Carlos V. Trilogía Completa 36. El día de la coronación
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36. El día de la coronación

El día de la coronación

Enrique era el mismo, capaz de arrancar una sonrisa al emperador, pocos lo conocían como él, Carlos sentía que con el príncipe de Nassau no había porque ocultar su verdadero ser bajo una máscara de formalidad.

Enrique conservaba sus cabellos casi rojizos y su rostro afable , aunque había ganado el peso que los años y la bonanza traen consigo.

Bolonia no era Roma, pero en aquellos días la urbe resplandecía con los ecos de la ciudad eterna.

Carlos entró al frente de una cabalgata aclamado por todos.

Miles y miles de voces le glorificaban como a un emperador de la antigüedad.

Pasó bajo arcos triunfales donde escenas del antiguo testamento, la representación de grandes generales del pasado como Escipión el Africano o Trajano y seres mitológicos se convertían en testigos de la marcha gloriosa del nuevo emperador, hasta llegar a la basílica de San Petroneo que como un gigante dormitando ocupaba la gran parte de la plaza mayor; su fachada incompleta combinaba grandeza y austeridad, dejando descubierta parte de la piedra al tener inacabado el revestimiento de los muros.

La plaza además se había quedado pequeña por los soldados bajo el mando de Antonio de Leyva, ya considerado entre los suyos un héroe en la guerra de Italia.

Cuando las puertas del templo se abrieron ante Carlos, muy pocos fueron los que le acompañaron, entre ellos su inseparable canciller Gattinara, quien debilitado por el viaje se tomó un momento para respirar.

Andaba con sus nuevos ropajes rojos y negros de cardenal, que el Papa le había otorgado.

Precisamente el Santo Padre, Clemente VII, esperaba en el altar mayor, midiendo los pasos de Carlos.

El recorrido por la nave central de la iglesia le sirvió para repasar sus dos últimos meses vividos en Bolonia; no solo había acudido a la ciudad por la coronación imperial, sino por las negociaciones de paz, sobre todo con el Papa que bajo sus hábitos blancos seguía siendo un Medici.

Junto al Papá, Carlos negoció con los Sforza su restitución en Milán, previo pago como castigo por su deslealtad: él y el Papa concordaron que el pago de casi un millón de escudos sería suficiente; un castigo similar sería impuesto a los venecianos.

Pero el acuerdo que más le ligaría al Papa Medici llegaría con la cena de navidad que compartieron.

En esa cena donde cardenales; miembros y amigos de los Medici; y parte de la corte imperial compartieron mesa, no pasó desapercibido un joven de poco más de veinte años y ricas ropas engalanadas con piedras preciosas, de una tez oscura propia de tierras lejanas.

Puede que tras la confianza adquirida en los encuentros previos, el Papa se dirigió al Rey de Romanos, sentado a su lado, con un tono de voz no más alto que un susurro.

—¿Creéis que ya podemos considerarnos amigos? —Depende de la fortaleza de vuestra palabra — respondió Carlos rompiendo un mendrugo para llevarse un pequeño trozo a la boca.

—Mi palabra es fuerte, pero la paz es frágil — respondió el Papa Clemente sin titubeos y viendo la desaprobación en el rostro de Carlos —.

No obstante, una paz puede verse reforzada por una alianza, y como sabréis, las alianzas se cimientan con sangre.

Sé que, como yo, no siempre habéis sido puro y sé que como yo, habréis hecho penitencia por vuestros pecados.

— El Papa clavó sus ojos en el joven de tez oscura —.

Precisamente, por mucha penitencia y por mucho que recemos, los pecados de la carne no se pueden dejar atrás ni ocultar a la luz del día.

Carlos no tardó en adivinar quien era aquel joven de tez oscura, más al ver la expresión con la que el Papa le contemplaba, solo encontrado en los padres que miran a través del espejo del tiempo a sus propios hijos

—No sé aún a dónde queréis llegar — incidió Carlos —. No sé qué alianza pretendéis que os ofrezca.

—No me refiero a vuestra hija la infanta María — se adelantó a decir el Papa —.

Más allá del sacramento del matrimonio habéis sembrado vuestra semilla.

Pero como yo, también os preocupáis por el porvenir de vuestra descendencia y procuráis no traer bastardos desgraciados al mundo.

— El Papa ladeó la cabeza señalando al joven —.

Ese chico de diecinueve años es Alejandro de Medici, duque de Florencia.

Tengo entendido que vuestra tía, la archiduquesa Margarita se ha hecho cargo de una niña de ocho años, hija de una mujer de baja cuna y que tiene vuestra sangre.

Pero vos habéis hecho bien en reconocerla como vuestra hija.

—¿Qué proponéis? — Carlos se inclinó hacia el Papa mostrando así su interés.

—Sellar nuestra alianza con un matrimonio.

Y ahora en San Petroneo ante millares de ojos que observaban el acontecimiento, arrodillado ante ese Papa Medici más interesado en los asuntos terrenales que en los divinos, cerró los ojos mientras el pulgar ungido en aceite del pontífice dibujaba la cruz en su frente.

Cuando volvió a abrir los ojos, el Papa estaba alzando la corona de oro del emperador y sin prisa la colocó sobre sus sienes.

—Con este centro dirigirás a todas las naciones; con esta espada nos defenderás de los enemigos de Cristo nuestro señor; y con esta manzana de oro mostrarás que gobiernas con singularidad, virtud, piedad y constancia —.

El Papa enumeraba mientras le hacía entrega a Carlos de todas las insignias imperiales —. Ahora alzaos… emperador.

Bajo la tenue luz que atravesaba los vitrales Carlos se elevó despacio ante la atenta mirada de los testigos que lo contemplaban en silencio. Resurgía de esta manera, ahora sin discusión, como el nuevo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

El último César coronado por un Papa.

Notas

24. ↩ Nobles cuyas funciones eran acompañar al rey o al príncipe.