35. La favorita
La favorita
Los cristianos se habían preparado bien ante la anunciada llegada del ejército del Gran Sultán: habían quemado tierras y edificios a los exteriores de la muralla; habían levantado empalizadas; y habían construido una segunda muralla tras los muros de la antigua.
Pero Solimán, la sombra de Alá en el mundo, tenía fe y dejó que su fiel visir Ibrahim Pasha, comandase el ataque y le otorgase otra aplastante victoria.
El asedio estaba durando demasiado. Sus enemigos eran muchos menos, pero buena parte de los soldados, eran refuerzos venidos de Italia, veteranos de la guerra que habían forjado su leyenda, y la seguían acrecentando, bañando su acero con la sangre de sus enemigos, como Alfonso de Ávalos, Marqués de Vasto.
Ni siquiera los poderosos jenízaros pudieron hacer nada por atravesar las defensas, encontrándose una y otra vez las alabardas de sus enemigos.
Con cada ofensiva cientos de hombres entregaban sus vidas sin obtener resultado alguno.
Así fue durante semanas, donde además Alá no les bendijo con su sol, sino con nieves y lluvias.
Así, resignado, Solimán ordenó la retirada.
El Gran Sultán necesitaba curar su orgullo herido.
A diferencia de la última vez, la ciudad no le recibiría con festejos, pero le daba igual, su mayor consuelo sería tomar a Roxelana o como él la llamaba y la conocían todos; Haseki Hürrem: ella era su tesoro más preciado y su bálsamo en la teisteza.
No iba siquiera a esperar a cambiar sus ropas o a tomar un baño antes de verla, quería que fuera ella quien le sacudiera el polvo del camino y limpiara su cuerpo, como otras tantas veces lo había hecho antes.
Encontró el silencio en las grandes salas del palacio, solo interrumpido por el eco de sus pasos.
No encontró respeto en los rostros de sus siervos, sino temor y Roxelana, no había acudido a recibirle, como tantas veces antes lo había hecho ¿Dónde estaba?
¿Qué había pasado? Se preguntaba amenazando con acometer con toda su ira sobre aquel que divagase en su respuesta; no tardó en hallarla.
Roxelana se había retirado a sus aposentos.
Solimán acudió frente a la puerta cerrada de la cámara de su amada.
Estaba intrigado, con tantas dudas que le resultaba extraño por no haberlas tenido antes.
Golpeó la puerta para encontrar la callada por respuesta.
Volvió a llamar, los golpes desesperados sobre la puerta retumbaban en todos los rincones del palacio, haciendo que, desde el más alto noble a la última esclava llegada al harén, se si recogieran.
—¿Qué ocurre Hürrem? Responde ¿No deseas verme? ¿rechazas ver al Gran Sultán? ¿quieres que me quede mendigando en tu puerta hasta encontrar tu caridad? ¡Sí es eso lo que deseas lo haré!
Solimán, la sombra de Alá en el mundo, se arrodilló como un siervo más de su Haseki frente a la puerta. Primero apoyó la palma de su mano y después la cabeza en la superficie fría. Finalmente encontró sollozos provenientes del otro lado de la puerta.
—¡Abre Hürrem o echaré la puerta abajo! — repitió Solimán esta vez desgañitándose impaciente.
Tras esa última advertencia, la puerta se abrió dejando solo un vacío tras el umbral.
Cuando Solimán atravesó ell arco encontró una habitación en penumbra, sin luz alguna, solo la del atardecer que con sus últimos rayos de sol bañaba el rojizo cabello de su amada.
Roxelana estaba justo ahí, junto a la ventana y dándole la espalda al Gran Sultán.
—¿Por qué te niegas a verme? — preguntó Solimán acercándose con tiento, como si se tratase de un pajarillo asustadizo que, en cualquier momento ante la brusquedad, echase a volar
—No es por ti mi amado esposo. No… no soy digna de que los ojos del sultán me contemplen.
Solimán tomó su mano, le dio la vuelta y la encaró.
Los ojos de Roxelana estaban enrojecidos.
El sultán tomó con delicadeza el mentón de su amada y guio su rostro hacia la luz.
En ese momento descubrió tres marcas que circundaban su mejilla.
Jamás antes, ni por la derrota sufrida en Viena, el Gran Sultán se había sentido tan frustrado y furioso.
Habían profanado su templo, su mayor tesoro.
El Gran Visir, Ibrahim Pasha, acudió a visitar al joven príncipe Mustafá.
No esperaba encontrar un banquete a su regreso a palacio, pero los rostros de los siervos mostraban miedo, como si un gran peligro sobrevolase sobre ellos.
No tardó en encontrar al joven heredero en los jardines, junto a su madre Mahidevran y un eunuco que les acompañaba.
Cuando Ibrahim se presentó ante el muchacho, le sorprendió que no le recibiera con el entusiasmo con el que solía hacerlo.
Una angustia recorría su aura y la compungida mirada de su madre confirmaba que algo terrible había acontecido o estaba por suceder.
Aún así, Ibrahim se tomó unos segundos antes de preguntar para contemplar a Mahidevran; la preocupación no marchitaba su belleza.
—¿Qué os ocurre?
—Lo sabrás pronto — respondió Mahidevran.
—Sin querer mi hermano Mehmed se ha caído por mi culpa… — intervino Msutafá —, ha sido sin querer.
—¿Está bien? — se interesó Ibrahim.
—Él sí. Solo ha tropezado — respondió desenfadada Mahidevran —. Todo ha sido culpa de la madre de Mehmed, Hürrem. Se ha presentado buscando a Mustafá y le ha agarrado del brazo para reprenderle. Se lo pensará dos veces antes de volver a tocar a mi hijo…
Mahidevran hablaba con satisfacción a pesar de estar esperando la tempestad.
Ibrahim sabía de la rivalidad entre ella y Roxelana y no le extrañó que hubiera sufrido algún enfrentamiento.
Desconocía si lo ocurrido entre las dos mujeres fueron solo palabras, ni tampoco cuales serían las consecuencias.
—Pero ¿qué has hecho? — se preocupó el visir — ¿Qué has hecho Mahidevran?
—Lo que haría cualquier madre — se justificó la primera esposa de Solimán, con la rabia impotente de aquellos que irremediablemente ven perder sus cosechas tras una gran sequía.
—Sea lo que sea hablaré con él Gran Sultán, no os preocupéis, no pasará nada — aseguró Ibrahim con una voz calmada.
—¡Mahidevran! — la voz encolerizada del sultán interrumpió rompiendo toda posibilidad de conciliación.
El paso de Solimán acompañado por seis hombres de su guardia jenízara enmudeció incluso el canto de los pájaros en el jardín.
La piel del Gran Sultán estaba encendida por la rabia, como nunca Ibrahim la había visto.
Unos pasos más atrás, Roxelana junto a su hijo Mehmed acompañaban a su esposo; lo hacía despojada de la amplia sonrisa que siempre le había caracterizado y con sus ojos vestidos en lágrimas.
—Mahidevran! — repitió el sultán.
—En que puedo servirte, Solimán el Magnífico — respondió Mahidevran mientras se acercaba al sultán con aire seguro, orgullosa y con la cabeza en alto.
Solimán extendió su brazo indicándole a Roxelana que se acercase a él. La sultana se acercó y el Gran Sultán tomó su mentón, mostrando la profanación en su rostro. Por un momento Ibrahim pudo vislumbrar como tras sus lágrimas, Roxelana le dedicaba una mirada altiva a Mahidevran.
—¿Puedes explicarme esto? — exigió Solimán.
—Roxelana… Hürrem… — rectificó Mahidevran al caer en la cuenta que se había dirigido a la sultana con su nombre de esclava —, Hürrem iba a castigar a tu hijo Mustafá y no se lo he permitido. Considero que solo tú, el Gran Sultán, tiene derecho a corregir a su hijo.
—¡Mustafá golpeó a Mehmed! — inquirió Roxelana abrazando a su pequeño.
—¡Eso no es cierto! — protestó Mustafá.
—¡Silencio todos! — ordenó Solimán y se dirigió a Mahidevran — ¿Por eso has arañado el rostro de la sultana? La próxima vez que la toques te contaré las manos o algo más.
—¡Protegía a tu heredero! — se defendió Mahidevran.
—¿Heredero? ¿Eso también lo has decidido tú?
Me quedan muchos años de reinado por delante y tengo más hijos: además de Mustafá, están los hijos de la sultana: Mehmed y Selim.
Yo decidiré quién será mi sucesor, no tú.
— Solimán se tomó unos segundos para relajar su rostro y su voz, sustituyendo la ira por la pena —.
No me dejáis otra opción. Habéis olvidado cual es vuestro lugar…
Mustafá, tienes casi quince años, todos te aprecian en el harén, en la corte, incluso los embajadores extranjeros han resaltado tus virtudes y creo que eso ha hecho que dejes de tener los pies en la tierra.
Te enviare junto a tu madre a 22 Karaman…
—¿Es… es necesario enviar a Mustafá tan lejos Gran Sultán? — preguntó Ibrahim de manera espontánea.
—¡Visir! Te permito que me rebatas en la estrategia de nuestras campañas, pero no te permito que interfieras en los asuntos que conciernen a mí familia.
Puede que al cuestionar mi decisión tú también hayas olvidado cuál es tu lugar — señaló Solimán acompañando sus palabras con la más severa de sus miradas.
Ibrahim hincó la rodilla frente al sultán y se llevó el puño a su pecho.
—Perdonadme Gran Sultán. Vivo para serviros.
—Mustafá, ejercerás como 23 Sanjak eey en Karaman… así mostrarás tu valía. Mahidevran se irá contigo y dirigirá tu harén ¿Mis órdenes han quedado claras?
—Sí sultán — dijeron madre e hijo al mismo tiempo.
Solimán no dijo nada más. Se marchó mientras Ibrahim aún permanecía con la rodilla hincada en la tierra.
Siguiendo los pasos de Solimán, estaban Roxelana junto a Mehmed , con los ojos aun enrojecidos pero con una leve sonrisa dibujada en la comisura de su boca.
Aquel triunfo era mayor que el mayor de los botines que hubiera podido obtener en cualquier guerra.
Solo derramando sus lágrimas se había deshecho no solo de Mahidevran, sino también de Mustafá, el único rival que podría hacerle sombra a sus hijos en el futuro del sultanato.
Quedaba claro que la conquista del corazón del Gran Sultán había sido la mayor de sus victorias.
Con una mirada fugaz hacia Ibrahim, Roxelana acentuó aún más su sonrisa.
A los ojos de Ibrahim, la ambición de aquella mujer no conocía límites.
Esa mujer era incluso más peligrosa que el propio Carlos de Habsburgo.
Era una serpiente que había envuelto su cuerpo alrededor de Solimán, estaba gangrenado con su veneno al poderoso imperio Otomano.
De una forma u otra, debía proteger a Mahidevran y a Mustafá.
Ibrahim aspiró hondo y cerró los ojos buscando paz y repitiéndose que el día en que se hiciera justicia, llegaría.
Notas
22. ↩ Ciudad situada en el sur de Turquía a más de 800 kilómetros de Estambul. La ciudad se sitúa al norte de los montes Tauros
23. ↩ Gobernador de la ciudad, responsable tanto del mando administrativo como militar.