38. Una nueva reina para la flor de Lis
Una nueva reina para la flor de Lis
En medio de la amargura de los últimos meses, Francisco I, rey de Francia, volvía a sonreír.
El monarca aguardaba en las puertas del palacio, en una mañana radiante, la llegada de sus dos hijos, Francisco y Enrique, liberados al fin por el enemigo.
En la espera, mientras la cabalgata de cortesanos se acercaba, le acompañaban: la reina madre, Luisa y los demás hijos de Francisco: Carlota; Magdalena; Carlos; y Margarita.
Su sonrisa al ver a sus herederos desdibujó por un instante la huella de la derrota que marcada había quedado en sus ojos y su ceño.
Avanzó con los brazos extendidos para recibirlos.
Estaban delgados, pero habían crecido como buenos Valois.
No tardó en rodearlos con sus brazos. Todos aplaudieron el encuentro, Francisco, el delfín se regocijaba ante las muestras de afecto, Enrique en cambio solo centraba sus ojos en una mujer que vestía de negro, que, aunque le doblase en edad, conservaba todos los encantos de su juventud.
Aquella mujer le devolvía la mirada con ojos y sonrisa enigmática.
Enrique recordaba que aquella mujer había sido dama de compañía de su madre, su nombre era Diana de Poitiers.
Después de más de tres años de cautiverio, volvía a verlos.
Francisco trataba de imaginar las penurias que habrían pasado en su encierro, por ello el amor que sentía por sus hijos, se tornaba ira contra los Habsburgo y más se encendió su odio al verla a ella, Leonor, la hermana de su mortal enemigo y nueva reina de los franceses
Ella se acercó para hacerle una reverencia al rey de Francia.
Sin duda era bella y en otras circunstancias habría disfrutado por un tiempo de su cuerpo como lo había hecho y seguía haciendo con tantas y tantas mujeres de su corte, pero ni sus encantos, ni su belleza, ni sus modales, serían suficientes para hacer olvidar a Francisco, cuál era su apellido y de quién era hermana.
—Mi rey… por fin, he… he esperado que llegara este momento. Me presento ante vos, vuestra esposa, para serviros — dijo Leonor, la nueva reina de Francia, con los ojos clavados en el suelo.
Ante todos y con desprecio, Francisco le retiró la mirada y ni siquiera le concedió una palabra más.
Se volvió y junto a sus hijos se dirigió a las puertas del palacio, dejando a Leonor rodeada de sus cortesanos perpleja con aquel rechazo.
Y de nuevo, no era más que una extranjera en una corte extranjera.
Nada quedaba de aquel hombre que actuó con tanta caballerosidad el día de su boda tres años atrás.
No, aquel no era el encuentro soñado entre un rey y su reina.
Leonor pasaba los días ignorada por el rey, admirando cada una de las obras que decoraban las paredes del palacio.
Lo hacía paseando junto a su dama de compañía, cuando no vagaba sola, como un fantasma, invisible para toda la corte de Francisco.
Quedó abrumada al ver aquel palacio que contaba con las últimas innovaciones arquitectónicas y artísticas venidas desde Italia.
Rodeado por un bosque de hayas y robles, aquel edificio seguía construyéndose alrededor de patios verdes, llenos de helechos y adornos florales, delimitados por arbustos y piedras, formando sendas donde Leonor pasaba largas horas del día ante la falta de interés que Francisco mostraba hacia ella.
No se sentía querida, ni respetada. Parecía que Francisco hubiese ordenado que todos en la corte le retirasen la palabra.
Solo una mujer había que no era gobernada por Francisco.
Al encontrarla en una de las galerías oteando desde la ventana los jardines de palacio, Leonor decidió acercarse a ella pensó que la reina madre, como mujer soberana la entendería.
Leonor trató de adivinar qué era lo que la reina madre observaba con tanto interés.
Ahí vio en los jardines a Enrique, el segundo hijo de Francisco, hablando animadamente con Diana de Portiers.
—Ma… majestad. — Al tiempo en que la reina madre se volvía, Leonor hizo una reverencia a Luisa, como lo haría cualquier cortesana. —¿Dime hija mía? — sonrió gentil la reina madre, aunque tratando de no perder de vista por el rabillo del ojo a su nieto.
—¿Sabéis donde se encuentra mi esposo… vuestro hijo…?
—Estará en su cámara con alguna concubina — respondió Luisa sin borrar la sonrisa —. Ya lo veis, tan pasionales lo es el padre como seguramente lo serán sus hijos — y la reina madre volvió a fijar la vista en el príncipe Enrique, un niño aun, pero cada vez más cercano a Diana de Portiers.
La reina madre pronto reparó en la amargura que mostraba el semblante de Leonor y dejó soltar un suspiro, apartándose al fin de la ventana.
—No deberíais entristeceros pues no sois su esposa, ni sois reina de Francia, no ante los ojos de Dios ni de los súbditos del rey.
Mi hijo firmó aquel injusto tratado en el que os colocaban a vos como soberana de Francia: lo hizo bajo coacciones.
Aunque permitamos que os paseéis libremente por palacio y que disfrutéis de vuestro servicio, estáis en una corte extranjera.
— La reina madre apostilló antes de emprender de nuevo la marcha, y tomándose un tiempo para disfrutar de la perplejidad que mostraba Leonor —.
Si no olvidáis lo que os he dicho, tendréis una estancia tranquila, al fin y al cabo, somos buenos anfitriones.
No podía permitir tal deshonra. Ella era Leonor, una Habsburgo, hermana del emperador.
Su piel se encendió y se dirigió a los aposentos de Francisco, dispuesta a enfrentarse con aquel gigante, asumiendo su papel como esposa y como reina.
Avanzaba a grandes zancadas perdiendo toda dignidad regia.
Intuía que su suegra, Isabel de Saboya, aún se revolvía en el placer por haberla hecho perder la compostura.
Golpeó la puerta con todas sus fuerzas, como si se encontrase ante las murallas de una ciudad y como si en lugar de los tapices y la luz del palacio estuviera envuelta en las tinieblas, la mugre, las cenizas y la sangre que quedan tras la batalla más sanguinaria.
Volvió a golpear y la puerta se entreabrió, descubriendo tras ella a la figura del rey, juzgando con la mirada severa y desde su altura a Leonor.
Leonor pudo ver que al rey solo iba cubierto por unos calzones de lino.
La reina empujó la puerta e irrumpió en los aposentos, donde una joven dama esperaba tendida en la cama, completamente desnuda, exponiendo sin pudor su vello púbico y sin inmutarse por la presencia de la reina.
Incluso se permitió sonreír al ver a Leonor encolerizada dentro de los aposentos.
—¡Puta! — Leonor se abalanzó sobre la amante del rey, pero Francisco pudo detener la acometida a tiempo.
—Déjanos solos — ordenó el rey a la concubina y está obedeció vistiéndose ligera, pero sin prisa; engrandecida, dibujando una sonrisa aún más amplia en sus carnosos labios, por verse por encima de la reina.
Leonor siguió luchando apresada entre los brazos de Francisco hasta que la concubina se marchó dejando tras de sí un sonoro portazo. El rey de Francia liberó a su esposa lanzándola sobre la alcoba. Leonor aun podía sentir entre las sábanas bañadas en sudor el olor a fornicio y adulterio.
—¿Qué queréis? — preguntó el rey mostrando extrañeza — ¿acaso no os ha tratado bien mi corte?
—Fidelidad, atención, respeto… daros un heredero — enumeró Leonor tratando de recuperar la compostura.
Francisco arqueó una ceja, acentuando más su extrañeza. Se dirigió a la mesa y se sirvió un poco de vino en una copa. — Demasiadas exigencias — dijo Francisco mientras alzaba su copa.
—¿Tengo que aguantar que os folléis a cualquier ramera delante de mis narices?
—Me sobran los herederos, pero si me hiciese falta asegurar aún más mi descendencia, antes plantaría mi semilla en la primera ramera del reino que en vos. Dios me libre de traer más sangre Habsburgo al mundo.
—¿Qué? — Leonor parpadeó varias veces. No podía creer lo que escuchaban sus oídos —. Os guste o no, soy la nueva reina de Francia.
—¿Reina decís? A mis ojos no sois más que una concubina que me ha brindado vuestro hermano, una a la que repudio.
Dad gracias a mí misericordia, pues no os encierro en una fortaleza como ha hecho vuestro hermano con mis hijos.
— Francisco señaló la puerta con ímpetu —.
Ahora marchaos, soy un rey ocupado y me gusta disfrutar plenamente de los placeres mundanos en mis pocos momentos libres.
Leonor se volvió hacia la puerta. Sentía todo el peso de un océano en su su pecho, solo la primera lágrima que fugaz se deslizó por su mejilla le liberó levemente para dejar pasar una bocanada de aire, pero sabía que, para poder seguir respirando, debería liberar las aguas que en su interior la ahogaban.
No lo haría delante del rey, no le daría ese placer: esperaría a estar en la soledad de su alcoba.
Ante él solo se permitiría mostrar el orgullo de una Habsburgo.
—Por vuestra insolencia provocareis otra guerra — dijo antes de partir.
—La paz a los Habsburgo no la he concedido ni la concederé jamás.
¡No mientras vuestro hermano siga con su insolencia, viéndose a sí mismo como el dueño del mundo!
¡No! Prefiero embarcarme en mil guerras antes de concederle la paz a ese maldito Habsburgo.
Incluso si eso me cuesta entregarle mi alma al mismísimo diablo.
Cuando Leonor se marchó, Francisco seguía maldiciendo.
El corazón se le encogió, no por la voz del rey que atravesaba las paredes.
Ese odio hacia su familia era real y el monarca francés estaba dispuesto a pagar un alto precio por ver a los Habsburgo destruidos, pero ¿Hasta dónde sería capaz de llegar?