que Solimán ordenará a alguno de sus jenízaros que le rebanase la cabeza.
—¿Por qué debería volverme con los miles de hombres que me han seguido cuando puedo obtener una victoria aplastante? — Solimán marcó su ceño.
—Porque el emperador os atacará con todas sus fuerzas — aseguró convencido Antonio de Rincón
—¿El emperador? Os debéis referir a ese rey de España de donde vos procedéis ¿Acaso dudáis de la capacidad de mi ejército para aniquilar a mi enemigo? Además, la luz de Alá me guía ¿Queréis que mi gente piense que le tengo miedo a ese Carlos de España?
—Con el debido respeto Gran Sultán, jamás dudaré de vuestra fe, y ni el rey de Francia y mucho menos un humilde servidor dudamos de vuestra fuerza.
Sé por qué os llaman el Magnífico, sois un hombre sabio que no pondría a prueba el poder de Dios en esta campaña.
— Antonio de Rincón tomó un sorbo de su taza mientras elegía bien sus siguientes palabras —.
Tengo entendido que vuestro avance hacia Viena no está yendo como teníais previsto y vuestras fuerzas atascadas en 26 Güns por la resistencia de vuestro enemigo sitiado os está retrasando.
Estáis lejos de vuestras fuentes de suministros y con Persia atacando las fronteras orientales de vuestro gran imperio.
Puede que venzáis o puede que volváis herido y derrotado a Estambul sin oportunidad de redimiros.
En ese momento, Ibrahim entró en la tienda. Siguió escuchando atentamente al emisario de Francisco y se situó junto al Gran Sultán.
—¿Qué propone el rey de Francia? — preguntó el Gran Sultán.
—Qué seáis paciente y sigáis siendo su más poderoso aliado. Cuando el rey de Francia esté preparado, unid vuestras fuerzas a él para atacar Italia.
—Es… es una propuesta para tener en consideración — reflexionó en voz alta Ibrahim.
—No hables por mí, Ibrahim, seré yo quien lo tome en consideración — Solimán alzó la voz y la dirigió con inquina hacia el Gran Visir sorprendiendo al enviado de Francia — ¿Debo recordarte cuál es tu lugar?
Por un momento el silencio tenso imperó en la tienda.
Ibrahim agachó la cabeza mostrándose avergonzando, ello sorprendió a Antonio de Rincón quien tenía entendido que Solimán consultaba todas sus grandes decisiones, sobre todo en materia militar, con su Gran Visir: algo que se le escapaba estaba pasando entre ellos.
—Podéis marchar. — El Gran Sultán se dirigió Antonio de Rincón con un aspaviento impaciente de — . El rey de Francia conocerá mi respuesta por mis actos.
Linz. Un mes después.
Todo estaba dispuesto para la batalla. Un manto dorado cubría la espalda de Carlos a su llegada a 27 Linz tras varios días navegando en el Danubio, ahí le esperaba el grueso de su ejército.
Estaba nervioso, después de tantos años de guerra, de enviar a tantos hombres a luchar sus batallas, iba a ser la primera vez que entrara en combate.
Cuando más se acercaba a Viena más intenso era el hormigueo, mezcla de temor y emoción, que recorría cuerpo.
—Yo cubriré vuestras anchas espaldas, emperador — le solía decir con total confianza Enrique de Nassau, consiguiendo arrancar una sonrisa nerviosa al emperador.
Pero cuando pisó tierra firme a los primeros que encontró de frente fue a Alfonso de Ávalos, marqués de Vasto; y al joven Fernando Álvarez de Toledo, Duque de Alba; también les acompañaba Antonio de Leyva.
A pesar de que Carlos no lo expresaba admiraba la determinación y el coraje de esos soldados: los hombres hablaban de sus gestas, los admiraban y estaba seguro de que les seguirían hasta la muerte, solo por grabar sus nombres junto a los suyos en la historia.
Carlos sabía que con más hombres como ellos, como los veteranos de Italia, ganaría cualquier guerra y en su mente estaba crear un cuerpo en su ejército que reuniera las cualidades de esos guerreros.
—Duque de Alba — Carlos se dirigió primero al joven Fernando Álvarez de Toledo —. Ya os lo trasmití por carta, pero siento con pesar la muerte de vuestro abuelo Fabrique, era muy querido por mí.
—La edad no perdona mi señor, nadie vive eternamente. Haré honor a su memoria honrando a la casa de Alba. En mí tenéis a vuestro más fiel vasallo.
Carlos posó su mano sobre el hombro del joven duque de Alba y dirigió su atención al marqués de Vasto, quién parecía impaciente por informar de las últimas novedades al emperador.
—Emperador — empezó a decir el marqués de Vasto —.
Nuestros exploradores lo acaban de confirmar.
El turco s e ha marchado junto a su ejército.
Ha realizado estragos en su paso por 28 Estiria y va de regreso de nuevo a Estambul.
—Una gran victoria sin derramar una sola gota de sangre — añadió Antonio de Leyva.
Muchos lo celebraban, pero Carlos era una sombra en medio de la efusividad. Nadie miró más allá ¿Cuál era el verdadero fin del principal enemigo de la cristiandad? Sabía que Solimán no se había retirado, más bien estaba movilizando a su ejército para algo más Pero ¿qué?
Ya tendría tiempo para pensar, era el momento, después de tantos años, de regresar al hogar.
Notas
26. ↩ También conocida como Köszeg en hungaro. Ciudad húngara situada al sur de Viena a unos 113 kilómetros
27. ↩ Ciudad austriaca situada a 183 kilómetros al oeste de Viena
28. ↩ Región situada al sureste de Austria