Carlos V. Trilogía Completa 32. Una nueva iglesia
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32. Una nueva iglesia

Una nueva iglesia

Era clara la impaciencia que invadía el semblante del rey de Inglaterra, tras unos meses de deliberaciones. Llevaba todo ese tiempo esperando a que el Papa autorizase su divorcio con Catalina. Nada deseaba más en el mundo, que colocar la corona de la reina sobre la cabeza de Ana Bolena.

Ahí mismo en el vestíbulo, habían dispuesto una elevada plataforma donde en lo más alto ocupó su lugar Enrique Tudor, dejando en un nivel inferior a los cardenales.

Incluso al mismo arzobispo de Canterbury, Thomas Wolsey, el hasta hacía unos pocos meses favoritos del rey, ocupó su lugar entre los cardenales con el gesto contrariado, sabedor que el no haber convencido al Papa sobre la nulidad del matrimonio real era el principio de su caída.

Sin duda aquella era una declaración de intenciones, Enrique quería hacer ver que el rey estaba por encima de los poderes eclesiásticos.

La situación fue observada antes de que se iniciase la sesión por John Fisher, obispo de Worcester, que junto a Catalina se encontraba sentado frente a la tribuna, como si esta se dispusiera a ser juzgada: —¿Acaso el rey pretende ser un hereje como Lutero?

— musitó la reina solo para los oídos del obispo.

—Vuestro sobrino Carlos de Habsburgo ha llegado a la paz con el Papa, está cerca de llegar a la paz con Francia.

La desesperación ha dado paso a la locura y el rey está dispuesto a todo — respondió el clérigo con una voz casi inaudible, sabiendo que sus palabras podrían ser consideradas alta traición.

—Deberíais ser más cauto con vuestras palabras, mi señor, pues si llegasen al rey…

no sé… — Entonces la reina reparó en el canciller —.

Mirad a Thomas Wolsey, quién un día fue favorito del rey no tardará en caer en desgracia.

Será despojado de títulos y fortuna y no por ser contrario al rey sino por no actuar con la diligencia y rapidez que el rey exigía.

Ana Bolena y los suyos han envenenado la mente del rey.

Era un juicio. Así lo veían todos y el juez era un representante venido de Roma para esclarecer la nulidad o no del matrimonio entre Catalina y Enrique.

El Tudor tenía a su favor a todos sus cardenales y en contra todo el poder de Roma que había reemprendido las relaciones con Carlos de Habsburgo.

Fue el mismo representante del Papa quien pidió silencio y empezó a hablar: —Antes de empezar.

La reina de Inglaterra quiere dirigir unas palabras a su rey.

Con un leve gesto, el emisario del Papa le pidió a la reina que se levantase y que se acercara al centro de la tribuna donde Enrique Tudor no se molestó en mirarla, mostrándose, no obstante, irritado por su presencia.

—Os devuelvo vuestro consejo majestad — dijo en un susurro John Fisher —: sed cauta con vuestras palabras.

Catalina desoyó la advertencia, se aproximó al rey y se arrodilló ante él, despojándose de toda su regia dignidad hasta el punto de casi besar los pies de su marido.

Entonces en esa ocasión sí, viendo a su mujer de rodillas, la miró con desprecio.

Catalina clavó sus ojos en él, y aunque no hubo llanto — tal vez por el orgullo de una reina — su faz estaba marcada por el dolor, al igual que el timbre de su voz.

— 21 Mi señor, por el amor que ha habido entre nosotros, solo os suplico justicia.

Que tengáis hacia mí misericordia y piedad.

— Catalina alzó la mirada donde en sus ojos se atisbaba un llanto que se resistía a desbordar y la dirigió a todos los cardenales —.

Soy una extranjera, nacida fuera de vuestros dominios.

No tengo en estas tierras amigo seguro ni consejo imparcial y es por eso que acudo a vos como cabeza de justicia de este reino.

— Catalina alzó su voz para que todos escucharán con claridad sus palabras —.

¡He sido obediente y siempre conforme! He amado a todo lo que vos habéis amado, ya fueran amigos o enemigos.

Durante estos veinte años habéis tenido de mis varios hijos a los que Dios se ha llevado de este mundo.

Os puedo asegurar que jamás otro hombre me ha tocado.

Os suplico humildemente que en nombre de la caridad y por amor a Dios, que es el supremo juez, me evitéis la comparecencia ante este tribunal.

Pero si no queréis otorgarme tan menguado favor, cúmplase vuestra voluntad, que yo a Dios encomiendo mi causa.

No hubo respuesta de Enrique Tudor, solo habló su impaciencia reflejada en su mirada inquisidora.

Catalina de Aragón, reina de Inglaterra orgullosa, se levantó, hizo una leve reverencia a su rey, se volvió y con el mentón en alto, con pasos medidos y lentos como el andar de una gigante y como la orgullosa hija de los Reyes Católicos, se dirigió a la gran puerta de la sala sin dedicar una mirada a nadie más, solo al obispo John Fisher que le cortó el paso.

—Mi señora, seréis llamada de nuevo.

—No me importa, no permaneceré aquí, ante un tribunal carente de imparcialidad.

Nadie más la detuvo ni con gestos ni palabras. La reina se marchó dejando tras de si el sonido sordo de un portazo que recorrió suelo y paredes, incluso campos tranquilos y ciudades bulliciosas, ganándole al silencio de los asistentes.

Notas

21. ↩ Adaptación de las palabras dichas por Catalina de Aragón en el juicio de Blackfriars, recogidas en junio de 1529: “Sir, I beseech you for all the loves that hath been between us, and for the love of God, let me have justice and right, take of me some pity and compassion, for I am a poor woman and a stranger born out of your dominion, I have here no assured friend, and much less indifferent counsel: I flee to you as to the head of justice within this realm. Alas! Sir, wherein have I offended you, or what occasion of displeasure have I designed against your will and pleasure? Intending (as I perceive) to put me from you, I take God and all the world to witness, that I have been to you a true and humble wife, ever conformable to your will and pleasure, that never said or did anything to the contrary thereof, being always well pleased and contented with all things wherein ye had any delight or dalliance, whether it were in little or much, I never grudged in word or countenance, or showed a visage or spark of discontentation. I loved all those whom ye loved only for your sake, whether I had cause or no; and whether they were my friends or my enemies. This twenty years I have been your true wife or more, and by me ye have had divers children, although it hath pleased God to call them out of this world, which hath been no default in me. And when ye had me at the first, I take God to be my judge, I was a true maid without touch of man; and whether it be true or no, I put it to your conscience. If there be any just cause by the law that ye can allege against me, either of dishonesty or any other impediment to banish and put me from you, I am well content to depart, to my great shame and dishonor; and if there be none, then here I most lowly beseech you let me remain in my former estate, and received justice at your princely hand. The king your father was in the time of his reign of such estimation through the world for his excellent wisdom, that he was accounted and called of all men the second Solomon; and my father Ferdinand, King of Spain, who was esteemed to be one of the wittiest princes that reigned in Spain many years before, were both wise and excellent kings in wisdom and princely behavior. It is not therefore to be doubted, but that they were elected and gathered as wise counsellors about them as to their high discretions was thought meet. Also, as me seemeth there was in those days as wise, as well-learned men, and men of good judgement as be present in both realms, who thought then the marriage between you and me good and lawful Therefore is it a wonder tome what new inventions are now invented against me, that never intended but honesty. And cause me to stand to the order and judgment of this new court, wherein ye may do me much wrong, if ye intend any cruelty; for ye may condemn me for lack of sufficient answer, having no indifferent counsel, but such as be assigned me, with whose wisdom and learning I am not acquainted. Ye must consider that they cannot be indifferent counsellors for my part which be your subjects, and taken out of your own council before, wherein they be made privy, and dare not, for your displeasure, disobey your will and intent, being once made privy thereto. Therefore, I most humbly require you, in the way of charity, and for the love of God, who is the just judge, to spare the extremity of this new court, until I may be advertised what way and order my friends in Spain will advise me to take. And if ye will not extend to me so much indifferent favour, your pleasure then be fulfilled, and to God I commit my case!”