Carlos V. Trilogía Completa 34. La paz de las damas
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34. La paz de las damas

La paz de las damas

La archiduquesa Margarita había estado observando a la pequeña niña que portaba su mismo nombre durante todo el viaje: mientras montaba a caballo o corrigiendo sus modales en la mesa, como lo haría una madre, celosa y preocupada.

Unos meses atrás, habían traído a la niña al palacio de Malinas ante Margarita, la archiduquesa se convertía de esa manera en la encargada de velar por su educación y su seguridad.

En parte Margarita sentía lastima por la cría, una pequeña de cabellos cobrizos y ondulados con la frente despejada, pero con una mirada astuta para alguien de su tierna edad : era callada, introvertida y algo insegura.

Con tan solo seis años, la acababan de arrancar de un mundo que no iba más allá de las fronteras de Bruselas y la habían apartado de todo lo que conocía para llevarla al palacio de Margarita donde todo era nuevo: las personas; sus ropajes; incluso el trato que tenían todos hacia ella, pasando de pertenecer a una familia de segunda fila a los círculos imperiales de los Habsburgo.

Cabalgaban una junto a la otra, entre el gran cortejo que las escoltaba, atravesando caminos franqueados por campos de cultivo, cuando ya divisaban a lo lejos la ciudad de Cambrai

—Hoy puede que aprendas algo importante Margarita. Vas a saber que las palabras, incluso las de una dama, si se utilizan correctamente pueden derribar cualquier muralla. — La niña no dijo nada, pero Margarita la miró, sonrió sutilmente y continuó —. Pueden hacer mucho más que mil cañones.

El calor azotaba en esos días de verano en el norte de Europa.

Aun así, las dos damas se dieron cita en la ciudad vestidas con sus mejores galas: Luisa de Saboya lo hizo con un sobrio vestido negro con bordados de oro; Margarita de Habsburgo lo hizo con unos ropajes de color hueso, que resaltaba su figura.

En ese momento eran la reina blanca y la reina negra que se encontraban frente a frente sobre el tablero del mundo, restando importancia a la comitiva que acompañaba a ambas a la Portede París , convertidos en meros peones.

Todos, los de uno y otro bando, contemplaban el acontecimiento como el encuentro entre dos reyes.

Andaban la una junto a la otra, varios pasos por delante de sus guardias por un camino rodeado por el verdor de los fresnos y la hierba que les conducían al mismo portón de una robusta fortaleza.

Las dos se mostraban seguras y orgullosas.

—Resolveremos lo que nuestros hijos no han sido capaces de hacer — diluyó Margarita sus palabras en el aire.

—¿Nuestros hijos? — Luisa soltó una leve risa mientras seguía caminando con la vista al frente—. Dad las gracias por no tener que lidiar con los hijos.

Margarita miró a la reina madre de Francia por encima del hombro, sin torcer el gesto, aunque aquel comentario hiciera bullir la sangre Habsburgo que recorría sus venas.

La archiduquesa no había tenido hijos después de enviudar dos veces siendo muy joven.

La primera vez del primogénito de los Reyes Católicos, la segunda fue de Filberto, hermano de su interlocutora.

Era cierto que a la archiduquesa no le faltaron pretendientes, a pesar de estar ya en la mediana edad gozaba de belleza, posición e intelecto, pero Margarita eligió educar y criar a Carlos y a sus hermanas como hijos propios, por ello sus sobrinos la consideraban una madre.

—He procurado para mi sobrino una educación exquisita, pero personalmente le he hecho entender que lo más importante es el honor y la palabra — respondió Margarita sin parar su marcha.

—Como vos enviudé joven. Desde entonces he preparado a Francisco para que reinara, incluso ahora que es rey sigo guiándole. — Luisa miró desafiante a Margarita mientras no perdía el paso —. También le enseñé que no hay tratado que valga si este ha sido firmado bajo coacciones.

—Bien — Margarita tosió levemente para aclararse la garganta —.

Como bien he dicho antes, resolvamos nosotras lo que ellos no han sido capaces de resolver: vuestro hijo el rey de Francia abandonará todas sus pretensiones sobre Italia, Flandes, Artois y Lens, por supuesto ello implica que retire sus tropas de todos esos territorios y que forcéis a vuestra aliada Florencia a que firme la paz con Carlos; el emperador Carlos — Margarita enfatizó la palabra “emperador” para que llegase a su interlocutora clara y directa —, abandonará sus aspiraciones hacia Borgoña. —¿Qué hay de Navarra? — preguntó Luisa.

—Se negociará la retirada de las tropas imperiales. Vuestro yerno Enrique acabará teniendo su trono. Eso sí, La corona francesa deberá pagar las deudas que el emperador haya contraído con Inglaterra… por las molestias causadas…

—Bien — respondió sin protesta Luisa.

Cuanto entraron en el edificio, fue Margarita quién cedió el paso a Luisa.

—Vuestros nietos, y herederos de Francisco, volverán a Francia a cambio del pago de dos millones de escudos. Los recibiréis junto a Leonor, la nueva reina de Francia. Vuestro hijo deberá reconocer de una vez por todas su matrimonio con ella.

—¿Están bien los príncipes? — preguntó la reina madre de Francia.

—Aislados… pero bien. Los príncipes no tienen por qué pagar las enemistades de su padre.

—Ni la princesa Leonor las enemistades de su hermano — señaló Luisa—. ¿Creéis que mi hijo aceptará sin más a vuestra sobrina? —Como bien habéis dicho le seguís aconsejando — respondió Margarita dibujado levemente una sonrisa en la comisura de su boca —. Aconsejable bien.

Italia, camino a Milán, una semana después.

A caballo junto a sus inseparables consejeros, Carlos encabezaba un poderoso ejército para medir el coraje de todos aquellos que seguían desafiando su fuerza.

La paz había sido deseada. Durante todos esos años había perdido buenos hombres, las arcas se habían vaciado y la inestabilidad le alejaba de su familia.

Al atravesar los campos lombardos cultivados por la pestilencia que deja a su paso la guerra, le invadió una niebla densa, ajena al caluroso clima: eran los vestigios de las batallas que precedieron su llegada; cosechas abandonadas; la tierra desaprovechada con tumbas sin nombre; gentes empobrecidas.

Era de suponer que los italianos ansiaban esa paz tanto o más que él.

Su tía la archiduquesa, había firmado la paz en su nombre con Luisa de Saboya en representación de su hijo el rey de Francia.

Las mujeres habían hecho lo que los hombres no habían sido capaces de hacer en tantos años de guerra.

A lo lejos, Carlos pudo ver aproximarse a un jinete a galope levantando la polvareda del camino, haciendo ver su recorrido como una nube amenazante que se acercaba hacia él.

Carlos alzó el puño y ordenó el alto a sus oficiales para esperar al mensajero que se paró en su camino.

El mensajero descabalgó y tras una reverencia le entregó una carta sellada al emperador.

Tras abrirla sin prisa, Carlos paseó sus ojos con detenimiento sobre las letras. Releyó cada palabra. Cerró sus ojos cansados y arrugó la carta entre sus manos. Francisco de los Cobos advirtió el pesar que había invadido a su rey.

—¿Ocurre algo majestad?

—Es una carta de mi hermano… que lejos queda la paz.

Algunos príncipes alemanes seguidores de Lutero están reclutando tropas para levantarse en armas contra mí.

Pero eso no es lo peor.. — Carlos miró a los ojos de su secretario como si buscase consuelo —.

Un ejército encabezado por Solimán avanza hacia Viena.

—¿Cambiamos nuestro destino mi señor?

—No… Viena está bien resguardada.