Carlos V. Trilogía Completa 28. Los embajadores
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28. Los embajadores

Los embajadores

A pesar de que la guerra no había cesado, la diplomacia seguía su curso.

Mientras los hombres morían en el campo de batalla, los pueblos eran arrasados y las cosechas destruidas, los embajadores seguían trasmitiendo los designios de sus señores, su triunfo sería que la sangre dejase de verterse sobre la tierra.

Desde que se produjo el Saco de Roma, muchos habían sido los embajadores que habían solicitado audiencia con Carlos.

En cada una de las reuniones, Carlos había escuchado atentamente las peticiones que traían consigo, pero con el paso de los meses dejó de disfrazar su impaciencia con miradas amables y sonrisas gentiles.

En el gran salón de las audiencias, el canciller Gattinara aguardaba de pie junto a su señor que se encontraba sentado.

Esperaban la llegada de todos esos emisarios con los que el rey había mantenido reuniones en los días previos: enviados de Inglaterra, Francia, Roma, de los Sforza de Milán, de Florencia y Venecia.

—Majestad, debéis saber que después de esta audiencia no habrá vuelta atrás — advirtió Gattinara.

—Sé lo que me hago — respondió Carlos con hastío —. El mundo se ha levantado contra mí y el mundo es demasiado grande. Necesitamos nuevos aliados.

Las puertas se abrieron. Del umbral irrumpieron doce embajadores enviados por los soberanos que seguían guerreando contra Carlos.

Sí irrupción dejo la sala pequeña. Todos se presentaron ante el rey con respeto, pero con los rostros tensos.

Entre los emisarios se encontraban fray Francisco de los Ángeles, general de la orden Franciscana, quien se presentó con el hábito de color gris propio de la orden, luciendo una barba larga tan grisácea como su tonsura.

Quien más miraba con recelo a Carlos con unos ojos menudos y negros pero severos y con la experiencia de los años evidenciada en su blanca barba, era el embajador francés, Feançois de Tournom, Tras una solemne reverencia, cada uno tomó su posición dentro del salón pareciendo peones sobre un tablero de ajedrez, acorralando la ficha del rey.

Carlos ordenó con un cansado movimiento de mano que se dispusieran a iniciar la audiencia, mientras varios guardias del rey se quedaron en el interior del salón custodiando la puerta.

No había murmullo, solo alguna tos seca y varias respiraciones fuertes, pero por todo lo demás reinaba el silencio. Finalmente, Carlos se llevó su mano al entrecejo para masajearlo y empezó a hablar:

—Os he reunido aquí a todos juntos porque estoy cansado. Estoy cansado de repetir lo mismo una y otra vez. No quiero más guerra, deseo la paz. Espero que tras esta audiencia lleguemos entre los aquí presentes a un buen entendimiento.

El heraldo inglés fue el primero en hablar:

—Quisiera pediros majestad hablar con plena libertad para transmitiros el mensaje de mi señor, Enrique VIII, rey de Inglaterra.

—Seréis tratado como si el que estuviese frente a mí fuese el mismísimo Enrique Tudor. Adelante, decid lo que tengáis que decir — respondió Carlos que con un leve movimiento de mano, pidió al enviado ingles que continuase parlamentando.

— Todos deseamos la paz y acabar con la guerra — intervino el embajador inglés —. Una buena solución pasaría por que aceptéis un rescate por los infantes franceses y que devolvierais Milán a los Sforza.

—Si aceptáis — continuó el embajador francés, François Tournom —, Francisco os entregará Génova y retirará su ejército de Italia.

Carlos forzó una sonrisa ante la intervención del embajador francés: lo miró, lo estudió, escrudiñó todas sus reacciones. No encontró en el nerviosismo alguno, tal vez convencido por sus palabras.

—Cicerón dijo: dejarse engañar una vez es desagradable, por segunda vez es vergonzoso y por tercera vez es estúpido.

— Carlos dirigió sus palabras al francés —.

No es mi deseo seguir combatiendo, pero no confiaré en la palabra de vuestro señor, quién ya me ha engañado.

Si quiere demostrar que aún tiene honor, que retire su ejército sin condiciones.

—Majestad. Vos pretendéis ser emperador — replicó Tournom —Lo soy — indicó Carlos indignado.

—No hasta que el Santo Padre os corone.

—Fui elegido Rey de Romanos por los príncipes electores y solo el Rey de Romanos puede ser emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Si yo no soy emperador, no lo será nadie.

Ni siquiera Francisco vuestro señor. — Carlos finalizó su alegato clavando sus ojos en el enviado del Papa, quien no supo sostenerle la mirada.

—El saqueo de Roma y el secuestro del Papa durante tantos meses en el Castillo de Sant’Angelo no es lo que se suele esperar del Rey de Romanos que aspira a ser emperador.

Si el ejército francés está en Italia es porque está dirigido por un verdadero defensor de la cristiandad — dijo sin arrugarse el embajador francés.

—Precisamente vos no estáis en posición de corregir a ningún rey. — Carlos señaló con un dedo acusador a Tournom —. Precisamente es vuestro señor quien ha pactado una alianza con el turco.

—Sí así fuese estaría legitimado. Vos habéis perpetrado un acto mucho más salvaje que Solimán, atacando la sagrada sede de la cristiandad — respondió el enviado francés sin titubear —.

Si aspiráis al imperio deberíais proteger y amparar a todos los cristianos.

Pero ¿quién nos protege de vos? Previendo esta respuesta, el rey Francisco os declara la guerra.

El rey miró a los guardias que custodiaban la puerta y asintió.

A continuación, uno de los hombres de armas salió de la sala como si estuviese cumpliendo una orden premeditada, una instrucción de la cual también tenía conocimiento Gattinara quien en ese preciso momento negaba con la cabeza y suspiró de manera desalentadora.

El guardia volvió a entrar a la habitación acompañado por el Secretario Real, Fernando de los Cobos.

—¿Nuestros embajadores están a salvo y lejos de sus destinos tal y como ordené?

—Todos salvo Granvela en Francia, majestad, hecho preso por el rey Francisco — afirmó el Secretario Real.

—Y todo por llegar a un buen entendimiento. — Carlos frotó su barba mostrándose reflexivo—. Espero que Granvela vuelva pronto con nosotros, pero mientras tanto…

Carlos se levantó ante la perplejidad de los embajadores que trataban de adivinar las intenciones del Rey de Romanos. —¿Y qué dice de esto mi tío? — Carlos se dirigió al embajador inglés.

—Como defensor de la cristiandad, también os declara la guerra.

—Sabía bien por las cartas de mi tía Catalina…

vuestra legítima reina, que Enrique Tudor había perdido la cabeza, incluso ha sido capaz de repudiar a su única esposa ante los ojos de Dios.

En cuanto a vos. — Carlos se dirigió de nuevo al embajador francés —.

Una declaración de guerra... esto es nuevo ¿Acaso no sois consciente de que vuestro señor lleva siete años haciéndome la guerra?

Al menos esta vez ha tenido la dignidad de darme aviso ¡Bien sabe Dios que me he defendido de sus ataques durante todos estos años!

y es por eso que he ordenado el cese de las actividades comerciales con Francia y con su aliada Inglaterra. Eso solo para empezar.

Una docena de soldados interrumpieron en la sala, situándose detrás de los embajadores que miraban a un lado y a otro, buscando la respuesta a todos los interrogantes que inundaban sus mentes.

—¿Qué significa esto? — dijo el embajador francés. Carlos ignoró a Tournom y se dirigió directamente al embajador del Milanesado.

—Cómo bien habíamos acordado y para que vuestro señor pueda apreciar que no busco la gloria personal, Milán volverá a los Sforza.

— El embajador francés escuchaba con estupor las palabras de Carlos mientras el embajador de los Sforza asentía.

Carlos continuó hablando, esta vez dirigiéndose al franciscano que había asistido como emisario del Papa —.

En cuanto al Santo Padre, Clemente será liberado a cambio del pago de 400.

000 ducados que serán pagados en tres plazos como bien habíamos acordado.

Tournom negó con la cabeza. incrédulo y con el cuello tensado mientras miraba perplejo a los embajadores de los Sforza y del Papa, como si tratase de digerir las punzantes agujas con las que se teje la traición. Sin duda Carlos había pactado el trato con ellos antes de que tuviera lugar la reunión.

—A los demás arrestadles — ordenó Carlos.

—¡Esto es un ultraje! — protestó el francés mientras el resto guardaba silencio.

—¡Aguardad! — ordenó el rey de romanos —.

A vos no os voy a mandar a arrestar — dijo Carlos alzando la mano para que el soldado que el embajador francés tenía a su espada detuviera la acción —.

Quiero que le enviéis un último mensaje a vuestro señor Francisco.

Decidle que sus hijos están bajo arresto, pero a salvo, alejados de sus cortesanos quienes también han sido arrestados.

Decidle también que, puesto que no ha guardado fidelidad al juramento que me hizo, con la firma del tratado de paz, que se disponga a batirse en duelo conmigo si aún le queda honor.

Quien gane cumplirá las exigencias del otro. Decídselo con estas mismas palabras.

El embajador francés guardó silencio durante unos segundos, hizo una reverencia casi imperceptible, se volvió y se dirigió a la puerta con paso ligero no sin antes dedicarle una mirada cargada de desprecio a los enviados del Milanesado y de Roma. Finalmente le dedicó unas últimas palabras a Carlos.

—Conociendo a mi señor, esto no quedará aquí y no le creo capaz de rebajarse a batirse en duelo con vos, majestad.

—Vos sabéis a quien servís. Un duelo sería la mejor manera para que los hombres que marchan a la batalla dejen de morir. —La fortuna os sonrió en Pavía y os vuelve a sonreír ahora ¿Pero cuánto durará vuestra suerte?

Con esa pregunta flotando en el aire, el embajador francés se marchó

¿Hasta cuándo duraría la fortuna de Carlos?

Una fortuna que prácticamente le había acompañado desde el mismo día de su nacimiento.

No, Carlos se convencía de que la suerte nada tenía que ver en su destino; desbaratado la alianza de sus enemigos, cumpliendo las demandas de unos y perdonando a otros.

La guerra seguiría, pero ahora, las fuerzas estaban equilibradas. Todo estaba por decidir.