Carlos V. Trilogía Completa 39. ¿A quién bendice Dios?
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39. ¿A quién bendice Dios?

¿A quién bendice Dios?

La blanca fachada del palacio de los príncipes obispos, coronado por miles de anaranjadas tejas trasmitía paz. Nada hacía presagiar que, en su interior, en sus espaciosas estancias, se estaban llevando debates tan acalorados que podrían llevar a iniciar una nueva guerra.

Eran ya innumerables las jornadas que se habían sucedido con el objetivo de llegar a un entendimiento con los protestantes.

Tanto era así que Carlos se había quedado dormido escuchando a unos y otros debido al agotamiento del viaje.

A ello se le sumaba la tristeza por la pérdida de un hijo y la impotencia.

En las últimas cartas, la emperatriz reclamaba que volviera a su lado, pero el mundo no le daba tregua: tal vez su familia necesitaba a su padre, pero el imperio necesitaba a su emperador.

En el gran salón del palacio, iluminado en los días grises por la luz diáfana, cientos de señores y clérigos alemanes, escuchaban y murmuraban en cada intervención de católicos y protestantes. Carlos presidía y escuchaba desde su silla, acompañado en muchas ocasiones por su hermano Fernando.

A pesar del cansancio del emperador prestaba toda atención al hombre que se encontraba frente a él y que en ese momento estaba hablando: vestía de riguroso negro, era extremadamente delgado, con la cara huesuda y afilada, de cabellos rubios y ojos azules.

— Es por eso… emperador por lo que consideramos que los sacerdotes deben poder casarse. El celibato forzoso no trae nada bueno, solo pecadores. De hecho, los antiguos sacerdotes eran libres de hacerlo tal y como se da a conocer en el evangelio de San Pablo.

Al escuchar las palabras del hombre, muchos abuchean mientras otros aplaudían. Carlos alzó la mano y se hizo el silencio. Cuando solo quedó un eco, empezó a hablar.

—Felipe Melanchthon, queréis que cesen las hostilidades entre católicos y protestantes.

—Así es.

—Se os ha dado la palabra porque venís en representación de Martín Lutero.

— El emperador se mostraba irritado —. Decís que venís con ánimo conciliador, pero en vuestras palabras solo encuentro exigencias: que los sacerdotes se puedan casar tal y como lo ha hecho Lutero; menospreciáis a los santos de la iglesia y ponéis como único mediador de nuestras oraciones a Cristo, del mismo modo que invalidáis los votos monásticos.

Decís que venís con ánimo conciliador y sois intransigentes en vuestras condiciones.

—Simplemente demandamos tolerancia, emperador. Ser libres de practicar la fe de…

—¿Tolerancia? — el emperador elevó aún más si voz —. Cuando he propuesto a mí hermano como nuevo Rey de Romanos y como heredero de la corona imperial ¿Qué han dicho los príncipes electores protestantes? Que no lo quieren. Eso no es conciliación.

—Que el Papa estuviese aquí, facilitaría mucho las cosas — respondió Melanchthon llevándose la mano al pecho.

—Que Lutero, instigador de toda esta herejía, no esté aquí, no nos ayuda para alcanzar la paz entre los cristianos.

No olvidéis Melanchthon, que como emperador he aceptado presidir esta dieta con la intención de buscar un entendimiento hacia la visión de una única fe verdadera.

Pero no estoy aquí para que me expongáis los mandamientos de vuestra herejía, que ha hecho enloquecer a señores y príncipes.

Incluso el mismo rey de Inglaterra se cree con derecho a interpretar la fe a su absoluto antojo y conveniencia.

Un murmullo creciente como la marea en las noches de luna llena se apoderó del salón. Católicos y protestantes empezaron a intercambiarse todo tipo de improperios. Pero una voz atronadora se elevó por encima de las otras, provocando que quien ya se había puesto en pie ocupase su asiento.

—¡Mostrad más respeto ante el emperador!

Carlos dirigió sus ojos hacia aquel hombre, con la barba algo grisácea, conservaba la altura de su juventud, así como su fortaleza, y no tardó en reconocerle, sin duda era él, Federico de Baviera, el hombre a quien Leonor, su hermana, jamás pudo olvidar y a quien Carlos desterró de su corte al enterarse de la relación que existía entre ambos.

Ese mismo hombre alzó la voz para pedir respeto hacia el emperador.

Federico no dijo nada más, ni siquiera le dirigió la mirada al emperador, simplemente con el rostro serio, volvió a ocupar su asiento.

Carlos se preguntó si Federico aún le guardaba rencor, pero lo que sí había demostrado alzando la voz, es que era un hombre que se entregaba al deber.

Carlos se le quedó mirando, no era el mismo de antaño, con sus ropajes negros y su mirada hundida parecía haber perdido la alegría de aquellos años ¿Cuándo la perdió?

¿Cuándo tuvo que renunciar a Leonor? El emperador trató de recomponerse y levantó la sesión de aquel día.

Los dos hermanos estuvieron intercambiando impresiones mientras se dirigían al comedor para compartir el almuerzo. María les seguía un paso por detrás, tratando de atrapar las palabras que hablaban entre susurros.

—A pesar de todos tus esfuerzos, la guerra con los luteranos es inevitable — dijo Fernando.

—Si el turco aún no ha vuelto a atacar es porque sé está preparando bien para la próxima ofensiva. A los luteranos no solo los necesitamos, tampoco podemos permitirnos desviar nuestra atención en dos frentes.

—Hemos alcanzado un acuerdo beneficioso con el 25 sāh de Persia. Sus incursiones por el sudeste del Imperio Otomano nos están siendo de mucha ayuda para mantener ocupado al turco.

En medio del intercambio de impresiones, Francisco de los Cobos irrumpió y encaró al emperador. Portaba un sobre sellado en su mano.

—Majestad, es urgente.

Carlos tomó el sobre, lo abrió, lo leyó. Tanto María cómo Fernando quedaron expectantes, viendo cómo el labio del emperador temblaba a cada frase que me talmente leía. Finalmente, y de un golpe, aplastó el papel en sus manos orantes y contuvo el mar en sus ojos.

—Es la archiduquesa… nuestra tía Margarita… está en los últimos días de su vida. Debemos prepararnos para lo peor. Esta situación hará que tenga que posponer la solución de nuestras diferencias con los luteranos. Me requieren en Flandes. — Carlos clavó sus ojos en María —. Tú vendrás conmigo.

—¿Qué quieres de mí?

—Eres desafiante conmigo, me contradices…

sé que si te dijera que te volvieras a casar te opondrías a mi decisión.

Además, hay una niña, Margarita, que requiere de alguien de mi plena confianza para seguir siendo educada y formada.

No te pido ahora que aceptes, pero te pido que al menos pienses en ocupar tu lugar como nueva gobernadora de los Países Bajos.

Las últimas hojas caían para Margarita, con ella desaparecía el último atisbo de la generación de los viejos Habsburgo, que se sumaba a la de los Trastámara, con la propia madre del emperador, Juana, a la que llamaban la loca recluida y con Catalina, la reina de Inglaterra, repudiada.

Lejos quedaban los días de aquel niño inseguro, sus consejeros se habían marchado, sus voces habían sido acalladas por la mordaza invisible de la muerte.

Su conciencia y solo su conciencia dictaba sus pasos.

Carlos era ahora la cabeza de la casa Habsburgo y sobre sus hombros aún jóvenes y fuertes recaía el peso de aquel legado milenario.

Notas

25. ↩ Así es conocido el rey de Persia