40. Los asuntos de Castilla
Los asuntos de Castilla
La emperatriz Isabel, tuvo que aprender a dirigir un reino y lo hizo.
No tardó en ganarse el cariño y la admiración de muchos.
Se convirtió en una viajera dentro de las fronteras de Castilla, tratando de huir de las epidemias; allá donde viajaba con su corte, los campesinos apeados en los caminos la contemplaban y los grandes en sus castillos la recibían.
Era vista como una soberana comprensiva, pero no dudó en imponer su autoridad.
No obstante, los días y las noches pasaban lentas; ansiaba el regreso de Carlos, por el momento debía conformarse con sus cartas, que llegaban tarde desde Alemania, a veces el correo tardaba veinte días.
En ellas Carlos le contaba los últimos acontecimientos, el entendimiento con los luteranos estaba retrasando su regreso, también los asuntos de los Países Bajos lo mantenían ocupado tras la muerte de Margarita, donde María, la hermana del emperador, debía asentarse en su nuevo cargo, sin olvidar que aún estaba latente la amenaza de Solimán, quién podría atacar en cualquier momento.
Precisamente los turcos era unos de los principales quebraderos de cabeza de Isabel, Barbarroja seguía asolando las costas y había establecido bases en las islas de Cabrera en Baleares y el Peñón de Gibraltar.
Aún le dolía la pérdida de su hijo Fernando, pero se reconfortaba por ver cómo Felipe de cuatro años y María de tres, seguían creciendo sanos.
Por desgracia los asuntos de estado le restaban ese tiempo como madre y se los llevaba con ella, allá donde fuera: ya fuesen palacios reales o de nobles que hubiesen cedido a la emperatriz para acomodarla en su estancia.
Asistida siempre había documentos por firmar.
—Con esta firma queda de manifiesto que se debe ayudar económicamente y con favores a todos aquellos colonos que partan a la tierra del Nuevo Mundo, siempre que partan con intenciones honestas.
Desde una habitación que deba al patio ajardinado, la emperatriz había plasmado su rúbrica en un documento, rodeada por dos de sus consejeros: Juan de Zúñiga; y don Juan Manuel, señor de Belmonte.
Ninguno de los dos había dejado desistida a la reina.
La reina no tardó en confiar en los dos hombres que actuaban como consejeros, sobre todo en Juan de Zúñiga, de cabeza despejada y mirada serena.
Precisamente fue a él a quien le entregó el documento que acababa de firmar, para después quedarse sola y pensativa
Había dejado sobre la mesa la última carta que había recibido de Carlos, la cual tenía pendiente por leer. Una vez acabada su tarea como soberana, empezaba el papel de la esposa preocupada. Tomó el sobre, rasgó el sello con una pequeña daga, abrió la carta la leyó y tragó con amargura cada palabra.
El regreso del emperador se postergaría una vez más.
Solimán desde Estambul, marchaba hacia Viena para tomarla de una vez por todas, pero esa vez Carlos quería comandar él mismo a su propio ejército y había tomado tal desafío como una cruzada donde se unirían, los veteranos de la guerra de Italia, bajo los órdenes del marqués de Vasto y Antonio de Leyva; acudirían también fuerzas de todos los rincones del imperio, de Alemania y de los Países Bajos enviados por su propia hermana María y comandadas por el viejo amigo del emperador Enrique de Nassau; y de Castilla quien acudió con más ímpetu fue el nuevo y joven duque de Alba, quién acababa de suceder a su abuelo recientemente fallecido.
Pero quien más encogió el corazón del emperador, fue aquel hombre al que hacía tantos años atrás desterró de su propia corte, Federico.
Ordenando con bravura y diligencia a sus hombres.
Más de 100.000 almas acudían a él, buscando protección bajo el símbolo de la cruz que alargaba su sombra en las horas del crepúsculo. La media luna aguardaba en la lejanía, dispuesta a engullirles en la oscuridad de su noche eterna.
Con esas noticias, para Isabel los días y las noches serían más largos, aguardando su regreso.