29. El sueño de todo hombre
El sueño de todo hombre
Tournom, el embajador francés, se encontraba en la habitación que su señor.
Había usado como cámara a su visita a Saint Germain: el motivo no era otro que el nacimiento de su única sobrina.
Francisco no se había acicalado para recibirle: portaba el mismo camisón con el que había dormido y los cabellos y la barba negra alborotados.
Aun así, su presencia regia seguía imponiendo.
Había escuchado la noticia trasmitida por el embajador y que hacía referencia a la reunión mantenida con Carlos y el resto de los embajadores en Valladolid; lo había hecho tranquilo degustando una manzana verde de manera pausada.
Cuando Tournom terminó con su informe, se mantuvo de pie esperando la respuesta del rey de Francia.
Francisco se tomó su tiempo para darle los últimos bocados a la manzana y tomar media copa de vino rebajada con agua, limpiándose finalmente la boca con la manga de su camisón.
Justo en ese momento, la reina madre, Luisa se Saboya, entró en la cámara, dispuesta a escuchar la reunión y actuar como la más leal consejera de Francisco.
—Así que… el pequeño Habsburgo a contentado a los Sforza con Milán y al Papa con su libertad.
El pequeño Habsburgo ha respondido a mi declaración de guerra, tomando como prisioneros a los cortesanos de mis hijos, al resto de los consejeros y encerrando a mis herederos en una fortaleza perdida de la mano de Dios.
Y no solo eso,, el pequeño Habsburgo que nunca ha entrado en combate, me reta a mí a un duelo ¿He entendido bien?
—Sí, majestad.
Francisco forzó una sonora carcajada que retumbó en todas las paredes de la gran cámara.
—Le escribiréis y le diréis que acepto — dijo el rey borrando su risa y mostrando en voz y rostro toda su dureza.
—¡Aguardad! — intervino la Reina Madre y dirigiéndose como toda una soberana al embajador francés —. No escribiréis a nadie. Ignoraréis dicha orden que nace de la arrogancia de mi hijo. Ahora dejadme a solas con el rey.
Tournom se encontró entre la espada y la pared sin saber que mandato cumplir. Hasta que finalmente el rey asintió, autorizando las palabras de su madre. Tournom abandonó la estancia con paso ligero y madre e hijo se quedaron a solas, sosteniéndose la mirada mientras se cerraba la puerta
—¿A que ha venido eso, madre?
—Que te aseen y te vistan. Tu hermana y su esposo están en palacio.
Luisa abandonó la habitación sin esperar réplica alguna, sabía que su hijo, como siempre, la obedecería.
Provisto de un jubón rojo con bordados dorados, unas calzas negras y tras acicalarse sin mucho esmero, Francisco de Valoiis salió de su cámara junto a dos cortesanos.
La reina madre le esperaba con paciencia en el pasillo y en seguida escrudiñó la indumentaria de su hijo.
El rey incómodo por la evaluación de su madre empezó a andar un paso por delante de ella y sin volverse para mirarla empezó a hablar:
—Decidme, madre ¿Creéis que no puedo aplastar a ese insignificante Habsburgo?
—Te creo capaz en volver a caer en el mismo error — respondió la madre sin apartar los ojos de las anchas espaldas de su hijo —. Hasta ahora el Habsburgo ha mostrado ser hábil y tú le has subestimado.
—La buena fortuna nos puede abandonar a todos — respondió el rey con una mueca de disgusto —. Pero en un combate entre él y yo de nada le valdría su suerte.
—El Habsburgo ha extendido sus palabras de desafío hacia tu persona en las cortes de Castilla y Aragón hasta llegar a tus súbditos franceses. Quiere provocarte para que aceptes.
—Y eso es lo que haré, madre… no hacía falta que se esmerase tanto.
—No… no lo harás.
—¿Por qué?
—Porque aún no sé cuáles son sus intenciones. Tal vez aprovecharse de tu arrogancia y tomarte preso, de nuevo como en Pavía. De esa manera dejaría en evidencia la estupidez que a veces te pierde.
Francisco paró en seco, la reina Luisa siguió su camino con la mirada altiva y sus ojos calvados al frente.
Pasó por delante del indignado rey sin inmutarse.
Francisco no replicó la ofensa, ahora era él quien seguía a su madre.
Madre e hijo bajaron por la escalinata donde en la gran entrada esperaban Margarita, hermana de Francisco: una mujer de gran estatura y que reunía todos los cánones de belleza como la piel pálida, unos enigmáticos ojos negros como su cabello y que con gusto cualquier artista del renacimiento plasmaría en un lienzo.
En brazos portaba a su pequeña hija Juana , nacida hacía ya un mes.
Le acompañaba su marido desde hacía ya dos años, Enrique de Albret, el eterno pretendiente al trono de Navarra.
Francisco se detuvo y les observó desde las alturas en el piso superior, como un Dios observando su creación. Luisa se detuvo un paso por delante.
—Mira ese enclenque. Mi hermana es demasiada mujer para él.
Le pasa lo mismo que a mí, con una Habsburgo con la que me obligaron casar y que aguarda por mí en Castilla.
Ese Albret estuvo conmigo en Pavía y no me sirvió de nada, lo capturaron y su recompensa fue casarse con la mismísima hermana del rey.
— Francisco observaba con desprecio a Enrique de Albret —.
No entiendo que lo tengáis en tan alta consideración y accedierais a entregarle la mano de mi única hermana.
—A diferencia de ti, él consiguió escapar de su cautiverio, evitando así firmar un tratado de paz deshonroso — sentenció Luisa —.
Y ahora escúchame: no accederás a duelo alguno, ganarás al Habsburgo en el campo de batalla, como debiste haber hecho la última vez.
Las guarniciones del Habsburgo están dispersas y débiles por toda la península itálica y el ejército francés concentrado en una sola fuerza, arrasará cada una de las defensas de tu enemigo.
Por no decir que seguimos gobernando el mar gracias a Andrea Doria y en Inglaterra tenemos un aliado poderoso.
—Andrea Doria. — Francisco hizo una mueca de desagrado —. No es más que un mercenario pretencioso. Ha pedido la plena independencia de Génova y que Francia deje de influenciar sobre ella.
Luisa de Saboya dejó una reflexión en el aire antes de bajar las escaleras.
—No cometas el error de desagradar a aquellos que ganan tus guerras; creía que habías aprendido la lección con el condestable de Borbón.
Mar de Nápoles. Unas semanas después.
A la muerte de Carlos de Borbón y de Fernando de Dávalos se sumaba la de Carlos de Lannoy tras sucumbir a la peste.
Bajo esa coyuntura, otros tomarían el relevo de los grandes generales de la guerra en Italia.
Hugo de Moncada, sucedió como Virrey de Nápoles a Lannoy, pero el cargo le duró poco.
Francia estaba desplegando sus ejércitos de norte a sur, Francisco de Valois tenía la guerra más a su favor que nunca desde el momento en que Lautrec, su mejor general sitió Nápoles.
Así los imperiales quedaron encajonados entre la tierra controlada por Lautrec y el mar dominado por Doria.
Hugo de Moncada decidió hacerse a la mar para combatir a las galeras de Doria.
De entre los miles de imperiales que iban a bordo de las naves napolitanas, se encontraba Alfonso de Dávalos, marqués de Vasto, que vivió de primera mano, como los imperiales que se hicieron al mar eran derrotados, entre ellos Hugo de Moncada quien murió en la misma cubierta del propio barco que comandaba: lo hizo sangrando junto a sus hombres.
A Alfonso de Dávalos en cambio, le hicieron prisionero.
El marqués de Vasto, muy cerca del 18 Cabo de Orso, había permanecido encadenado y cautivo en la bodega de uno de los navíos de Doria junto a una veintena de sus hombres.
No sabía cuántos días habían pasado desde su captura, el nefasto olor mezcla entre los animales domésticos, el sudor de los hombres y sus vómitos apenas tenía ya efecto en el después de tantas jornadas privado de libertad.
Dee nuevo las sombras cada vez más alargadas que rascaban los tablones de madera, indicaban que estaba a punto de anochecer.
Entre él y sus hombres habían gastado toda palabra, aliento y ánimo.
Solo quedaba cerrar los ojos y esperar a que el paso de los días marcara su destino.
Pero unas pisadas que bajaban hacia la bodega le alertaron.
—¿Quién de vosotros es el marqués de Vasto? — preguntó un hombre de mediana edad con el rostro lleno de cicatrices, copiosa barba negra, aires de grandeza y dueño de las pisadas
—¿Quién lo pregunta? — preguntó Alfonso de Dávalos. —Filipo Doria.
Alfonso se levantó ayudado por los hombres que acompañaban a Filipo Doria, alguien de quién había oído hablar: era sobrino de Andrea Doria y uno de sus hombres más determinantes a la hora de ganar la guerra en el mar.
Escoltado por los hombres de Filipo, el marqués de Vasto salió a cubierta con la duda de saber a dónde le conducirían.
El cielo estaba ya azulado, las primeras estrellas empezaban a asomar para dibujar las primeras constelaciones y la línea de la costa se iba convirtiendo en una sombra en la oscuridad.
—¿Dónde me lleváis?
Filipo Doria tardó en contestar hasta encontrarse frente a las puertas de un camarote.
Cuando se abrieron, Alfonso de Dávalos, reconoció al hombre que se encontraba sentado en una gran mesa: un hombre de gran longevidad, manifestada en su extensa barba gris y sus espaldas anchas tenía el porte de un dios del mar.
Sin duda era él, Andrea Doria. Se estaba sirviendo vino en una copa.
Frente a él tenía dos platos de pescado que desprendían un aroma tan agradable que hizo que inconscientemente abriera la mandíbula como un perro lo haría ante las sobras, no era de extrañar, en las últimas semanas había comido poco y mal.
Si los marineros tenían raciones escasas los prisioneros no iban a ser menos.