Carlos V. Trilogía Completa 31. La boda del sultán
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31. La boda del sultán

La boda del sultán

Telas bellas y lujosas, los mejores vestidos y las flores más frescas acompañaban un día espléndido en el palacio. Habían pasado varios días y muchas noches más entre juegos y banquetes.

Casi todos los rostros eran alegres, casi todos: el visir Ibrahim Pasha asistía con preocupación a uno de los banquetes para conmemorar el enlace.

En esos días se había preocupado por el bienestar de Mahidevran quien también había vivido con luto en su rostro los eventos vividos.

A Ibrahim le pareció que su belleza era más frágil con la tristeza arropando su figura.

También veló por su hijo Mustafá, el primogénito del Gran Sultán, con el ceño del rencor marcado entre sus ojos.

Todos aplaudían las palabras del sultán, pero se miraban unos a otros atónitos. Solimán acababa de dar un anuncio insólito. Ella, su concubina favorita, acababa de ser nombrada Sultana por la misma sombra de Alá en la tierra.

Ibrahim la conocía bien. Había llegado de niña a palacio desde tierras lejanas.

Cuando iba a ser sometida a la disciplina y a la educación del harén.

Al principio se resistió, era tan indomable como el fuego de sus cabellos, pero algo cambió en ella, dejó de luchar contra a la voluntad de sus amos, para finalmente seducirles ¿fue por amor o por ambición?

Ibrahim no tenía respuesta a esa pregunta, pero fuese como fuese, aquella niña que una vez fue secuestrada y llevada a Estambul como una esclava, había hecho que Solimán fuese rompiendo las tradiciones, permitiéndole a esa concubina tener más de un hijo y haciendo que un sultán se casase por primera vez en dos siglos.

Nada quedaba de aquella niña. La sultana se levantó e infló su pecho orgulloso para recibir los respetos de todos en la sala.

Los recibió de uno a uno, fijando su enigmática mirada como si grabase en su mente a todos aquellos que la reverenciaban, pero teniendo aún más en cuenta a esos que no acudieron a ella.

Cuando Ibrahim se presentó ante la soberana, Roxelana le miró con un aire condescendiente y esperó pacientemente a que el visir hincase la rodilla ante ella.

En un aparente gesto cortés, la sultana ayudaba a incorporarse a Ibrahim a ojos de los presentes.

Pero en la acción dejó un susurro solo para los oídos del visir.

—Recuerda que deshonrarme a mí es deshonrar al mismísimo sultán. — Ibrahim la miró con la boca entreabierta mientras recibía esa advertencia que sonaba a amenaza —. Ya te dije que este día llegaría.

Ibrahim tragó saliva junto a sus palabras. Era ella soberana y desafiarla sería como desafiar al propio Solimán.

El visir se marchó. El aire en el salón era asfixiante o tal vez lo era la ira que recorría el torrente sanguíneo que daba vida a cada milímetro de su cuerpo, desde las arterias a los capilares.

Necesitaba aire fresco que le refrigerase por dentro.

Con grandes zancadas e ignorando a todos en el salón se dirigió a un gran balcón donde la brisa movía unas telas blancas.

Era su escapatoria. Al salir le sobrevino el frío de la noche y al elevar su mirada hacia el firmamento lleno de claras constelaciones en busca tal vez de alguna respuesta, encontró algo de calma.

¿De qué sería capaz esa mujer? ¿Debería tomarse las palabras de Roxelana como una amenaza?

Las preguntas se sucedían en la mente de Ibrahim, nublando todo en lo que hasta ese momento había creído, lo único que aún seguía teniendo claro era su inquebrantable fidelidad a Solimán y si su voluntad era tomar a Roxelana como esposa y nombrarla sultana, debía aceptarlo.

El visir cerró los ojos, lleno sus pulmones con una gran bocanada de alivio y aguanto la respiración hasta que se vio sorprendido por una voz familiar.

—Yo también me he cansado de los festejos — Era la voz de Mustafá quien hablaba con resentimiento.

—No me había percatado de tu presencia.

—No quiero llamar la atención en estos días — respondió el primogénito de Solimán —.

Mi cara es como uno de esos poemas que tanto le gusta recitar a mi padre, solo que el sentimiento que me invade no tiene nada que ver con el amor.

Cada palabra hacia esa mujer, cada alago y cada vez que alguien le rinde pleitesía es un insulto para mi madre.

Esa mujer ha embrujado la mente de mi padre y colocará a sus hijos por delante de mí.

—Es la voluntad del Gran Sultán. — Ibrahim alzó las dos manos tratando de tranquilizar al joven Mustafá.

—Si… siempre has dicho que estarías a mi lado. — Mustafá dio un paso atrás contrariado —… siempre dijiste que me serías leal.

—Le debo lealtad al Sultán — respondió Ibrahim con profunda rotundidad —. Le debo obediencia a tu padre… — El visir posó sus manos sobre los hombros de Mustafá —. Y te obedeceré a ti cuando sucedas a tu padre. Solo tú puedes ser sultán. Así debe ser.

Notas

19. ↩ Modificación de un poema que Solimán le escribió a Roxelana bajo el pseudónimo Muhibbi: “ Trono de mi mihrab solitario, mi bien, mi amor, mi luna. Mi amiga más sincera, mi confidente, mi propia existencia, mi sultana, mi único amor. La más bella de las bellas… Mi primavera, mi amada de cara alegre, mi luz del día, mi corazón, mi hoja risueña… Mi flor, mi dulce, mi rosa, la única que no me turba en este mundo… Mi Estambul, mi Caraman, la tierra de mi Anatolia Mi Badakhshan, mi Bagdad y mi Khorasan Mi mujer de hermosos cabellos, mi amada de ceja curvada, mi amada de ojos peligrosos… Cantaré tus virtudes siempre” No he podido encontrar la fuente primaria que me lleve a verificar si dicho poema es en realidad de l sultán, solo he encontrado varias fuentes secundarias como el portal BBC News, que acentúan está cualidad del Gran Sultán.

Yo, el amante de corazón atormentado, Muhibbi con los ojos desbordados de lágrimas, yo soy feliz. ”

20. ↩ Nicho que señala la dirección a la Meca para guiar al que ora.