41. Una flor marchita
Una flor marchita
Las estancias estaban en penumbra como el luto que solía portar en sus vestidos.
La luz diáfana no iluminaba aquel día los pasillos ni las obras de Fointainebleau, como si un manto de tristeza cubriese todo el palacio.
El rey orgulloso e insaciable había perdido el apetito y el deseo.
Había caminado con aplomo, pareciendo a los ojos de los cortesanos un gigante de piedra herido, antes de echarse a la tierra y convertirse en montaña.
Ahí mismo en la cámara de su madre. Francisco la velaba a ella, la mejor de sus consejeras, para escuchar sus últimas palabras.
Incluso en su funesta partida, Luisa de Saboya parecía conservar toda su dignidad y el orgullo que en vida le había legado a Francisco.
El rey la miró, aguantaba el dolor, no quería mostrarse agónica, solo algún débil quejido revelaba la gravedad de su estado.
Francisco atrapó con el dorso de su mano una lagrima que se escapó de sus profundos ojos y Luisa se percató del gesto.
Escrudiñó mucho más, como siempre solía hacer en su hijo y negó con la cabeza.
—¡No! — Luisa soltó una tos con la negación —. ¡No! — repitió. —Deberías guardar silencio, madre — dijo Francisco engullendo su dolor.
—Nunca conociste a tu padre, murió cuando tú a penas balbuceabas. — La reina madre ignoró las palabras de su hijo —. Y a mí me ha tocado hacer mi trabajo y el suyo. Tal vez por eso no he sido una madre afectiva. Pero créeme me siento orgullosa por quién eres y en quién te has convertido.
—Recuerdo cuando con siete años te caíste de aquel caballo — continuó Luisa —. Me decían que no volverías a andar y ello me destruyó, pero recé y recé y mírate, alto y fuerte como un roble, creo… creo que no lo hice tan mal. Estabas destinado a ser el emperador.
—¡Pero el Habsburgo…! — Francisco apretó con fuerza sus puños hasta llegar a clavarse las uñas.
La reina envolvió el puño cerrado de su hijo con su mano. Al sentir el calor de su madre, el rey de Francia se dejó vencer.
—No… no le dejes — dijo Luisa con una voz aún más débil —, no dejes que Carlos de Habsburgo ocupe tu lugar en el mundo.
La mano de su madre ya no le envolvía y se dejó caer, quedando suspendida en el filo de la cama.
Una ráfaga de viento abrió la ventana, como si por ella partiera un alma que abandonaba el plano terrenal.
Ya no había vida en el menguado cuerpo de la madre.
Francisco rompió en llanto ante el cascarón vacío, como nunca antes lo había hecho desde que tenía memoria.
Su madre, su mejor consejera, le dejaba solo en el mundo, con unas últimas palabras que le acompañarían el resto de sus días.