33. El principio de un nuevo viaje
El principio de un nuevo viaje
El rey contemplaba el mar pacífico bajo las embarcaciones amarradas apenas danzando con su vaivén.
Los cientos de velas de las naves parecían nubes blancas y resplandecientes en un cielo de intenso azul.
Le invadió una sensación de paz, la que tanto ansiaba y por la que todo estaba dispuesto a sacrificar por alcanzar.
Su corazón se encogía, sentía que su lugar estaba en Toledo, junto a Isabel y sus hijos.
Sin duda los echaba en falta, pero como siempre se repetía así mismo, el mundo espera a su emperador.
La despedida en el alcázar había sido amarga. En el lecho, entre sábanas blancas, se resistía incluso a separar su mano del vientre de la reina que de nuevo estaba en cinta. Ella era su hogar y refugio en aquel mundo de constante guerra.
—¿Cuándo volverás?
—Cuando el mundo me lo permita. Pero estoy tranquilo, Castilla queda en buenas manos bajo tu gobierno, además y si lo requieres, podrás acudir a los hombres sabios que he puesto a tu disposición.
Añoraría su aroma, su carne y sus labios.
Carlos se levantó de la cama y volvió al momento para tumbarse junto a su reina.
La sorprendió con un clavel que deslizó sobre la piel de su amada esposa, la reina de los claveles y de nuevo llegó el frenesí.
Se alimentaron el uno al otro sin saber cuándo volverían a hacerlo.
Ese recuerdo era lo más valioso que se había llevado consigo a Barcelona. A pesar de estar rodeado de todo su séquito y del ir y venir de los hombres, el emperador seguía reviviendo en su memoria aquel último momento.
Estaba ya lejos de la ciudad del Tajo. Había cambiado el olor del tomillo y el romero por el de la sal marina. Podía cerrar los ojos y saber que estaba ya lejos, por las campanas de los barcos, el graznido de las gaviotas y la brisa del mar que aspiraba profundamente como un reclamo de libertad.
Carlos se dirigía a los astilleros. Ahí esperaba la gran galera real: una catedral sobre las aguas; como un castillo de ocre sobre el casco rojo, varias escenas bíblicas se sucedían en retablos como el pórtico del más hermoso templo.
Al lado de Carlos marchaba Francisco de los Cobos y Granvela, quienes ponía al rey al corriente de las últimas noticias que llegaban de Italia.
—Gracias a la victoria de Antonio de Leyva y a la captura de diversos comandantes al servicio de Francia, la guerra vuelve a decantarse de nuestro lado.
De hecho, Leyva asegura que se ve en disposición de reconquistar toda Italia.
—No dudo de su capacidad — respondió Carlos —, pero la prioridad es la paz. Escríbele y recuérdale que se centre en la entera reconquista de Pavía.
—Sí majestad… otro asunto. — Fernando de los Cobos habló con un tono más relajado — ¿habéis podido recibir a Hernán Cortés?
—El capitán Cortés ha tenido la voluntad de venir a despedirse de su rey. Ha prestado un buen servicio a la corona, sus… aportaciones nos han ayudado a mantener las arcas llenas. Por ello le he concedido nuevas tierras en Nueva España y también la licencia para establecer un mayorazgo.
El secretario asintió.
—Y otro tema que puede resultar de vuestro interés …
lo que os escribió vuestra tía la archiduquesa sobre la niña de Bruselas.
Carlos tragó saliva y trató de ocultar su vergüenza, aquel era un asunto que muy pocos conocían y que hasta hacía relativamente poco había llevado con total discreción.
Carlos volvió la cabeza hacia el Mediterráneo.
—Todo… todo está solucionado.
El César siguió avanzando junto a su cortejo hasta que un hombre recio, con la barba gris y la mirada llena de surcos, propia de los que han vivido más de lo que lo harían tantos mortales en en diez vidas, de buenos ropajes y con el mentón en alto propio de los orgullosos hombres que se consideran libres, le salió al paso.
—Es Andrea Doria, majestad — dijo Francisco de los Cobos.
Andrea Doria hizo un leve gesto de sumisión agachando la cabeza ante Carlos, tan rápido como imperceptible a los ojos de los presentes. Carlos se llevó la mano al corazón e inclinó de manera notable la cabeza ante el marino:
—Es un honor.
Doria asintió retraído: aquel rey le había mostrado todo su respeto, dio media vuelta y avanzó hacia la galera real, esperando que Carlos y sus consejeros le siguieran y empezó a hablar.
—Está todo dispuesto para que podamos partir hacia Génova majestad. 100 naves que llevarán a vuestros doce millares de soldados 2000 caballos y vuestros miles de cortesanos y escribanos — decía Doria mientras ascendía por el tablón que daba acceso a la galera real.
—¿Debo recordaros que os estáis dirigiendo al emperador? — preguntó Granvela con cierta indignación de la que carecía Carlos y que se mostraba impasible al poner el primer pie en la cubierta de la nave.
—El emperador se ha ganado mis servicios con oro — contestó Doria sin titubear y avanzando hacia el castillo de popa —. Mi devoción se la ganará cuando vea que cumpla su palabra con respecto a Génova.
—Aguarda Granvela. — Carlos se interpuso en la réplica de su consejero —.
El condotiero Doria tiene razón. Soy yo quien debe ganarse su devoción, con todo lo que ha hecho por nosotros en la guerra contra Francisco, los mares son suyos y también las costas.
Sin duda cada escudo gastado en él, ha sido una buena inversión.
Soy yo el que está en deuda. De nuevo Doria abrió los ojos sorprendidos ante las palabras y la muestra de humildad de Carlos ¿En verdad estaba ante uno de los hombres más poderosos del mundo?
Las anclas se elevaron y las naves no tardaron en zarpar.
Cabalgaban las olas hacia los profundos dominios de Doria.
Apoyado en la barandilla del mismo castillo de popa, Carlos veía como las estructuras en la costa se hacían más pequeñas tornándose meras siluetas grisáceas.
Se alejaba del bullicio para encontrar la calma y contempló a Doria junto al timón, con los ojos en el horizonte, como si no solo controlase el centenar de naves sino también los temporales marinos.
Sin volverse hacia Carlos y como un rey le hablaría a un igual, quebró la calma con su voz:
—Esperaba encontrarme hoy aquí al marqués de Vasto, sin duda un hombre admirable y envidiablemente leal hacia vos, creo que esto último deberíais saberlo.
—Esta de camino a Austria para hacer frente a la amenaza del turco — respondió Carlos —.
Mi hermano me ha solicitado ayuda y entre los pocos hombres que le he podido enviar se encontraba él.
—Un millar de hombres como él os bastarían para hacerle la cruzada al sultán.
Pero supongo que los tenéis ocupados con la guerra en Italia.
—No creáis que no sé quién es mi verdadero enemigo — advirtió Carlos —. Lo primero que busco en Italia es la paz para de una vez por todas hacerle frente a Solimán y a todos esos piratas a su servicio que sé bien os quitan el sueño.
Doria alzó una de sus espesas cejas, se acercó a Carlos y se apoyó en la barandilla junto a él, adquiriendo una actitud condescendiente.
—Con el debido respeto majestad, pero no creo que jamás le pudieseis ganar una guerra a Solimán. Sin duda es más astuto que vos y menos confiado.
—¿Confiado? — preguntó Carlos
—Estáis confiando en mí, alguien que ha traicionado a vuestro adversario ¿Qué os hace pensar que no os traicionaré a vos también?
Carlos sonrió y negó con la cabeza.
—Es por ello que debo ganarme vuestra devoción.
A mi entender, Francisco fue quien os traicionó a vos al no satisfacer vuestras demandas y no cumplir sus promesas.
— Carlos miró con convicción a Doria —. Merecéis mucho más que ser solo un condotiero .
Merecéis títulos y honores acordes a vuestro servicio. Tal vez un marquesado.
—Justo las promesas incumplidas de riqueza y poder me llevaron a despreciar al rey Francisco.
—Entonces lo anunciaré mediante un edicto real. Anunciaré que sois el almirante de mi flota imperial — insistió Carlos.
—Es un buen comienzo, pero… esta guerra está ganada — rumió Doria — ¿Por qué me entregaríais vuestra flota?
—Esta guerra tal vez esté cerca de ver su final, pero estamos aún lejos de alcanzar la paz. El turco sigue estando ahí y cuenta en los mares con el servicio de Barbarroja. Es hora de contar con alguien que esté a la altura de ese pirata inmortal.