30. Más valiosa que mil ejércitos
Más valiosa que mil ejércitos
El príncipe Felipe, de mirada angelical y rasgos de un querubín, apenas había empezado a dar sus primeros pasos.
Carlos permanecía alerta a los vaivenes de su primogénito, que en el interior de la cámara se dirigía a la cama donde se encontraban su madre aún exhausta y su hermana recién nacida.
Carlos lo elevó y lo llevó en brazos. Vio como Felipe trataba de tocar el rostro de su hermana con su pequeña mano, la bebé no sé inmutó ya que dormía plácidamente sobre el regazo de Isabel.
—Se llama María — le dijo Isabel como una voz dulce a Felipe —, como mi madre.
Carlos sonrió, le sostuvo la mirada con ternura a su reina. Realmente la amaba y ese era uno de esos pocos momentos en los que el rey, se mostraba feliz y pletórico. Con la cálida mirada de Isabel suspiró al sentirse correspondido.
El emperador se resguardaba en aquella paz y tranquilidad.
Ella era su refugio en ese mundo caótico, su serenidad en las tempestades y su bálsamo en todas esas noches que habían hecho eternas, más allá del tiempo aún duraban en sus recuerdos.
Aquel era un instante más de paz que se vio interrumpido cuando llamaron a la puerta.
Carlos miró a Isabel, había borrado su sonrisa, dejó a Felipe a los pies de la cama.
Se dirigió a la puerta decidido sabiendo que su familia podía esperarle, pero el mundo no.
Cuando la abrió, su secretario, Fernando de los Cobos, aguardaba al otro lado del umbral.
—César, el consejo os espera.
El deber le llamaba. Carlos se marchó sin ni siquiera volverse hacia su familia. Era el sacrificio que debía realizar. Todo lo que se esperaba de él
En el pasillo Francisco de los Cobos iba un paso por detrás de su rey quien andaba con la gracia y seguridad de las cuales carecía la primera vez que le vio hacía ya tantos años.
—¿Alguna noticia de Italia? — preguntó el rey.
—Es uno de los temas a tratar hoy, pero os puedo adelantar que la situación de Nápoles sigue estancada.
Carlos se detuvo y suspiró.
—Bien, creo que Francisco aún no se ha percatado de ese último acontecimiento.
Ahora lo sabremos — Carlos sonrió para sí frente a la puerta del salón donde su consejo le esperaba.
Dentro del espacioso salón las ventanas estaban abiertas de par en par, dejando entrar una agradable brisa que hacía que las cortinas blancas danzasen en un vaivén, trayéndose consigo el esplendor de aquella mañana libre de nubes.
Ahí esperaban el canciller Gattinara; el anciano Duque de Alba, Fabrique Álvarez de Toledo acompañado por su joven nieto Fernando y el borgoñés Nicolás Perrenot de Granvela.
—Granvela es una inmensa alegría tenerte de nuevo entre nosotros — Carlos mostró su entusiasmo al contar de nuevo con el consejero —. Espero que vuestro cautiverio en Francia no haya sido duro.
—Gracias majestad — Granvela hizo una reverencia apoyando su mano en su gran barba gris.
Todos los demás saludaron al rey y no se sentaron en torno a la mesa hasta que el rey no lo hizo. Reino el silencio que sucumbió a las palabras del monarca iniciando así la reunión.
—Hace pocos días recibí a un emisario de Andrea Doria.
— Todos murmuraron repitiendo su nombre.
A casi todos se les erizó la piel al escuchar el nombre del marino genovés que a tantas batallas se habían enfrentado—.
El marqués de Vasto le prometió la independencia de Génova y yo he aceptado.
Parece ser que el marqués lo ha convencido para servir a mi causa.
—César — intervino Gattinara — ¿Podemos confiar en alguien que durante tantos años ha sido nuestro enemigo? Además ¿Cómo el marqués de Vasto se atreve a hablar en vuestro nombre?
—No lo veamos como un mal si no como una virtud. Los hombres con la iniciativa y determinación mostradas por Alfonso de Dávalos o la de su primo Fernando en su momento, son los que mejor me sirven.
Gattinara asintió tibiamente dando así la razón a Carlos.
—Bien. Antes de pasar a otros asuntos ¿Hay alguna noticia de la que yo no sea conocedor? — preguntó Carlos.
—Vuestros hermanos, César… Fernando rey de Hungría y archiduque de Austria y la reina María, vuelven a solicitar vuestra ayuda ante el acoso de los paganos otomanos — dijo el canciller Gattinara.
—Cuando hayamos pacificado Italia les enviaré la ayuda que precisan — respondió Carlos.
—Es precisamente por la amenaza del turco que debemos dar punto final a esta guerra — intervino el viejo duque de Alba ante la atenta mirada de su nieto — .
Hemos conseguido pacificar Roma, ganar como aliado a los Sforza y como bien nos habéis hecho saber, habéis convertido a un poderoso enemigo en el mar como era Andrea Doria en un amigo.
A Francisco solo le queda Inglaterra y es por ello que debemos reanudar nuestros planes de invasión sobre la isla
—Inglaterra jamás ha sido tomada, majestad — observó Gattinara que hablaba desde la sabiduría de tantos años vividos.
—Nuestros ejércitos se nutren de hombres valerosos y capaces — insistió el duque de Alba —. Contamos con la ayuda de portugueses, expertos navegantes, y con los puertos de Flandes para organizar y dar avituallamiento a las tropas.
Carlos se levantó y entonces descubrió que durante todo ese tiempo había portado una carta en su mano. Sin aun revelarla, se dirigió a todos en la mesa:
—Duque de Alba, tal vez tengáis razón. No dudo en que contamos con suficientes hombres valerosos para llevar a cabo una empresa de tal magnitud, pero ¿A qué coste?
¿Cuántas vidas de esos valerosos hombres harán falta para llevar a cabo una empresa tan colosal?
Y no olvidemos las palabras del sabio canciller Gattinara, Inglaterra nunca ha sido tomada.
— Carlos desdobló la carta que portaba en la mano y la dejó caer sobre la mesa, haciendo que los presentes despegases sus espaldas de los respaldos de sus asientos, mostrando su interés en el documento —.
Cuando os digo, mi fiel Gattinara, que la determinación y la iniciativa son virtudes que no se valoran lo suficiente es por algo.
Mi tía Margarita, gobernadora de los Países Bajos, lo ha demostrado tal y como revela en esta carta.
Palacio de Hampton Court, Londres. Unos días antes.
El camino hacia el palacio era franqueado por la escolta de la archiduquesa.
El azul y el rojo daban color a sus chaquetas.
Margarita se encontraba ya tras los macizos muros de Hampton que desde la lejanía parecía navegar sobre un tranquilo mar de hierva verde.
A través de las centenarias y blancas ventanas que daban luz al palacio, Enrique Tudor sentado en el trono, junto a la reina Catalina , que guardaba un rictus serio, recibían a su invitada.
Caminaba segura y firme, como la lluvia sobre el campo al final del verano.
El paso del tiempo había dejado intactos sus labios carnosos y sus ojos claros.
Sus cabellos rubios se recogían y entremezclaban con filamentos blancos, como si el oro y la plata reluciesen en una corona hecha por la naturaleza, solo para ella.
La archiduquesa primero miró al rey brevemente y le hizo una reverencia igual de fugaz.
Después dirigió sus ojos hacia la reina, la hermana de su primer y difunto marido, a quien le dedicó más tiempo, tratando de leer en sus surcos el dolor y la humillación que sentía — debían ser ciertos esos rumores que en los últimos tiempos habían trascendido más allá de Inglaterra — Percibieron admiración y respeto la una por la otra.
—Archiduquesa… —La voz de Enrique Tudor desde su trono rompió el contacto visual entre las dos mujeres que una vez fueron hermanas políticas —, siento no haber preparado algo más… ceremonioso para anunciar vuestra llegada, pero dadas las circunstancias…
—¿Circunstancias? — preguntó Margarita.
—Es evidente que vos sois la tía y protectora de vuestro sobrino Carlos.
—Y vos sois su tío y la reina, vuestra esposa es tan tía como yo.
Creo que este “malentendido” no es más que un asunto familiar —.
El rey hizo el amago de reír ante el comentario de Margarita, pero al ver el rigor serio de su rostro se refrenó en su acción.
—Una guerra no puede ser tratada como un conflicto familiar — respondió al fin el Tudor.
Margarita se dirigió a Catalina con un tono de voz más endulzado:
—Majestad ¿Me permitiríais parlamentar a solas con el rey?
La reina Catalina tragó saliva y reunió el coraje que parecía supeditado en el aire al inspirarlo profundamente, para dirigir sus ojos al rey Enrique quien altivo no le devolvió la mirada.
—Soy la reina de Inglaterra o eso es al menos por el momento. Así que lo que tengáis que decirle al rey lo podéis decir con mis oídos presentes y sin reparos.
—Está bien, me parece justo — respondió Margarita impasible —, pero debéis saber que lo que diré no será de vuestro agrado.
— Después de comprobar cómo Catalina asentía lentamente, pero con seguridad, Margarita continuó —.
El rey tiene razón al decir que esta guerra no puede tratarse como un asunto familiar.
Es algo más íntimo… es un asunto matrimonial… por así decirlo.
La piel de Enrique VIII se encendió con esas palabras. Masticó rabia y miró ojiplático y desconcertado a la archiduquesa.
—¿Os recibo como una aliada y no se os ocurre otra cosa que deshonrarme?
— El pigmento rosado se tornaba más y más rojo en Enrique Tudor a la vez que esgrimía sus palabras —.
¡No simplifiquéis los motivos que me han llevado a enfrentarme a vuestro sobrino!
¡Es un hombre sin palabra ni honor! ¡Prometió casarse con mi hija y cuando ya no le fue útil la alianza que habíamos establecido se casó con la princesa portuguesa!
—Majestad — respondió Margarita con una extrema calma que contrastaba con la cólera del rey — ¿Acaso vos no disteis vuestra palabra en respetar a vuestra reina?
—¡Basta! — El rey Enrique se levantó como un resorte.
—¡No es de mi incumbencia lo que hagáis o no con vuestro reino! — Margarita alzó la voz como pocas veces lo había hecho — ¡Sigo siendo vuestra aliada y como buen aliado y gobernante que sois vos me escucharéis!
—¡Guardad silencio! — ordenó de nuevo el rey Tudor.
—¡Vuestro pueblo, nobles y plebeyos, tiene en gran estima a la reina Catalina!
— Margarita habló ignorando la orden de Enrique — ¿Qué pensarán cuando yo rompa los acuerdos comerciales que tenemos establecidos?
¿Qué pasará cuando se den cuenta que todo ha sido debido a que habéis repudiado a la reina que aman?
¿Y qué dirán cuando mi sobrino traiga la guerra a vuestras tierras?
Lo que hagáis o no con vuestro reino me trae sin cuidado, lo que tengáis que resolver con el Santo Padre sobre la anulación de vuestro matrimonio, también.
Pero si vais a traicionar la palabra de Dios y con ello vuestro derecho divino para sentaros en el trono, es mejor que lo hagáis en una época de paz y bonanza, con las relaciones de vuestros socios comerciales intactas.
Enrique seguía con su respiración agitada desde su trono y con los ojos fuera de órbita, fijos en la archiduquesa, pero de su boca no salió ni palabra ni balbuceo. Lo que estaba en juego, era más importante que su deseo.
De vuelta al Real Alcázar de Madrid.
—Mi querida tía, la archiduquesa, ha convencido al Tudor. — Carlos señalaba la carta escrita por el puño y letra de Margarita —. Sin derramar una sola gota de sangre sin enviar a más hombres a enfrentarse al mar y a la muerte, ha firmado, en mi nombre, una tregua de ocho meses con el inglés.
—Entonces ahora… — El Duque de Alba contemplaba atónito la carta.
—Entonces ahora, una vez más, tras neutralizar a sus aliados, Francisco se queda solo.