25. El saco de Roma
El saco de Roma
La ciudad eterna seguía durmiendo con la salida de los primeros rayos de sol.
A lo lejos la basílica de San Pedro se alzaba cubierta de andamios: aún quedaba mucho trabajo antes de que el nuevo templo estuviese finalizado.
La urbe había sido siempre inexpugnable, grandes generales en el pasado como el mismísimo cartaginés Aníbal jamás pudo tomarla.
Tras sus murallas el viejo y el nuevo mundo se encontraban, entre las grandes obras de los artistas del momento y las ruinas de un tiempo olvidado que descansaban bajo los cimientos de la nueva Roma.
Para Alfonso de Dávalos, marqués de Vasto y de Pescara, parecía que había pasado ya toda una vida desde la muerte de su mentor y primo mayor.
Fernando de Dávalos, no pudo cumplir la promesa de reencontrarse con su amada en Milán, fue él mismo Alfonso quien le dio la fatídica noticia a Vittoria.
No hubo lanza, espada, ni bala ni cañón que hubiesen acabado con él, sino la misma enfermedad que parecía haber consumido sus pulmones.
El marqués de Vasto tenía claro que estaba dispuesto a seguir los pasos de su primo, los que le llevaron por los senderos del honor y la virtud y que hicieron que tantos le llorasen el día de su muerte y que guerreros y artistas por igual, siguieran brindando por su memoria más de un año después de su muerte.
Con tan basto ejército había recuperado sin problemas Milán en un paseo por la Lombardía.
El próximo objetivo tras dejar una gran guarnición en la ciudad, era auxiliar a Fernando, el hermano del emperador, en el frente húngaro.
Pero por fortuna o desgracia para el duque de Borbón las aguas se habían apaciguado en el norte: los otomanos habían cesado en sus campañas y Fernando había conseguido derrotar al pretendiente al trono húngaro Juan de Zápolya.
Con tales hechos, Alfonso de Dávalos, observaba como miles de hombres quedaron hambrientos del botín que ofrece la guerra y pusieron sus ojos hacia el sur, en un camino libre que les conduciría hacia Roma, mientras que el Papa dirigía sus ojos hacia los ejércitos de Nápoles, creyendo que ahí se encontraba el peligro.
Alfonso de Dávalos cabalgó junto al condestable de Borbón, quién había guardado silencio durante toda la marcha, solo alzó la voz para aplacar el fuego, el hambre y la sed de hombres que a cada paso se cegaban más y más por la codicia.
Dávalos callaba para escuchar las intenciones de cientos de mercenarios que se habían unido al ejército, no por la causa de un rey, sino por despojar a Roma de todas sus riquezas.
Pero al condestable le inquietaban aun más las intenciones de los miles de luteranos que le seguían y que además de ansiar los tesoros de Roma, deseaban pasar el acero por la garganta del mismísimo Santo Padre.
Carlos de Borbón estaba ahí al frente, con la difícil tarea de llevar orden y paz entre sus hombres y hacer valer su autoridad.
En ocasiones, Dávalos lo veía capaz de aplacar los anhelos y la locura tanto de asesinos como de ladrones, porque además de estos, le acompañaban muchos hombres de honor.
—Algunos de los tuyos quieren sangre. — En un momento dado, el Borbón se dirigió con discreción a Frundsberg —.
Contenedlos, pues no hemos venido a traer el infierno a Roma.
Un mercenario italiano que había escuchado la advertencia que el Borbón esgrimió al luterano, gritó a viva voz para que sus palabras fueran oídas por miles.
—¡Jamás tendremos una ocasión como esta! ¡Podemos tomar Roma y todo lo que hay en ella!
—¡Basta! — gritó el condestable de Borbón al escuchar al mercenario al tiempo que desenvainaba su espada —. Si no cumplís las ordenes que se os dan, seréis tratado como un traidor y eso no os conviene.
—¿Traidor? — preguntó el mercenario —. ¿El mismo hombre que traicionó a su rey francés, se atreve a llamarme traidor a mí? Vos no sois menos mercenario que yo.
Con las palabras del italiano, muchos fueron los hombres que rodearon al Borbón y ninguno el que se pusiera entre él y los disidentes, solo Dávalos lanzó unas palabras:
—¿A caso no tenéis una pizca de honor?
—Echaos a un lado o venid — advirtió Frundsberg
¿Cómo contener el incendio? Frente a las murallas de la Urbe, el Borbón trataba de organizar a su ejército, pero nadie le obedecía.
Cómo caballos desbocados corrían hacia el botín que se encontraba tras los muros de Roma, liberándose de las riendas invisibles que el condestable de Borbón sostenía entre sus manos; con aspavientos trataba de disuadir a las bestias.
Incluso los más honorables se dejaron arrastrar en aquella riada humana incesante.
Los cañones y el fuego de los arcabuceros que defendían Roma trataban de frenar la estampida incontrolada, pero no eran suficientes, a los conquistadores no les intimidaban ni el estruendo ni la polvareda, pasando incluso por encima de los que caían tras sentir la hoz que sesgaba sus vidas.
Junto a Alfonso de Dávalos, Carlos de Borbón se detuvo y contempló la marcha incesante de los bárbaros que un día lucharon bajo sus órdenes: matarían a todos aquellos, sin importar título o rango, que se interpusieran entre ellos y su deseo.
La sombra del fracaso cubrió su rostro en el momento que escucho los primeros gritos: tal vez eran mujeres, tal vez eran niños.
Roma estaba siendo, violada, ultrajada, saqueada y sus gentes corrían buscando refugio para ocultarse de la locura.
Un estruendo más, pero aquella detonación fue diferente para el condestable de Borbón.
Tras un destello en el tiempo, Carlos de Borbón sintió la quemazón en su pecho.
Se llevó la mano a su torso, sintió como se empapaba su guante y la elevó para encontrarla en su vista nublada: sus dedos estaban teñidos de rojo.
El Borbón elevó el mentón y se volvió. Un defensor de la ciudad le apuntaba con su arma aún humeante, lo miró a los ojos y se marchó corriendo, perdiéndose en un callejón.
El condestable se dejó caer sobre sus rodillas, los mercenarios que pasaban fugaces a su lado no se detuvieron — había tanto por saquear — se acrecentaban los gritos, el caos, el olor a carne quemada de la guerra, el fuego y el humo que nubla aun más incluso a las mentes más lúcidas.
El condestable intentó levantarse en un último esfuerzo, pero no podía.
Dávalos fue el único que se paró y se acercó a él, no para ayudarle, ya que en sus ojos el condestable de Borbón pudo ver que no había nada que hacer por él.
Solo para sostener su mano hasta que el tránsito a la otra orilla les separara.
Carlos de Borbón, cada vez más cansado se adentraba en la oscuridad y el silencio amortiguando los gritos entre los muros de tinieblas que le envolvían.
Podía sentir aun el fuego; el terror de aquellos que como él iban a partir; la desesperación de aquellos que veían sus hogares atrasados; niños y niñas que quedarían huérfanos.
Dejaba abandonado en el plano terrenal sus cinco sentidos, hasta su última exhalación.