Carlos V. Trilogía Completa 27. La Sultana
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27. La Sultana

La Sultana

La vieja Constantinopla era el puente entre oriente y occidente.

Milenaria, fundada como una nueva Roma, recuperarla se había convertido en el anhelo imposible de todos los reyes de la cristiandad, una gesta impensable a los ojos de los musulmanes, pues creían que el Gran Sultán Solimán, al que llamaban el Magnífico, era en verdad la sombra de Alá en la tierra, y por ello la rebautizada Estambul se vistió de gala para celebrar el regreso de su soberano a lomos de un corcel blanco, junto a los miles de hombres que componían el gran ejército conquistador de Hungría.

El Gran Visir, Pargali Ibrahim Pasha, cabalgaba unos metros por detrás de su señor, ensordecido por el clamor de las gentes en las calles, apelotonados por ver el paso de la cabalgata.

Solimán estiró las riendas de su caballo deteniéndose y con un gesto de mano le pidió a Ibrahim que se acercase a él. El Gran Visir obedeció sin dudar.

—La victoria es en gran parte gracias a ti, mi viejo amigo— dijo el Gran Sultán —.

Regocíjate como yo y comparte conmigo el cariño de las gentes de este gran imperio.

El Sultán tomó la mano de su visir y la alzó hacia el cielo azul de Estambul a la vez que los clamores entre el pueblo y los militares subían en intensidad.

—No merezco tal honor Gran Sultán. Vivo para serviros.

—Espero que en el banquete que nos aguarda en palacio no sigas siendo igual de modesto — respondió Solimán con sorna.

Palacio de Topkapi. Unas horas después.

Ibrahim Pasha vio a centenares congregados en el gran salón del palacio: entre los presentes se encontraba un hombre al que jamás había visto, pero del que había escuchado mucho hablar, tanto que era como si le conociera.

Se trataba de un hombre de anchas espaldas, con la piel tostada por la mar y la sal y una barba cobriza que cubría su prominente panza, sin duda debía tratarse de aquel al que los cristianos debían llamar Barbarroja.

El pirata no escondía su posición, adornaba sus ropas con joyas y sus anchos dedos con anillos de oro.

Le acompañaba un hombre joven de quien había escuchado que Barbarroja se dirigía a él como Hassan.

El hombre temido en todo el mar Mediterráneo y sus costas se dirigió al sultán, quién se encontraba junto a Ibrahim, se inclinó para mostrarle sus respetos, pero Solimán tomó sus manos y le ayudo a incorporarse.

—Dichosos sean los ojos Hizir — dijo el sultán —. Es una bendición encontrarte en este propicio día. Me honras con tu presencia ¿Le conocías Ibrahim? sin duda te has convertido en dueño del mar.

—El mar es vuestro — respondió Hizir Barbarroja—, tan vuestro como lo es la tierra.

—La grandeza de este imperio se mide por los hombres que tan fielmente me sirven — respondió Solimán, dirigiendo su atención a los tres y posando sus manos sobre los hombros de Barbarroja e Ibrahim como un padre lo haría con sus hijos.

—La grandeza del imperio se mide por la grandeza del Gran Sultán, la sombra de Alá en el mundo — respondió Ibrahim provocando una disimulada sonrisa en Hizir Barbarroja.

—Tengo planes para ti. — Solimán dirigió de nuevo su atención Barbarroja—…

pero ya tendremos tiempo para hablar sobre ello, ahora disfrutemos de la velada.

Ibrahim dejó la conversación entre el Gran Sultán y Barbarroja como un eco lejano en su mente.

Paseó sus ojos hasta ver en el salón a Mustafá, el primogénito de Solimán, rodeado por su guardia de jenízaros.

Era un niño de doce años que a pesar de su juventud guardaba las apariencias como un súbdito más del Gran Sultán, más digno era al hacer gala de su linaje en sus ropajes de sedas delicadas y que le otorgaban de una apariencia más madura.

El niño observaba a todos en el salón con una mirada relajada impropia para su edad, como si estuviese aprendiendo del protocolo y el comportamiento de los asistentes.

A Ibrahim se le iluminó el rostro al encontrarle ahí: a lo largo de los años, además de actuar como consejero había forjado una estrecha relación con Mustafá.

A pesar de la madurez que aparentaba, cuando el Gran Visir se acercó al chico, este mostró el brillo en sus ojos y el entusiasmo, más propio de los infantes. Apartó a dos jenízaros y se lanzó corriendo al Gran Visir.

—¡Ibrahim! — Mustafá no pudo reprimir el afectuoso abrazo que le brindó al Gran Visir. —Compórtate… compórtate — repitió Ibrahim tratando de disimular la risa — dime, has seguido practicando con la espada.

—Cómo el más fiero de los jenízaros como siempre me sueles decir. Pero estoy seguro de que ya soy capaz de derrotarte en combate.

—Con esa vanidad que te sobra no lo creo — respondió con sorna Ibrahim.

Una suave y delicada mano se posó sobre el hombro de Mustafá.

Era la de una mujer de una piel tan blanca, con unos ojos verdes enigmático que parecían dos esmeraldas ocultas en la nieve.

Su cabello era negro, como una noche sin luna ni estrellas, sin brillo, como la falta de alegría que le acompañaba: era Mahidevrán Gulbahar, la primera esposa de Solimán.

Su nombre significaba: flor de primavera.

—Ya es tarde Mustafá — dijo Mahidevrán.

—Discúlpame, no me había percatado de tu presencia.

—No te disculpes Gran Visir, estarás cansado después de un viaje tan largo. —No para servirte, además estoy entusiasmado por aceptar el desafío de Mustafá. Ha crecido mucho y cada día que pasa le veo más parecido al Gran Sultán, sin duda será un digno sucesor.

—Por fortuna el Gran Sultán es joven y goza de buena salud, por lo que queda mucho para que ese día llegue. No obstante, cada día que pasa… — Mahidevrán decidió omitir sus palabras.

—Pareces preocupada ¿Hay algo que pueda hacer por ti?

Mahidevran negó con la cabeza y se dirigió en un susurro a Ibrahim.

—Solo espero contar contigo para seguir reforzando las virtudes de Mustafá. Pase lo que pase, espero que siga siendo así.

Ibrahim se mostró desconcertado por la enigmática petición de Mahidevran, pero antes de retirarse junto a Mustafá, Mahidevrán dirigió unos ojos furtivos hacia una mujer que le devolvió la mirada al otro lado de la sala: sus cabellos eran rojos como el fuego y su belleza atraía las miradas de muchos hombres que fugazmente paseaban sus pupilas en ella, lo justo para no incomodar al Gran Sultán.

Era ella, Roxelana, de mirada inocente y sonrisa pícara.

A pesar de haber alumbrado a tres hijos y una hija del sultán, la mujer conservaba su figura esbelta.

Ibrahim fue uno más de los que quería disimular el hechizo al que le hacía caer la presencia de Roxelana.

Aunque rodeado de los invitados de l sultán, quedó solo en el salón tras la marcha de Mustafá y Mahidevrán.

El Gran Visir buscó volver con Solimán, pero solo al dar el primer paso, se encontró frente a Roxelana, quien le petrificó con una mirada serena.

—Gran Visir ¿Estás disfrutando de la noche?

Ibrahim no respondió de inmediato, de hecho, Roxelana no era de su agrado y eso lo hacía ver al guardar silencio y al remarcar todas las facciones de su faz.

—Mírate — insistió Roxelana —, has sido esclavo como yo, y ahora no solo eres el comandante al que más aprecia el sultán.

Sin duda nuestro imperio es el mejor lugar del mundo.

En las tierras cristianas que me vieron nacer sería imposible que tú te convirtieras en Gran Visir o yo en la 17 Haseki Sultán.

—Ese título no existe y si a alguien se le tuviera que otorgar...

— reaccionó finalmente Ibrahim de mala gana — Mahidevrán Gulbahar sería el nombre de la mujer que lo ostentara y a quien le debería fidelidad.

—Y también eres fiel a Solimán — respondió Roxelana manteniendo su seductora sonrisa—. El poder del sultán es tal que puede cambiar las tradiciones. No, no me mires así. Dedicas toda tu atención a Mustafá, olvidando que existen otros pretendientes al trono.

—¿Te refieres a tus hijos? — respondió con nerviosismo el Gran Visir —. Debe haberte abandonado la cordura al decir toda esta serie de locuras. Será el sultán quien decida cuál de sus hijos reúne las mejores condiciones para sucederle, y Mustafá…

—Cuidado Ibrahim, no cometas el error — advirtió Roxelana sin abandonar su sonrisa —. Deshonrar a la Haseki Sultán es como deshonrar al mismísimo sultán y la pena por tal fatalidad es la muerte.

Con dicha advertencia Roxelana se volvió, mostrando su esbelta figura y se alejó, andando con gracia y ligera como si se deslizase entre los invitados.

De esa manera llegó al Gran Sultán, haciendo que este percibiera su presencia al pasar la palma de su mano por su espalda.

Aquella mujer de intensos cabellos rojos como el fuego dirigió una última mirada fugaz hacia el Gran Visir, marcando su posición dentro de la corte.

Ibrahim tuvo claro en ese momento que todo lo dicho por Roxelana no era solo fanfarronería: Solimán estaba destinado a gobernar el mundo y Roxelana estaba dispuesta a gobernar sobre el sultán.

Notas

17. ↩ Título en el imperio otomano que significa “única” o “favorita” este título convertía a la mujer designada en esposa legal del sultán y por lo tanto en sultana.