26. Un heredero en Castilla
Un heredero en Castilla
La noche transcurrió en silencio, tanto en el exterior como en los pasillos de palacio, pero no en calma.
Nadie se atrevía a emitir sonido alguno, tal vez fuese por no atraer la sombra del fantasma que se suele llevar en las madrugadas de parto a las madres y a los recién nacidos.
La tensión se deslizaba por paredes y los rostros de los cortesanos que con expectación y silencio esperaban al otro lado de la puerta.
Solo Carlos se movía de un lado a otro, reflexivo y rezando por las vidas que al otro lado de una puerta estaban en juego.
Leonor lo acompañaba, atenta, ejerciendo de hermana mayor del primerizo padre.
Isabel estaba bañada en su propio sudor sobre una cama dura, con la mandíbula desencajada, pero sin emitir ningún sonido más allá del de los esfuerzos por traer al mundo a la criatura que esperaba.
Engullía su dolor que difícilmente pasaba por sus venas agarrotadas, masticaba su sufrimiento que más se veía reflejado en las pocas lágrimas que se deslizaban por su mejilla.
Su camarera mayor, Ángela, sostenía su mano, mientras la partera auxiliaba a la reina.
La nodriza que también se hallaba en la habitación, contemplaba la escena acongojada.
—Desahogaos majestad. Todas gritan, todas lo hacen — sugirió la camarera mayor.
—An… antes morir — respondió aquejada la reina que apretó fuerte la mano de su camarera mayor y se inclinó hacia ella para mostrar la seguridad de sus palabras — 16 Vou morrer mas naõ vou gritar
Isabel sentía como la carne le desgarraba por dentro, para abrirle el paso a la nueva vida que llegaba al mundo.
Cada contracción era una sacudida tan incontrolable como las olas que golpean a las rocas en la costa en las tormentas más furiosas.
Pero ella aguantó y afrontó el miedo que siempre había tenido a parir, desde aquel mismo día en que su madre murió al dar a luz.
No gritaría porque más que reina era emperatriz.
Sentía que debía sobreponerse a todo lo demás.
Y el dolor cesó justo antes del llanto del niño.
—¡Avisad al rey que es un varón! — exclamó la partera Tras comprobar el estado del bebé, la partera colocó al pequeño en el regazo de su madre.
Isabel lo contempló detenidamente, sonrió, contó los dedos de sus manos y de sus pies, buscó cualquier imperfección.
Había ganado la batalla, había traído al mundo a un heredero sano.
—Vuestro médico os recomendará caldo de gallina con migas de pan para reponer fuerzas — indicó la partera.
Isabel era demasiado feliz para escuchar a la partera. Sonreía al ver como el bebé se llevaba uno de los dedos a su boca.
—¡Oh! Debe tener hambre.
La partera separó al niño de Isabel y se lo entregó a la nodriza que aguardaba sentada en una silla.
Había sacado su pecho del camisón para introducir el pezón en la boca del bebé que empezó a alimentarse.
En ese momento Isabel pensó que alimentar a su propio hijo, por muy reina que se fuese debía ser cometido de la madre.
Pero amamantar era trabajo de las nodrizas.
Carlos esperaba en el pasillo, inquieto y de brazos cruzados, aún no había recibido noticias. Se sobresaltó al sentir una mano que se posaba sobre su hombro. Era su hermana Leonor, quién trató de apaciguarle brindándole una sonrisa.
—Todo irá bien, conozco bien a Isabel, es fuerte y será la mejor madre para tus herederos.
Carlos hizo el amago de responder cuando se abrió la puerta. La partera salió de ella y la cerró. Su cara reflejaba alegría.
—Ha sido un varón majestad. Ahora la madre y el niño necesitan descansar.
Carlos destensó sus hombros y todo su cuerpo, se volvió hacia Leonor, su hermana jamás antes había visto el brillo de la felicidad en su rostro de la misma manera en que lo estaba haciendo en aquel momento. Carlos le regaló el más cálido de los abrazos a su hermana.
Isabel abrió los ojos, habían pasado unas horas, aún estaba dolorida, pero feliz de tener a su pequeño en su regazo.
Cuando se volvió encontró a Carlos, contemplándola a ella y al pequeño.
El rey le brindó un beso en la frente a su reina.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? — dijo Isabel al ver la luz diurna.
—No lo suficiente para que sigas descansando — respondió Carlos.
—¿Y la nodriza?
—Le he pedido que aguardase fuera, ya la llamaré si el niño clama por comida. Quería estar a solas contigo y con Felipe. Este momento no es de nadie más.
—Estoy en una nube — dijo Isabel.
—Yo también lo estoy. Pronto prepararemos los festejos para celebrar su nacimiento.
Ambos disfrutaban del silencio, de la paz que les trasmitía el pequeño Felipe mientras dormía, contemplaban sus gestos: su diafragma se movía rítmico con una respiración fuerte.
—No hay título ni imperio comparado a esto — señaló Isabel.
—¿A qué te refieres?
—Desearía más momentos como este, simplemente…
simplemente estar en calma y en silencio junto a ti, pero…
pero no serán posibles si te marchas. Por un momento a Carlos se le pasó por la cabeza darle la razón a Isabel.
A sus veintisiete años se había convertido en padre.
Una vida feliz y tranquila junto a su familia era lo mínimo que se merecía un rey: que su hermano, el nuevo rey de Hungría, se encargase de defender las fronteras de los paganos y que liderase la lucha contra la herejía de Lutero, y que Enrique Tudor y Francisco de Valois se repartieran Italia como gustasen, porque ante sus ojos estaban su esposa recién parida y su pequeño, el mayor de sus imperios.
Aquel pensamiento le rondó la mente hasta que alguien llamó a la puerta y sin pedir permiso, entró a la habitación. Francisco de los Cobos se acercó a su señor sin excusarse, por su rictus, Carlos sabía que venía con un asunto que requería toda su atención.
—Majestades. Permítanme que les felicité por el nacimiento del heredero.
Isabel asintió, pero Carlos se mantuvo de pie, esperando a que su secretario le trasmitiera el verdadero mensaje.
—¿Tenéis un momento majestad?
—Ya lo sabes, la reina puede estar al corriente de los asuntos que atañen a la corona, no hay secretos para ella. —Por… por supuesto, majestad. — De los Cobos carraspeó para aclararse la garganta —. Ro… Roma ha sido tomada, majestad.
—¿Tomada? — se sorprendió Carlos — ¿Por quién?
—Por… por nosotros.
—¿Nosotros? Explícate y déjate de adivinanzas.
—Nuestras fuerzas después de tomar Milán se dirigieron hacia el sur. El caso es que todo se descontroló, el Papa se encuentra sitiado en el castillo de Sant’Angelo donde ha encontrado refugio mientras nuestro ejército sigue saqueando y ultrajando la ciudad.
Carlos miró a su esposa que le devolvió la mirada confusa. La paz de aquel momento había durado poco. Carlos cruzó sus manos a su espalda y con la cabeza gacha y pensativo, empezó a caminar de un lado a otro de la habitación.
—Ese ejército está dirigido por el condestable de Borbón ¿acaso ha olvidado como poner orden entre sus tropas?
—El… el condestable murió el mismo día en el que se produjo el asalto a la ciudad, majestad. —Así que ahora y sin comandante… — Carlos frotó su barba, mostrándose reflexivo —, esos hombres no atienden más que los mandatos de su codicia.
—Así es majestad. Como veis es una situación grave la que se ha vivido en Roma, y vuestro prestigio está en juego, mi señor.
—Reúne al consejo — ordenó Carlos al tiempo que daba la espalda a Isabel y al recién nacido —. Puede que incluso podamos sacar provecho de esta caótica situación.
Carlos solamente se volvió para besar a Isabel y darle un beso al pequeño en la frente, pero no hubo palabras, tampoco reproches. Isabel sabía que muy a su pesar, como otras tantas veces, el imperio reclamaba a su emperador y como otras tantas veces, veía como su amado se alejaba.
Notas
16. ↩ La traducción del portugués es: moriré, pero no gritaré .