Carlos V. Trilogía Completa 37. El regreso al hogar
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37. El regreso al hogar

El regreso al hogar

Las grandes montañas azuladas que rodeaban Insbruk parecían gigantescos pedazos de tierra caídos del cielo.

Solo el relieve las diferenciaba de la cúpula celeste.

En medio del valle verde la ciudad despertaba y más aún con la llegada del emperador y su gran corte.

Carlos podía llamarse como tal tras finalmente ser coronado en Bolonia por el Papa, sellando así la paz definitiva con la Santa Sede.

Habían sido meses de largas cabalgatas. Lo poco que sabía de lo que estaba aconteciendo en el mundo, era por el correo que le llegaba, entre ellos el de la emperatriz, que seguía gestionando los asuntos de las Españas en su ausencia.

En su última carta, además de brindarle palabras de afecto y añoranza, la emperatriz le informó al emperador que las arcas respiraban después de que la corona francesa realizase el pago por el rescate de los príncipes galos — ya habían partido hacia Francia junto a Leonor — Lo más preocupante era el informe sobre los estragos que Barbarroja estaba realizando en las aguas del Mediterráneo.

Sus naves no solo habían tomado el peñón de Argel, sino que también sembraban el terror en las costas españolas.

Parecía que aquel pirata y sus navíos eran invencibles e inmortales; una cualidad envidiable de la que carecían sus hombres de mayor confianza.

Cuando Carlos desmontó de su caballo, su primera preocupación fue acudir al carro, donde se había desmontado un cañón, para improvisar una litera.

El canciller Mercurio de Gattinara, con sus ropas cardenalicias por su reciente nombramiento por el Santo Padre, se hallaba recostado, tratando de conservar toda su dignidad y luchando por mantener los ojos abiertos.

Precisamente a él, el viaje le había pasado mayor factura.

—Mi… mi señor ¿Qué puedo hacer por vos?

—Has hecho más que suficiente acompañándome hasta aquí mi viejo amigo. Haré que te preparen una cómoda cama. Este es un bello lugar para descansar.

Carlos miró a su alrededor y trató de compartir con la mirada relajada la paz que le trasmitía la urbe en el corazón de los Alpes. Después del extenuado viaje no solo Gattinara descansó, todos lo hicieron.

La corte despertó al amanecer del quinto día con la llegada de un visitante esperado.

Todos los hombres se arremolinaban en el encuentro con otra corte hasta que vieron llegar a Carlos y le abrieron paso.

El emperador acababa de salir de su estancia.

En medio de esa multitud se encontró un rostro que, a pesar de familiar, le parecía extraño.

Había llegado Fernando de Habsburgo, archiduque de Austria y rey de Hungría

Carlos y Fernando sostuvieron sus miradas, en la del hermano menor del emperador había aún trazos de resentimiento y contradicción, pero también de respeto. Finalmente, en un acto instintivo los dos se fundieron en un abrazo fraternal aplaudido por los hombres de ambos ejércitos.

—Me dijeron que me hiciste el honor de ponerle tu nombre a tu último heredero — dijo Fernando cambiando el resentimiento por el orgullo.

—Así es… aún no he podido conocerle, pero así es ¿Cómo están tus cuatro hijos?

—Creciendo sanos y fuertes. Cuando todos dejaron de aplaudir, las palmas de unas solitarias manos seguían perpetuando el momento.

Carlos se volvió y entre los hombres encontró a una mujer, no mucho más joven que él.

En ella encontró la misma contradicción que había hallado en Fernando en un primer momento: sus ropas estaban hechas de ricas telas con un vestido de un blanco roto con bordados rojos.

La mujer cubría su cabello con un tocado blanco.

—Es un honor… emperador — dijo la mujer con frivolidad dando un paso al frente.

—Nuestra hermana María — se adelantó a decir Fernando.

—Ma… María. — Carlos acercó su mano al rostro de su hermana —. Te veo a ti y veo a nuestra madre.

—Una madre tan desconocida como tú — replicó María.

María mostró rechazo al mover levemente su rostro, pero finalmente aceptó la mano de su hermano y cerró los ojos con fuerza.

—¿Esa era toda la ayuda que nos pudiste brindar?

—Aquí no — se adelantó de nuevo a decir Fernando —, demos un paseo.

Los tres hermanos se apartaron del curso de sus respectivos séquitos para emprender solos el camino coronado por las flores blancas conocidas como flores de las nieves, que se abrían con sus grandes pétalos como si con ello quisieran recibir el reencuentro de los hermanos.

Avanzaron por un sendero que se elevaba hacia un pequeño cerro donde cuando más se elevaban era más bella la estampa de la ciudad rodeada por las grandes montañas que parecían ser un muro que les separaba del resto del mundo, sirviendo de refugio de todos los males de la tierra.

—No pude hacer más — Carlos rompió el silencio —… la guerra en Italia me ha tenido ocupado. Pero me han llegado noticias de que os las habéis apañado bien sin mi en Viena.

—El turco se fue por donde llegó, pero esta vez no solamente hemos contado con la valía de los hombres sino también con fortuna.

Las lluvias y las nieves nos fueron favorables, incluso para recuperar territorios perdidos tras la retirada de Solimán a Estambul ¿Pero ¿qué pasará la próxima vez?

Cuando el turco vuelva con un ejército mejor pertrechado para mantener el asedio y cuándo nos encontremos más desunidos — señaló Fernando.

—¿Desunidos? Lo dices por la herejía de Lutero — indagó Carlos.

—Cada día que pasa la herejía se extiende más y más, incluso entre las grandes familias — indicó Fernando.

—Siguen siendo cristianos — respondió María —. El verdadero enemigo es Solimán. Condenar a los luteranos sería menguar nuestros propios ejércitos.

—¡María!, no es el momento de esgrimir discursos estériles. Tu… tus simpatías por los herejes me desconciertan, me … — Fernando recriminó a su hermana, pero cortó sus palabras cuando Carlos alzó la mano.

—María tiene razón. No podemos hacer la guerra contra el turco si nos enfrentamos a los luteranos. De hecho, corremos el riesgo de que se acerquen a Francisco de Francia. Solo Dios sabe lo que puede tramar esa salamandra.

—¿Entonces qué hacemos con los herejes? — preguntó Fernando.

—Por el momento que todos conserven la cabeza sobre sus hombros, al menos así lo ordenaré…. por el momento. Nos dirigiremos a Augsburgo y veremos si llegamos a buen entendimiento con los representantes de Lutero. También había pensado que…

—¡Emperador! —. Un soldado a caballo que había levantado el polvo del camino tras ellos cortó en seco las palabras de Carlos. Por su insistencia, el César intuyó que le impulsaba una noticia urgente —. Disculpad la intromisión… pero….

—¿Ha pasado algo?

—Es… es el canciller.

En una modesta casa, en medio de aquel paraíso montañoso, las ventajas estaban abiertas de par en par en la habitación que ocupaba el canciller, por ellas se filtraba una ligera brisa alpina que llegaba hasta la cama donde se encontraba Mercurio de Gattinara, envuelto en sábanas, luchando por cada bocanada de aire, deseando levantarse para servir a su señor.

Acababa de ser cardenal, tenía mucho por hacer, por decir, por aconsejar, incluso tal vez algún día llegase a sentarse en el trono de San Pedro como un nuevo Papa.

Quería levantarse, pero no podía. Las fuerzas le habían abandonado como a cualquier hombre en sus últimos momentos.

De nada le servía la dignidad de ser el canciller del imperio.

Gattinara no había percibido la presencia de su señor hasta que alzó la vista y lo vio su lado.

Por primera vez en tantos años, fue Carlos quién hincó la rodilla frente a Gattinara, tomó su mano y la apretó con fuerza.

El canciller lo miró con sus ojos cansados y sonrió levemente.

—Dis… disculpad que no esté presente para vos mi señor.

—Mi… mi canciller… que hubiese sido de mí sin vuestro consejo

El canciller elevó la vista a las vigas de madera en la techumbre. Un ligero brillo se deslizaba desde su ojo, bañando su oreja, tragó saliva y se preparó para un nuevo consejo.

—Cuanto poder has acabado atesorando… chico.

— En la hora de su muerte Gattinara se permitió la licencia de hablar sin formalismos —.

Eres una de las columnas que sostienen el cielo, que hace que no caiga sobre las cabezas de los pobres mortales.

Tienes el poder para cambiar el mundo, incluso para destruirlo…

pero tal poder, puede conllevar un… un. — Gattinara volvió a toser con fuerza e hizo una profunda bocanada de aire para recuperar el aliento —.

Ese poder tiene un alto precio y te convierte en servidor…

no… no eres dueño de tu propia vida. Hazle caso a este anciano que está llegando al final de su vida.

Vive y atesora esos momentos de paz… todo lo que puedas.

Es lo único que te llevarás cuando te llegue la hora de que nos llega a todos.

Carlos no respondió, a su mente acudieron Isabel y sus hijos, sobre todo Fernando, un niño al que aún no había conocido. Todos aguardaban su regreso a Castilla. Hacía ya un año de su partida y no sabía cuándo volvería.

Carlos se levantó, posó su mano sobre la frente de su canciller y lo miró con aire melancólico.

—Me aseguraré de que tengas los mejores cuidados mi viejo amigo… ahora descansa.

Gattinara asintió y cerró los ojos, escuchando los pasos de su emperador acercarse a la ventana para acto seguido correr las cortinas, envolviendo de oscuridad la estancia.

Sintiendo como de nuevo la mano de su rey apretaba la suya, antes de alejarse y cerrar las puertas, dejándole en la penumbra, envolviéndole en la oscuridad que engulliría uno a uno sus sentidos, hasta que el silencio se apoderase incluso de su último aliento.

Pero la estancia de Gattinara no sería la única que la muerte visitaría

Real Alcázar de Madrid. Junio de 1530

Isabel emergió de sus sueños de golpe. Miró a su alrededor para ver su habitación en la oscuridad, sintió frío.

La cuna del infante estaba en silencio, no había sido el llanto del niño quien la había despertado, había sido una brizna de aire que de golpe había cerrado la ventana.

Volvió a cerrar los ojos para dormir, pero algo en su interior sacudía sus pensamientos. Tal vez fuese instinto o intuición.

La emperatriz tomó el candelabro en una de las mesas que iluminaba su estancia y salió de su habitación.

El pasillo estaba extrañamente frío para aquella época del año, el palacio en silencio.

Se dirigió a la cámara de su hija: la princesa María dormía plácidamente, le dio un beso en la frente y se dirigió a la cámara donde se encontraba Felipe; el heredero también permanecía tranquilo, con los ojos sellando sus sueños y respirando profundamente.

Intranquila aún, Isabel volvió a su cámara.

La cuna aún permanecía en silencio, la habitación seguía estando inusualmente fría.

Demasiado silencio, ni una sola respiración.

Isabel dio dos zancadas rápidas hasta llegar a la cuna: ahí estaba el pequeño Fernando, con los ojos cerrados.

Cuando la reina posó sus labios para besar la frente de su hijo, notó ese frío penetrar en ellos.

Extrañada lo examinó con más detenimiento, su diafragma no se movía: primero lo cogió; seguía sin reaccionar, su cabeza no se sostenía.

Lo sacudió, pero no despertó, ni un quejido, ni un llanto.

No había vida alguna en el pequeño cuerpo.

El grito desgarrador de una madre en medio de la noche iluminó todas las estancias del palacio.